Indios, vaqueros y superhéroes en el escenario global
En el nuevo teatro del poder ya ni siquiera hacen falta palacios oficiales. El héroe contemporáneo actúa desde su mansión privada, rodeado de cámaras, seguidores y banderas. Allí exhibe a su presa, muestra al enemigo derrotado.
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Desde el western hasta Marvel, parece que la nación que se cree imprescindible ha construido su identidad como una narración heroica. A veces es un western, a veces una saga de superhéroes, a veces una epopeya de redención. Pero siempre hay un guion reconocible: un protagonista, un enemigo y una misión sagrada. El problema no es que produzca tanto cine, sino que con demasiada frecuencia parece gobernarse como si estuviera dentro de una pantalla.
Conviene decirlo con claridad: esto no es un ataque a un país ni a su gente. Es una reflexión sobre cómo los pueblos —todos— construimos relatos de poder y luego vivimos dentro de ellos. La nación que se cree imprescindible es también una creación colectiva, hecha de miedos, deseos, cine, educación y promesas. Criticar ese imaginario no es negar a su ciudadanía, sino tomarla en serio.
Durante siglos el poder se organizó en reinos. Había coronas, linajes, sangre y herencias que justificaban quién mandaba y quién obedecía. La modernidad prometió terminar con eso: repúblicas, derechos, ciudadanos. Pero el deseo humano de creer en figuras salvadoras no desapareció. Simplemente cambió de vestuario. Hoy ya no veneramos reyes; veneramos líderes carismáticos, hombres que se presentan como si fueran protagonistas de una saga épica.
El viejo western lo entendió muy bien: el vaquero blanco traía el orden, el indio representaba el caos. No importaba la historia real ni el exterminio de pueblos enteros; lo que importaba era la claridad del relato. Había un héroe y había un enemigo. El público podía relajarse. Esa estructura mental sigue intacta. Hoy los grandes líderes de la nación que se cree imprescindible hablan como sheriffs de una frontera planetaria: ellos deciden quién es civilizado, quién es peligroso y quién merece ser salvado… o eliminado.
Hollywood lo lleva décadas ensayando. Los buenos siempre hablan inglés; los villanos, casi siempre, tienen acento. Marvel no ha hecho más que actualizar el mito: ahora el vaquero es un superhéroe, la pistola es un dron y el caballo es un portaaviones. La política internacional se ha convertido en un plató donde cada crisis necesita un enemigo reconocible para que la historia funcione.
La política internacional se ha convertido en un plató donde cada crisis necesita un enemigo reconocible para que la historia funcione
En este nuevo teatro del poder ya ni siquiera hacen falta palacios oficiales. El héroe contemporáneo actúa desde su mansión privada, rodeado de cámaras, seguidores y banderas. Allí exhibe a su presa, muestra al enemigo derrotado, como los antiguos cazadores colgaban trofeos en la puerta para demostrar quién mandaba. El poder ya no se ejerce solo: se escenifica.
En medio de toda esa épica hay algo de lo que casi nunca se habla con la misma solemnidad: el dinero. El western siempre fue una historia de oro, tierras, ferrocarriles y bancos. Las guerras contemporáneas también lo son: petróleo, tecnología, contratos militares, reconstrucciones millonarias. No se lucha por la justicia, sino por quién controla el botín después de la batalla. El héroe siempre llega cuando hay algo valioso en juego.
Y entonces aparecen las preguntas que delatan el guion:
«¿Y tú de qué lado estás? ¿De los chinos o de los americanos?»
Es la pregunta favorita de todas las películas malas. Solo admite dos respuestas y ambas están diseñadas para que no pienses. Como escribió Hannah Arendt, cuando dejamos de pensar, empezamos a obedecer relatos. Elegir bando sustituye a comprender.
Lo inquietante es que esa lógica ya no vive solo en la política o en los medios. Se filtra en los cuerpos. En mi consulta lo veo cada semana: personas con el sistema nervioso agotado, hiperreactivas, incapaces de descansar porque sienten que todo es una amenaza. No vienen solo con dolor de espalda o insomnio; vienen con una tensión invisible que atraviesa el cuerpo y la conversación. Necesitan saber de qué lado estás, porque su mundo se ha convertido en un campo de batalla simbólico.
¿Eres de los buenos o de los malos? ¿Estás con nosotros o contra nosotros?
Indios o vaqueros. Occidente o China.
Cuando una sociedad empieza a formular así sus preguntas, entra en estado de alerta permanente. Y un cuerpo —individual o colectivo— que vive en alerta deja de pensar y empieza a reaccionar.
Ese estado de alerta es el terreno perfecto para la gran mentira. Una gran mentira no es solo una falsedad: es una falsedad tan descomunal que la mayoría no puede imaginar que alguien la haya inventado. Por eso funciona: no por su coherencia, sino por su impacto emocional. Hoy ya no necesita regímenes autoritarios. Se propaga por redes, algoritmos y discursos que apelan al miedo más que a los hechos.
Las mentiras ya no se esconden: se exhiben. Se repiten, se convierten en eslóganes. Cuanto más visceral es el mensaje, más fácil resulta creerlo. Así, las mentiras se vuelven relatos. Y los relatos, identidades. Quien las adopta ya no defiende una opinión: defiende una pertenencia.
Las mentiras ya no se esconden: se exhiben. Se repiten, se convierten en eslóganes
Del púlpito al algoritmo, la manipulación se ha vuelto ubicua. Los sistemas digitales refuerzan nuestras creencias y convierten el eco en prueba. Quien domina el relato no necesita tener razón; solo necesita resonar con la emoción adecuada.
Europa —con todas sus contradicciones— aprendió a golpes que la historia no es una película de buenos y malos. Es un archivo de errores, culpas compartidas, intereses cruzados y heridas que no se resuelven con un clímax heroico.
Me pregunto si no existen otras formas de liderazgo que no necesiten demostrar continuamente fuerza ni fabricar un villano de turno para sostenerse. Formas de poder menos espectaculares y más críticas, capaces de convivir con la ambigüedad sin convertirla en amenaza.
En realidad, sí las ha habido. Nelson Mandela entendió que el poder no consiste en humillar al enemigo, sino en impedir que la violencia se vuelva hereditaria. Mijaíl Gorbachov renunció al control absoluto para evitar una guerra que podía destruir medio planeta, y su propio país lo abandonó después por no sostener la épica del imperio. Jacques Delors, desde una Europa frágil y sin musculatura militar, apostó por construir instituciones en lugar de enemigos, puentes en lugar de fronteras.
No fueron superhéroes. Pero evitaron sufrimientos que nunca veremos porque, precisamente, no ocurrieron.
La filósofa Victoria Camps lleva tiempo advirtiendo de una confusión muy extendida en nuestra cultura: la idea de que ser libre es simplemente «hacer lo que me da la gana». A eso lo llama libertad negativa: una libertad sin responsabilidad, sin vínculo, sin pensamiento. Esa visión —tan celebrada en el discurso público— es el terreno perfecto para la gran mentira, porque una sociedad que confunde libertad con impulso es mucho más fácil de manipular.
Simone Weil escribió que la fuerza convierte a las personas en cosas. Hoy el poder convierte a los ciudadanos en espectadores. Miramos cómo el mundo se organiza como una saga interminable.
Usan un lenguaje simplista porque la complejidad estorba. «Amigo o enemigo». «Héroe o villano». Y cuando ese lenguaje domina, deja de ser ingenuo y se vuelve brutal.
No lo hacen porque tengan razón. Lo hacen porque pueden. Porque tienen dinero, armas, cámaras y seguidores. Porque desde sus mansiones privadas muestran a su presa y dicen, sin decirlo: ¿y qué pasa?
Por eso estamos entrando en una distopía que creímos haber superado tras la Segunda Guerra Mundial. No una de ciencia ficción, sino una muy real.
Y quizá el gesto más radical hoy no sea elegir bando, sino recuperar el espíritu crítico. No reaccionar automáticamente. No dejar que otros piensen por nosotros.
«¿Y si te atrevieras a no pertenecer ni a los indios ni a los vaqueros y a no aceptar el guion que nos ofrecen como único posible?»
En un mundo saturado de relatos, el espíritu crítico es una forma de libertad.
Y también, de resistencia.
Bibiana Badenes fisioterapeuta e investigadora en somática, autora del libro ‘Inteligencia Corporal’ y directora del centro Kinesis.
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