Individualismo y justicia social
El Día Mundial de la Justicia Social nos invita a reflexionar para avanzar. Y, para ello, es imprescindible superar el individualismo y otra barrera, quizá más poderosa, como la polarización.
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Partamos del imprescindible principio de que las personas nos necesitamos unas otras para algo más que el intercambio. El mercado no lo arregla todo. Y no se trata únicamente de que «no es bueno que el hombre esté solo», hay que dar un paso más: el deber del cuidado que podemos y debemos prestarnos.
Un gran ejemplo de ello fue la ola de voluntariado que acudió tras la dana de Valencia. Las caras de quienes habían perdido todo y recibieron su ayuda desinteresada lo decían todo. La dana también demostró cómo la polarización, el enfrentamiento político, la búsqueda de responsables (siempre en el otro bando)… han ralentizado las ayudas necesarias hasta extremos lacerantes. Todavía hoy, más de un año después, faltan ascensores para las viviendas e infinidad de obras urgentes.
Superar el individualismo tiene que ver con perder el miedo al otro, dejar de verle como competidor y con temor a que nos pueda quitar algo. Alguien dijo una vez: «prefiero que me engañen una vez a desconfiar cien veces». Ciertamente, se puede romper con quien abuse de esa confianza, pero no caer en el error de la inducción de «si alguien me ha engañado, todo el mundo es mentiroso y estafador».
Como dijo Aristóteles, el ser humano es «social por naturaleza». Sin embargo, parece estar más en boga otro pensador más pesimista, que adujo que el «hombre es un lobo para el hombre».
Alguien dijo una vez: «prefiero que me engañen una vez a desconfiar cien veces»
Si atendemos a Aristóteles, ser justo con los demás implica obligaciones sociales y cuidar a quienes lo necesiten. Ejemplo de su vigencia es una ley presente en países civilizados que establece el deber de auxiliar al accidentado. Pasar de largo está penado.
Si tuviera razón Hobbes, entonces se justificaría la desconfianza y la negación de la ayuda y el cuidado que se debe prestar al otro. Los cuidados y demás servicios que se prestan en sociedad estarían cubiertos únicamente por profesionales que, de esta forma, podrían convertirse en meros comerciales que se ganan la vida así. Como cobran por sus servicios, ya no se les debe nada y no se deja lugar para el agradecimiento. No habrá que dar las gracias por nada porque ya se ha contrarrestado el servicio con un precio más o menos justo. Algo nos dice que esto es un error porque existen los valores y porque no es lo mismo valor que precio.
El agradecimiento que se debe a esos profesionales que no solo cumplen, sino que se dejan la piel en su trabajo, lo muestran tantas personas con algo más que un «gracias». Unas flores, unos bombones o una sonrisa agradecida valen más que cualquier salario. Visto así, las relaciones humanas no son de puro interés, como lo demuestran las personas agradecidas.
El problema principal ya no será discutir un precio por el servicio prestado sino saber mirar desde una perspectiva superior. Comprender así que siempre hay algo más, la humanidad que nos impele a superar el nivel de considerar al otro como individuo, contrincante, cuando no enemigo. Hay lugar para la gratuidad, el agradecimiento y el compartir bienes.
La polarización se deduce asimismo de la negación del carácter social de la persona y de la desconfianza consiguiente. Ya no se buscan colaboradores sino correligionarios con quienes combatir a «los otros». Se necesitan bloques de ideologías con las que enfrentarse y desaparecen tanto las ideas personales como las mismas personas.
Es una pereza mental que hace ligarse con unos colegas dentro de una ideología cerrada e indiscutible para pelearse con «los malos», encarnados por la ideología contraria. Ya no hace falta pensar por uno mismo y esto se delega en el líder, que pensará por todos. La partitocracia está servida y el «atrévete a pensar» de Kant, denegado como un incordio intolerable.
Menos mal que ciertas ONGs y otras iniciativas sociales parten de otros principios más razonables. Confían. Si no en todas las personas, sí en las personas voluntarias que se acercan a ellas buscando soluciones sociales más altruistas. Cada una de ellas se especializa en distintas necesidades y se deja a cada cual la libertad de hacer todo el bien que pueda. Las hay de todo tipo y gracias a ellas se atienden problemas reales, abordándolos de una forma que supera la mera profesionalidad. Las personas voluntarias deben ser eficientes de acuerdo con el tipo de ayuda que prestan, pero no se quedarán en cumplir. Mirarán a los ojos de las personas ayudadas, las acompañarán en su dolor… y eso no se paga con proyectos fríos ni dinero.
Son personas las que ayudan y son personas las ayudadas. Algo más que individuos convencidos. No estamos solos. Tantas necesidades que cubrir, tanta injusticia en el mundo implica la libertad de crear muchas ONG internacionales para avanzar en la Justicia Social. Eso dependerá de si somos capaces de mirar a nuestro alrededor sin nacionalismos trasnochados, sin fronteras ni barreras.
Luis Ballesteros Andreu, Observatorio ODS y Justicia Social Fundación Mainel
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