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No me farmees el aura

Lo novedoso no es, por tanto, que unos chiquillos hagan el mamarracho, pues tal cosa es ley de vida, sino la subversión de la naturaleza del carisma, ahora sometido a un régimen de explotación.

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Mariana Toro
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09
octubre
2026

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Mariana Toro

Los duelos han regresado, pero los padrinos, en vez de amartillar las pistolas, sacan el móvil. Leemos en prensa que el último grito entre jovencitos son las llamadas las «batallas de aura» en que dos contendientes interpretan una serie gestos, denominados emotes, inspirados en su mayoría en memes de internet y personajes de videojuegos. Quien recibe mayor calor del público es aclamado como vencedor.

Las reacciones no se han hecho esperar y algunas no tienen menos mojiganga que las muecas, coros y danzas que divierten a los participantes. Unos ven indicios del «fin de Occidente» en estas cuchufletas y otros las interpretan como la quintaesencia de la expresión corporal colectiva, pero nadie, ni los del responso ni los del ditirambo, parece haber reparado en el meollo del festejo: el aura farming.

«Farmear aura», dicen, aunque en castellano bastaría con «explotar», en la acepción que atañe a la extracción de recursos. Igual que se explotan minas, se explotan tierras de labor y se explota el ganado, hay un sinfín de videojuegos en que el «farmeo» es la faena principal: en Stardew Valley, verbigracia, el jugador levanta una granja y explota los recursos que la huerta o el gallinero le ofrecen. Hay asimismo farmeo de recursos naturales en Minecraft, farmeo de puntos de experiencia en World of Warcraft, farmeo de dinero en Grand Theft Auto… Juegos cuyo único punto en común es que inducen a repetir acciones para obtener beneficios y bienes fungibles.

«Farmear aura», dicen, aunque en castellano bastaría con «explotar», en la acepción que atañe a la extracción de recursos

Entonces, ¿qué tiene de particular el farmeo de aura? Pues que el aura, como la dignidad o la gracia, tiene poco sentido en un juego de acumulación. El farmeo, al cabo, es una actividad que se funda en variables cuantitativas. Sirva de excepción irónica el inolvidable Blasphemous, obra maestra del videojuego español, donde se cuantificaba la Gracia divina, representada con un barra de energía que el jugador puede «farmear» orando en diversas capillas repartidas por todo el mapa.

Lo novedoso no es, por tanto, que unos chiquillos hagan el mamarracho, pues tal cosa es ley de vida (¿son peores las batallas de aura que las tribus urbanas o los botellones?) sino la subversión de la naturaleza del carisma, ahora sometido a un régimen de explotación. El aura, toda vez uncida al farmeo, queda reducida a la brega que uno ejecuta sobre sí mismo hasta aflojarse los goznes solo con tal de distinguirse aunque, paradójicamente, ejecute los mismos jeribeques y las mismas monerías que el resto de oligofrénicos. ¿Quizá a eso se reduce poner el cuerpo, como dicen ahora en política? Porque tal disciplina lleva años entregada a esta explotación del carisma, con sus gestos ensayados y su teatralidad de cartón piedra…

Que los chavales hagan sus bailecitos, que para eso tienen 15 años. Lo inadmisible es que hasta para hacer el ganso deban acumular puntos. ¿Ya no se puede perder el tiempo sin que venga alguien a pasar la gorra? El farmeo, como tantas añagazas virtuales, nos pone a trabajar de peones de nosotros mismos, siempre pendientes de que unos barandas desconocidos aprueben aquello que hacemos. ¿No sería mejor hacer las cosas por gusto aunque no nos renten? Los infelices de la caverna de Platón, al menos, están repanchingados. ¡Que farmeen ellos!

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