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Lectores principiantes

Buscamos en la vida la consistencia de la literatura, la promesa que nos fue dada la primera vez que abrimos un libro. ¿Cuántos veranos ya planificando lecturas, comprando más libros de los que voy a leer?

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27
julio
2026

Otra vez es verano y abro un libro.

En el gesto mecánico del hombre que se sienta, incluso de buena mañana, a ver pasar la vida de otro –hoy es un oficial de la Guardia Real francesa y es 1818–, se presiente el adolescente que fue.

Hubo un tiempo en que había pocas cosas en mis veranos, menos que ahora. Aún no existía el trabajo, la jornada partida, el estrés ni la obligación de dar la talla, las mujeres –el deseo de ellas, el horror de ellas–, ciertos traumas ni tanto tiempo transcurrido entre las esperanzas y las constataciones.

Pero ya estaban ahí los libros y era casi lo único que importaba mientras aguardaba que la vida se pusiera en marcha.

Dice Louise Glück que «miramos el mundo una sola vez, en la infancia, y el resto es memoria». También lo leemos una sola vez, entre la adolescencia y la juventud, y a partir de ahí lo recreamos. Buscamos en la vida la consistencia de la literatura, la promesa que nos fue dada la primera vez que abrimos un libro. En adelante, reconoceremos patrones y nuestros dramas –y nuestras alegrías– tendrán algo de página copiada en papel de calco.

Con 16, 18, 20 años, yo era todos los héroes de los libros: Julian Sorel y Frabrizio del Dongo, Jay Gatsby pero también Nick Carraway y ese muchacho sin nombre que se enamora de Albertine en la playa de Balbec. También nos enamoramos una sola vez en la vida y el resto es memoria, y automatismo.

En aquel tiempo, además de mí, todos los demás podían ser susceptibles de salir de una novela. Por ejemplo, una conocida aristócrata que veraneaba en Sanlúcar de Barrameda y a la que a veces nos cruzábamos camino de La Merced, era la duquesa de Guermantes de la Recherche. Una mujer rubia y de ojos claros, «blanca como una rubia», que diría Balzac.

El faro de Chipiona era el faro del fin del mundo de Julio Verne y los capitanes intrépidos de Kipling podían ser ciertos tipos de piel atezada y mirada profunda que se cruza uno en las playas del Sur.

Allá donde he ido he llevado, siquiera de manera inconsciente, mis libros por plantilla. He ido probando a encajar ambos mundos: el leído y el vivido. Pero la fantasía de los 15, de los 20 años, antes de que la propia vida me atropellara, se fue desgastando por el camino. Nunca imaginaré las cosas como cuando estaban por suceder, nunca más seré el adolescente sobre el que una página, un párrafo, se inscribía a fuego, como una profecía.

Nunca más seré el adolescente sobre el que una página, un párrafo, se inscribía a fuego, como una profecía

Tampoco lloro ya tan a menudo ante la frase bien rematada, pero aún me recorre un gustoso calambre cuando leo un sentimiento reflejado de la manera precisa. Ahora tengo más recursos para comparar: es la ventaja del lector maduro sobre el adolescente. La plantilla se hizo bidireccional: de los libros a la experiencia y de la experiencia, de vuelta, a contrastar con los libros.

¿Cuántos veranos ya planificando lecturas, comprando más libros de los que voy a leer?

Como con la vida, siempre nos engañamos con las dimensiones del verano: aplazamos libros que no llegaremos a abrir, soltamos al protagonista en el séptimo capítulo apenas se cruza una mujer en nuestra sombrilla. Lo abandonamos sin remordimiento a medio camino de su propia aventura galante porque toca resolver la otra, la de verdad.

También este año leeremos menos de lo que quisiéramos y chatearemos más de lo conveniente. Muchas cosas conspiran para que no leamos tanto como entonces. Pero bastará una palabra de Balzac para sanarnos y devolvernos al «tiempo sin tiempo» de Cernuda, cuando la vida y los instintos los aprendíamos negro sobre blanco.

A lo mejor siempre somos principiantes, en el amor, como decía Berrio, y en la lectura. A lo mejor el libro que abrí a los 15 años no ha terminado de leerse.

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