Educación

Camino a la escuela

Millones de niños deben recorrer cada mañana decenas de kilómetros por rutas agrestes y con climatologías extremas para llega a la escuela.

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Luis Meyer
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22
Ene
2018

La foto de Wang Fuman, un niño chino de siete años con la expresión aterida, los carrillos enrojecidos y el pelo cubierto por una fina capa de hielo, dio la vuelta al mundo hace unas semanas y encogió el corazón de muchos. El chaval, que estudiaba tercero de primaria y vive en una zona rural de la provincia de Yunnan, debía recorrer todos los días, a pie, el camino que mediaba entre su casa y la escuela: cuatro kilómetros y medio. El problema no era tanto la distancia (la velocidad, a paso normal, de un ser humano es de unos cinco kilómetros por hora) como las condiciones climatológicas: el invierno es especialmente frío en esta región y el termómetro, por la mañana, rara vez sube de los nueve grados bajo cero.

La familia de Fuman es pobre, y no puede permitirse un vehículo con el que llevarle a la escuela. El colegio no ofrece servicio de autobús. El pequeño pertenece a una clase que en China denominan «niños olvidados»: sus padres se ven obligados a trabajar fuera de casa, en ciudades lejanas. En este caso, Fuman vive con su hermana y con su abuela, en un hogar con muy pocos recursos.

La fotografía que le tomó un profesor al verle (en ella se muestra a Fuman con el pelo y las cejas blancas, rodeado de sus compañeros de clase, que se ríen de él) consiguió que una iniciativa de crowdfunding reuniera 15.000 dólares para solucionar su situación. No todos los niños que sufren una situación similar (millones según muchas ONG, la inmensa mayoría en regiones y países de extrema pobreza) han tenido su suerte. La mayoría son casos anónimos, ni siquiera un número en las estadísticas.

La foto de Wang Fuman, un niño chino de siete años que llega al colegio con el pelo congelado, ha dado la vuelta al mundo

Esto, precisamente, es lo que movió al director de cine Pascal Plisson a realizar un documental, Camino a la escuela, con apoyo de la Unesco, sobre niños de distintas partes del mundo que tiene que superar, cada mañana, auténticas odiseas para acceder a un derecho universal que debería darse por sentado: la educación en la infancia.

El problema de base no reside que el menor de edad deba caminar; el pediatra Antonio Redondo aseguraba recientemente al diario alicantino La Información que los menores de corta edad pueden recorrer varios kilómetros sin cansarse. Lo realmente preocupante es que esos millones de niños deben hacer el recorrido por rutas agrestes, en condiciones precarias (con calzado inadecuado o, directamente, descalzos) y por zonas, en muchas ocasiones, donde abunda la delincuencia.

El documental cuenta cuatro historias muy ilustrativas, que pretenden concienciar al mundo de esta situación injustificable e insostenible. Samuel, de India, tiene 13 años y, debido a su discapacidad, no puede andar y los 4 kilómetros que separan su casa de la escuela, porque está postrado en una silla de ruedas. Sus dos hermanos menores lo llevan cada mañana: empujan la silla a través de caminos de arena, ríos y otros obstáculos.

Carlitos, de Argentina, está en plenas condiciones físicas a sus 11 años, pero debe recorrer cada mañana 18 kilómetros para llegar al colegio, lo que le lleva en torno a una hora y media, esto es, tres horas diarias cruzando montañas y grandes llanuras de una de las regiones más inhóspitas de la Patagonia.

Jackson, de 11 años, vive en Kenia. Dos veces al día, él y su hermana menor caminan 15 kilómetros a través de la sabana poblada de animales salvajes para llegar a la escuela. Pero tal vez la mayor superviviente del documental sea la pequeña Zahira: recorre a pie 22 kilómetros cada día, por el Atlas Marroquí, y llegar a la escuela, a través de senderos, valles y montañas escarpadas, le lleva cuatro horas.

Muchos niños de distintas partes del mundo tienen que superar, cada mañana, auténticas odiseas para ir a clase

Plisson cuenta el momento en que decidió rodar este documental. «Un día, mientras yo estaba en el Lago Salado de Magadi, (Kenia), por necesidades de una película, vi a cinco jóvenes que llevaban una bolsa extraña en el cinturón. Cuando les pregunté qué era, uno de ellos se adelantó y con mucho orgullo sacó una flamante pluma, pizarra y una tiza. Jadeante, me dijo que estaba de camino a la escuela. Hacía dos horas que había dejado el pueblo y corría hacia la escuela bajo el sofocante calor». El director zanja: «La película muestra el valor y la fe de estos niños en el futuro y en su sociedad. Aquellos niños con los que rodamos el documental, son los primeros de su familia en ir a la escuela».

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