Hamlet y Ulises contra el imperio de la prisa
Regresar a Hamlet y a La Odisea en medio del vértigo digital exige escuchar lo que todavía vibra en lo ya dicho y lo que permanece cuando casi todo parece destinado a pasar de largo.
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El regreso de Ulises a las pantallas recuerda que algunas figuras nunca terminan de volver. Cada época encuentra en ellas una pregunta distinta y, a través de nuevos dispositivos, persisten antiguas incertidumbres: cómo orientarse, cómo actuar, cómo regresar a casa cuando el mundo parece haber perdido sus coordenadas.
Entre mis estudiantes percibo algo que me inquieta y, al mismo tiempo, me da esperanza: muchos parecen cansados antes incluso de haber empezado. Han crecido dentro de la hiperconexión, de la imagen proyectada de sí mismos y de una vigilancia afectiva casi continua. Conocen íntimamente la tecnología y comienzan a buscar, quizá sin saber todavía cómo, formas de suspender su dominio. Quieren tiempo. Quieren lenguaje. Quieren una experiencia que no nazca ya convertida en imagen.
Tal vez por eso hablarles de literatura y, en particular, de los textos clásicos ha adquirido una resonancia inesperada. En esos encuentros, algo en la escucha cambia, como si, entre el ruido de los feeds y la ansiedad del rendimiento, intuyeran que todavía es posible respirar de otro modo.
Entonces los clásicos dejan de ser un patrimonio inmóvil y recuperan su urgencia.
Vivimos bajo un régimen de exposición continua, en el que la identidad parece exigir una revisión permanente. Nos actualizamos, nos corregimos, mostramos lo que hacemos y nos observamos mientras lo hacemos. La intimidad ha adquirido una dimensión escénica; cada experiencia corre el riesgo de aparecer ya acompañada por la imagen que podría producir, la reacción que despertaría y el modo en que sería recibida. La vida parece exigir una edición constante de sí misma.
Vivimos bajo un régimen de exposición continua, en el que la identidad parece exigir una revisión permanente
En este contexto, Hamlet y Ulises ofrecen dos formas distintas de interrogar el presente. Ulises avanza mediante la astucia y el desvío; Hamlet permanece atrapado en una conciencia que examina cada gesto. Son figuras antiguas y extrañamente próximas, contemporáneas quizá en el sentido que Giorgio Agamben atribuye al término: capaces de reconocer la oscuridad de su propio tiempo y de enseñarnos a mirar la nuestra.
Ulises es aquel que se pierde para poder regresar. Su errancia desborda la geografía: cada demora transforma la relación entre deseo, peligro y memoria. Frente al desplazamiento vacío del scroll infinito, su viaje nos recuerda que no todo movimiento constituye una experiencia. Hay recorridos que dispersan y otros que nos obligan a volver de manera distinta.
Ulises resiste a la dispersión porque transforma el recorrido en relato y el relato en posibilidad de regreso. Su viaje no se limita a acumular episodios: da forma al tiempo, reúne aquello que la errancia amenaza con separar y conserva la memoria de una casa cuya existencia depende también de la capacidad de narrarla.
Hamlet, por su parte, es el héroe herido por un exceso de conciencia. Ensaya gestos, desconfía, observa, vacila. En la cultura de la hipervisibilidad funciona como un espejo inquietante: necesita actuar y sospecha de la acción; sabe que cada decisión sucede ya dentro de una escena y bajo la mirada de alguien. El exceso de conciencia impide que cualquier gesto permanezca inocente.
Entre Ulises y Hamlet se dibuja una tensión decisiva para nuestro presente. Uno se transforma a través del movimiento; el otro se detiene ante el peso del pensamiento. Uno atraviesa el mundo para regresar a casa; el otro descubre que el mundo entero se ha convertido en un escenario difícil de habitar. Entre el espectro y el regreso, entre el teatro de la conciencia y la epopeya del viaje, ambos se resisten a que la vida quede reducida a la eficacia, el rendimiento y la respuesta inmediata.
Entre Ulises y Hamlet se dibuja una tensión decisiva para nuestro presente. Uno se transforma a través del movimiento; el otro se detiene ante el peso del pensamiento
Volver a estas obras devuelve espesor a preguntas que la aceleración tiende a simplificar: quiénes somos, cómo actuar, qué significa regresar, qué hacer cuando el mundo se vuelve casi inhabitable. Cambian las circunstancias, aunque la inquietud que las sostiene siga encontrando nuevas formas.
La literatura funciona, en ese sentido, como un sismógrafo: registra movimientos que una época todavía no sabe nombrar. Hamlet y Ulises siguen hablándonos porque sus contradicciones todavía nos pertenecen. Nos reconocemos en la errancia de uno y en la vacilación del otro, en el deseo de regresar y en la dificultad de actuar, en la búsqueda de una forma narrativa capaz de reunir aquello que el presente dispersa.
Para Italo Calvino, un clásico es un libro que nunca acaba de decir aquello que tiene que decir. Regresar a Hamlet y a La Odisea en medio del vértigo digital exige escuchar lo que todavía vibra en lo ya dicho y lo que permanece cuando casi todo parece destinado a pasar de largo.
Si la velocidad fragmenta, los clásicos interrumpen. Nos obligan a permanecer un poco más dentro de una pregunta y suspenden, durante unos instantes, la urgencia de responder. Han cambiado los dispositivos, el ritmo y la forma de exponernos; sigue siendo antigua la dificultad de actuar, regresar o dar sentido a una vida.
Tal vez sea ese el mayor don de los clásicos: ofrecernos una lengua en la que todavía es posible preguntar sin urgencia. Y quizá por eso, en un aula, un silencio ligeramente más largo de lo habitual pueda seguir siendo una forma de pensamiento.
Tiago Alves Costa es escritor, profesor universitario, fundador y editor de la revista Quiasmo.
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