TENDENCIAS
Opinión

Narrator Hispaniae

No es casualidad que Sergio del Molino, que es el autor que mejor ha pensado España desde la democracia, la piense narrándola. ¿A qué pontificar sobre una esencia inmutable cuando tienes a mano fotos, facturas, billetes de tren, partes médicos y programas de fiestas? España, por la razón que sea, mejora cuando se cuenta y empeora cuando se define.

Artículo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
08
septiembre
2026

Artículo

Buscar las esencias es oficio ingrato y de escaso fruto. Se pone uno a averiguar qué es España y, a poco que se descuida, acaba hasta las corvas en el charco noventayochista, dale que dale con el ser de España, el mal de España y demás entelequias. No es casualidad que Sergio del Molino, que es el autor que mejor ha pensado España desde la democracia, la piense narrándola. ¿A qué pontificar sobre una esencia inmutable cuando tienes a mano fotos, facturas, billetes de tren, partes médicos y programas de fiestas? España, por la razón que sea, mejora cuando se cuenta y empeora cuando se define.

Del Molino ha logrado volver a convertir España en materia literaria sin echar mano de la melancolía, lo que viene a ser poco menos que una proeza. Su país no es, en efecto, una esencia, pero tampoco una marca turística, y mucho menos una pelea banderiza o una aldea a la que volver con la nostalgia bien calada, sino algo así como una comunidad política cosida por malentendidos. Recuérdese que La España vacía no trataba del negociado administrativo de la despoblación (aunque los políticos que no pasaron de la cubierta así lo crean), sino de una de las fracturas simbólicas más hondas del país. De ahí que Contra la España vacía viniera a raspar los sobreentendidos que se habían pegado al sintagma y a defender un patriotismo abierto y flexible, nacido en un país que no precisaba ser inventado otra vez pero sí contado de nuevo.

España cabe antes en un cajón familiar que en un mapa

España cabe antes en un cajón familiar que en un mapa. En Lugares fuera de sitio, Del Molino se fue a buscar esas «esquinas dobladas» que un cartógrafo de orden hubiera preferido planchar y allí, justo donde el dibujo se estropeaba, con sus capas superpuestas y su embrollo de pertenencias, descubrió que era donde mejor se veía todo. La mirada de los peces también iba de España, pero vista desde el pupitre de un instituto público, acaso la institución que mejor resume la promesa democrática. Lo que a nadie le importa se narraba desde la vida familiar, intrahistórica, evidenciando las diferencias entre el relato oficial y el vivido, con sus correspondientes silencios y el «déjalo estar» de los abuelos. La hija, su obra más ambiciosa y aquella en que su prosa alcanza mayor poderío, se remonta al diecinueve y la postergación de Rosario Weiss, discípula y posible hija de Goya (es sabido que para pintar a un genio hay que mandar al desván a cuantos pudieran disputarle una porción del lienzo), para narrar otra de esas Españas sepultadas bajo la versión oficial, cuyos escamoteos suelen decir más que sus proclamas.

Suma y sigue… Un tal González aparentaba ser la biografía de un político y era, en la práctica, la biografía de un régimen emocional en que Felipe servía de imán narrativo. Hasta La hora violeta, que narraba la enfermedad y muerte de su hijo Pablo, y cuya reflexión sobre el cuerpo maltrecho como experiencia íntima pero atravesada por la burocracia se vio continuada en La piel, se asentaba en una España institucional muy concreta, en la que un diagnóstico infantil distaba no poco de lo que habría sido cincuenta años atrás. España, una y otra vez, por el derecho, por el envés y por las costuras…

El romanista Curtius llamó a Unamuno excitator Hispaniae: el excitador, el aguijoneador de España, aquel que no permitía al país dormirse en sus laureles y sus catástrofes. Del Molino no ha venido tanto a despertar España como a contarla, y lo ha hecho recorriendo habitaciones a las que nuestra literatura echaba el pestillo, de la historia política a la crónica, pasando por la memoria familiar, la geografía o el propio cuerpo y sus miserias. El silencio de un abuelo puede dibujar una guerra y la silueta de un político, la edad de quienes lo miran. Si hay grandes autores que han estudiado con tino la Transición, el nacionalismo, las clases medias o la periferia, él ha buscado las cañerías que comunican unas cosas con otras, y lo ha hecho sin caer en la solemnidad o el sectarismo. Como narrator Hispaniae ha sabido que España se enturbia en las explicaciones pero se vuelve cristalina cuando alguien sabe contarla.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

COMENTARIOS

(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});
SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME