'León'
Venganza, ternura y una brizna de escándalo
En 1994 se estrenó ‘Léon’, un largometraje de Luc Besson que causó controversia por la relación que tejía el filme entre una niña (Natalie Portman) y un asesino a sueldo (Jean Reno), más erótica que paternal. Treinta años después, la película mantiene el magnetismo y la contrariedad.
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Sentado al fondo de un restaurante de barrio, el sicario recibe un encargo de un tipo, al que vemos por los espejos de sus gafas de sol. El sicario gasta conversación lacónica y gesto circunspecto, formal. Que se trata de un sicario atípico lo apunta el vaso de leche que se bebe de un trago para dejarlo con delicadeza sobre el mantel de vichy. No será la última vez que veamos ese local regentado por Daniel Aiello. El sicario es Jean Reno. Léon. Él prefiere referirse a sí como «el limpiador».
Lo que arranca como un drama policíaco se va entreverando de violencia, ternura, un toque de perversión. Léon, el sicario que da título al filme, también proyectado en salas como El profesional (1994), dirigido por Luc Besson (El gran azul, Nikita, El quinto elemento), nómada por imperativo tácito, duerme sentado en una butaca, con un arma a mano y gafas de sol ajustadas. Antes de dormir, mete su planta (el único elemento acogedor que le rodea) en casa. Antes de salir a trabajar, la deja en el alféizar, para que reciba la luz. La planta crece, pero sus raíces no agarran. Su casa transcurre en penumbra; pareciera deshabitada. Su casa es un no-lugar, en el decir del filósofo francés Augé, esos espacios transitorios de anonimato.
Trabaja con un maletín que bien pudiera, por su aspecto, pasar por el de un limpiabotas. Hay todo tipos de armas mortíferas en él. Casi tantas como lleva repartidas por el cuerpo.
Léon es vecino de una familia enloquecida, colérica, anárquica. En ella hay una niña, Mathilda, a la que sorprende fumando un cigarrillo en el rellano de la escalera. «No se lo digas a mi padre, por favor». No tiene intención. Él la mira con curiosidad de novicio. Ella le escruta con atención pícara. Ella, Natalie Portman. Su primer papel. La pretensión inicial fue que lo interpretara Liv Tyler, pero resultada demasiado mayor para la hechura del personaje. Doce años. Con un corte de pelo bob, al más puro estilo de la flapper por antonomasia, Louise Brooks. Con cinta negra al cuello y modales descarados.
Años después, la entonces debutante Natalie Portman sigue mostrándose incómoda con el filme
Por cierto, estas tomas están rodadas en el legendario Hotel Chelsea (el mismo en el que Burroughs escribiera El almuerzo desnudo, donde se suicidó Dylan Thomas o Sid Vicious acaso apuñaló a su novia).
Escenas más tarde, un grupo de agentes corruptos, de antinarcóticos (donde cinematográficamente anidan siempre los mayores depravados), conducidos por un desquiciado y melómano Gary Oldman, asesinan a placer a la familia de Mathilda. Su padre los escondía la droga, pero descubren que los está estafando. Por fortuna, Mathilda ha salido a hacer la compra. Al subir, se da cuenta de que algo turbio ocurre, y se dirige a casa de León, quien finalmente abre la puerta.
A partir de aquí, la relación entre ambos se hace cada vez más compleja. O más sencilla de tan pura. León es un sicario mentalmente lento. Pareciera traslucir un retraso emocional. Acaso eso lo que permite al espectador participar de este vínculo sin incomodarse. «No es mi padre, es mi amante», dice ella en el mostrador de la pensión donde se mudan. Pero ella tiene doce años.
—Léon, me parece que me estoy enamorando de ti. Es la primera vez que me ocurre.
—¿Cómo sabes que es amor si nunca has estado enamorada?
—Porque lo siento.
—¿Dónde?
—En el estómago. Me abrasa. Siempre he tenido un nudo aquí, pero ahora ha desaparecido.
—Mathilda, me alegro de que ya no te duela el estómago, pero no creo que eso signifique nada. Tengo que ir a trabajar y odio llegar tarde al trabajo.
Ella quiere aprender el oficio de Léon, para vengar el asesinato de su hermano pequeño, de cuatro años. El sicario accede. A cambio ella hará la compra, preparará la comida, le enseñará a leer. Duermen juntos. Se ríen juntos. Juegan juntos. Se cuidan. Todo va más o menos bien hasta que Mathilda regresa a la que fue su casa familiar y reconoce al malvado Norman Stansfield (Oldman) y lo sigue, traspasando un punto de no retorno que acaba con la venganza cumplida, el punto de sutura exacto en la boca de una relación que, de continuar, acabaría por desflorar el cariño, el castigo de la transgresión (un sicario no puede permitirse distracciones, por más nobles que sean) y unas raíces con promesa de futuro.
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