Las heridas invisibles del divorcio para los hijos
Tras una separación, el verdadero daño para los hijos o hijas no es el divorcio en sí, sino quedar atrapados en el conflicto emocional y las lealtades divididas entre sus padres.
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Una de las funciones más delicadas y complejas de quienes trabajan en salud mental infantil es aprender a leer aquello que no se dice, a interpretar la clínica del menor más allá de la palabra o de la conducta. A la consulta de estos profesionales, según la psiquiatra infantil Marina Romero, llegan niños y niñas con etiquetas del tipo: problemas de conducta, hiperactividad, dolores somáticos inespecíficos, etc. Pero cuando los profesionales se detienen, escuchan sin prisa y permiten que el menor —o incluso su silencio— encuentre un lugar, lo que emerge rara vez es lo que parecía al principio. Cada vez más, lo que encuentran no es un trastorno mental, sino menores atrapados en una guerra que no han elegido y que hoy en día se tiende a trivializar. En España, las cifras de divorcio y separación rondan el 50%. Sin embargo, hay una idea fundamental que conviene subrayar, y que a menudo sorprende —e incluso alivia— a muchos padres: el divorcio en sí mismo no es lo que daña a los hijos. Lo que realmente hiere es algo más sutil y persistente como la incapacidad de separar el vínculo conyugal del parental.
Es decir, cuando la relación de pareja termina, pero el conflicto continúa, cambiando de escenario. En estos casos, los progenitores siguen vinculados a través del enfrentamiento, situando —consciente o inconscientemente— a los hijos o hijas en el centro. En consecuencia, el menor puede quedar atrapado en dinámicas de lealtades divididas, donde sentirse cerca de uno implica alejarse del otro. Existe una escena cotidiana que ilustra bien este fenómeno. Un progenitor que, desde su dolor, hace comentarios despectivos sobre el otro delante de su hijo o hija. No hace falta alzar la voz. El mensaje ya ha llegado al niño o niña.
Hace décadas, el psiquiatra familiar Ivan Boszormenyi-Nagy introdujo el concepto de las «lealtades invisibles», esos lazos profundos, silenciosos, que conectan a los hijos con sus padres y que forman parte esencial de su identidad. Un niño no puede —ni quiere— elegir entre uno y otro. No solo por amor, sino porque su propia construcción psíquica está hecha de ambos. No es una metáfora, sino que es una realidad biológica. Por eso, cuando uno de los progenitores es descalificado, cuestionado o atacado, el menor no escucha únicamente una crítica hacia el otro. Escucha, en un nivel mucho más íntimo, una crítica hacia sí mismo. Así, casi imperceptiblemente, se instala una fractura interna: una parte de su identidad queda invalidada. A partir de ahí, emerge el conflicto de lealtades. Amar a uno comienza a sentirse como traicionar al otro. Durante años, este fenómeno fue descrito por el psiquiatra Richard Gardner como el llamado «síndrome de alienación parental». Aunque el término ha generado un amplio debate en la comunidad científica y no existe consenso, puso sobre la mesa una realidad clínica que muchos profesionales siguen observando: en contextos de alto conflicto, los niños pueden verse empujados —de forma inconsciente— a alinearse con uno de los progenitores y a rechazar al otro.
En España, las cifras de divorcio y separación rondan el 50%
Lo verdaderamente importante es comprender el impacto profundo de estas dinámicas. Cuando un niño rechaza a uno de sus padres, su mundo interno se fragmenta. En la consulta, más allá de los datos, lo que aparece es algo más simple y más humano: no son niños maleducados, no son niños hiperactivos, son niños intentando adaptarse a una situación que les desborda. Son niños diciendo, como pueden, «me estáis haciendo daño».
Conviene matizar que este análisis no es aplicable de igual manera a todos los contextos. En aquellos casos en los que existe una dinámica continuada de maltrato —incluido el de carácter psicológico, mantenido en el tiempo— por parte de uno de los progenitores, la prioridad debe centrarse en la protección del menor. En estas circunstancias, la toma de distancia respecto del entorno que resulta perjudicial se convierte en una medida necesaria para salvaguardar su bienestar emocional y su desarrollo integral.
Detrás de todo esto hay un elemento que con frecuencia queda en segundo plano y que, sin embargo, es el origen principal del conflicto: el duelo no resuelto. Separarse no es únicamente reorganizar rutinas, custodias o espacios, es perder un proyecto compartido, una idea de futuro, una identidad construida en común. Cuando ese duelo no se elabora, el dolor encuentra otras vías de expresión: en forma de reproche, de conflicto persistente, de proyectar el rencor y el odio en el otro o —sin pretenderlo— utilizando a los propios hijos. En la práctica clínica, es habitual observar cómo algunos padres no logran diferenciar su herida personal de su función como figuras protectoras. El conflicto con la expareja permanece activo, y el hijo o hija queda atrapado en medio, como si el vínculo no se hubiera roto, sino transformado en otra forma de relación: el conflicto constante.
La función de cuidado exige, en muchos casos, separar el dolor de adulto de las necesidades del niño
En estos casos, el trabajo clínico suele centrarse no solo en el menor, sino en ayudar a los progenitores a diferenciar el conflicto de pareja de la función parental, y a reconstruir límites claros que protejan el desarrollo emocional del niño. Este proceso implica, en muchos casos, un trabajo de mentalización: ayudar a cada progenitor a reconocer cómo su malestar personal puede infiltrarse en la relación con sus hijos sin que sea consciente de ello.
Según Romero, frente a este escenario, conviene recordar algo esencial: los niños poseen una capacidad de adaptación extraordinaria. Pueden vivir en dos casas. Pueden integrar estilos educativos diferentes. Lo que no pueden sostener es la guerra entre sus padres. No les pertenece. Proteger a un hijo o hija durante un proceso de separación no significa ocultarle la realidad, sino darle una forma que no dañe su mundo interno. Filtrar, traducir, contener. A veces, eso implica una de las tareas más difíciles —y más valiosas—: hablar siempre bien del otro progenitor, incluso cuando la relación esté profundamente dañada. Ejemplos como la película La vida es bella muestra a un padre que, en medio de una realidad devastadora, es capaz de transformar la narrativa para proteger a su hijo. No niega lo que ocurre, pero elige cómo contarlo. Ahí reside, en esencia, la tarea parental en contextos de separación: no se trata de justificar ni de ocultar, sino de situar al niño fuera del conflicto. Esto no siempre es sencillo ni inmediato, y en muchos casos requiere acompañamiento profesional para poder sostener el malestar sin descargarlo sobre los hijos. Pero es precisamente en esa dificultad donde se juega una parte esencial de la protección emocional infantil.
En una sociedad donde las separaciones son cada vez más frecuentes, quizá la pregunta ya no sea por qué existen tantas separaciones, sino cómo podemos proteger la infancia de esta realidad. Porque los hijos no necesitan una familia tradicional perfecta, sino entornos suficientemente estables y emocionalmente seguros. Necesitan padres y madres con capacidad de regulación emocional, que sean capaces de protegerlos incluso —y especialmente— cuando el vínculo entre ellos se ha roto. Significa también asumir que la parentalidad no termina con la pareja, y que la función de cuidado exige, en muchos casos, separar el dolor de adulto de las necesidades del niño. Y proteger, en este contexto, significa algo profundamente concreto y humano: permitirles seguir siendo hijos de ambos, sin culpa, sin miedo… y sin tener que elegir.
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