¿Puede progresar la filosofía?
Para Bertrand Russell, la filosofía no progresa, solo muda de temas en función de los intereses de la época. Algo parecido creyó el norteamericano Richard Rorty, para quien los problemas filosóficos varían por el hastío que terminan provocando.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
El filósofo francés Henri Bergson y el físico Albert Einstein mantuvieron durante las primeras décadas del siglo XX un intenso debate en torno a la naturaleza del tiempo. En esta discusión, que llegó a materializarse tête à tête en el Collège de Francia en abril de 1922, Bergson apuntó que la confirmación de la relatividad general einsteiniana no agota el valor ontológico del tiempo. La física, en síntesis, no tiene la última palabra sobre la esencia cardinal de lo que es. Como contrapartida, Einstein y simpatizantes acusaron a Bergson de no entender en absoluto la teoría de la relatividad. Para terminar de ilustrar el diálogo entre sordos, Bergson denunció la incomprensión de su postura por parte del físico.
Sobre Bergson, su compañero de gremio, Bertrand Russell, señaló no sin malicia que fue refutado, pero no por argumentos racionales, sino por tedio. La gente se aburrió de él y dejó de discutir sus ideas. Para el británico, de hecho, la filosofía no progresa, solo muda de temas en función de los intereses de la época. Algo parecido creyó el norteamericano Richard Rorty, para quien los problemas filosóficos varían por el hastío que terminan provocando. Por supuesto, no todo el mundo se sienta en este banquillo. Los oponentes de esta perspectiva aducen con varios ejemplos que la filosofía sí ha experimentado desde su nacimiento un avance. Pongamos uno.
En lo que respecta al problema mente-cuerpo (¿cómo se relaciona nuestra mente abstracta con el cuerpo material?), desde Platón, pasando por Descartes, y hasta finales del siglo XIX, la mayor parte de los pensadores han defendido una teoría denominada «dualismo sustancial». En síntesis, los distintos estados mentales (pensamientos, emociones…) formarían parte de un ente autónomo –una sustancia– llamado mente, que es distinto de otro ente autónomo llamado cuerpo; este material y el otro abstracto. Dependiendo del dualista al que consultemos, la interacción entre la mente y el cuerpo (mi voluntad mental de levantar la pierna es seguida de la manifestación corporal de mi pierna levantándose) está justificada de una u otra forma.
Todos los dualismos sustanciales comparten un fondo idéntico: los seres humanos somos un compuesto de mente y cuerpo. Ante la innumerable cantidad de obstáculos que contiene, pocas personas encontraremos hoy que puedan jurar por esta tesis sin reservas. Así, esta suerte de refutación histórica del dualismo sustancial demostraría, según algunos, el progreso en filosofía.
La filosofía no resuelve sus propios problemas: los cabalga, trabaja y reformula
El ejemplo podría ser atinado de no ser porque ignora el punto esencial. Es cierto que apenas hay dualistas sustanciales de renombre actualmente (Edward Lowe o Richard Swinburne son los ejemplos más reseñables). Así y todo, no hay nada en aquello que experimentamos que nos impida ser dualistas sustanciales. Siempre cabe la posibilidad de asumir que existe un alma distinta del cuerpo, que incluso lo puede sobrevivir. Rememorando a Russell o a Rorty, podemos afirmar que lo que sucede es que los filósofos se han aburrido hoy del dualismo sustancial, quizá porque no comulga con el imaginario de sociedades cada vez menos devotas. Pero en ningún caso este dualismo ha sido refutado en un sentido científico.
Se considera mayoritariamente que los argumentos en favor del dualismo no son convincentes, pero esta situación podría cambiar en el futuro. Tanto es así que, pese a ser un juego aparte, la mayoría de la población (podríamos hablar de la población global dada la influencia de las religiones abrahámicas) cree en el dualismo. Lo hace de una manera explícita cuando se asume, por ejemplo, que el yo es algo distinto del cuerpo. Por su parte, el futuro está abierto a que el dualismo de sustancias vuelva a estar en boga en filosofía.
Volviendo al meollo del asunto, tampoco está del todo claro por qué motivo el abandono de una determinada teoría –como la filosofía de Bergson o el dualismo sustancial– podría ser valorado como una prueba del progreso en filosofía. En medicina, si el objetivo es bloquear los síntomas de la alergia, la invención de los antihistamínicos puede ser juzgada como un avance sin demasiado jaleo. Pero en filosofía sí cabe el debate –por extravagante o innecesario que se estime– sobre si existe algo así como una mente distinta y autónoma respecto del cuerpo. ¿Por qué no habría de ser así?
Más allá del abandono de la teoría per se, ¿qué nos impulsaría a celebrar que la marginación del dualismo sustancial o de Bergson ha supuesto un avance? La alegría que pueda sentir un ateo al respecto no debe desviar la mirada del quid: la sustitución de unas teorías filosóficas por otras no responde a nada más que a factores coyunturales (psicológicos o sociológicos), amarrados al lugar y al momento.
¿Progresa la filosofía o simplemente envejece? Con lo dicho, desconfiar de una respuesta cómoda en cualquier dirección parece lo más honesto. La filosofía no resuelve sus propios problemas: los cabalga, trabaja y reformula; mastica y mastica. Tal vez su peculiar valor radica en este círculo.
COMENTARIOS