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Francis Bacon: La nueva Atlántida en el siglo XXI

A cuatro siglos de la muerte de Francis Bacon (1561-1626), su figura no solo permanece como el «profeta de la revolución tecnológica», sino como el arquitecto de un sueño que hoy, entre robótica, bioinformática e inteligencias artificiales, parece haberse materializado con una precisión casi inquietante.

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11
marzo
2026
Portrait of Francis Bacon by Reginald Gray

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A cuatro siglos de la muerte de Francis Bacon (1561-1626), su figura no solo permanece como el «profeta de la revolución tecnológica», sino como el arquitecto de un sueño que hoy, entre robótica, bioinformática e inteligencias artificiales, parece haberse materializado con una precisión casi inquietante. Recordar a Bacon para un público contemporáneo exige mirar más allá de los aportes intelectuales del Lord Canciller y adentrarse en la bruma de aquella navegación que cambió el destino de Occidente y de buena parte del mundo.

El Perú como puerto de salida

«Zarpamos desde el Perú», escribe Bacon en la línea inicial de La Nueva Atlántida. No es una elección geográfica al azar. En 1624, al revisar este texto, el autor situaba el origen de su utopía en el corazón de un Nuevo Mundo que simbolizaba la expansión infinita de los límites humanos. Aquella expedición que partía de las costas peruanas para perderse en la inmensidad del Pacífico —y hallar la mítica isla de Bensalem— no era una simple travesía marítima, sino la metáfora de un viaje epistemológico: el tránsito de la filosofía estéril de los antiguos a la ciencia activa de los modernos.

Bacon, que desde su juventud en Cambridge se sintió desencantado de un aristotelismo que consideraba «bueno solo para las disputas, pero estéril en obras ventajosas para la vida», propuso un cambio de rumbo radical. Si el saber tradicional era una biblioteca cerrada, el nuevo saber debía ser una navegación en mar abierto, impulsada por la brújula, la pólvora y la imprenta, los tres inventos que, según él, habían transformado el orden del mundo.

La Casa de Salomón: el motor del mundo moderno

En el corazón de Bensalem se alzaba la Casa de Salomón, el elemento más visionario de su obra. No era un templo religioso ni una corte política, sino el primer gran centro de investigación científica imaginado por la literatura. Su propósito era nítido: «el conocimiento de las causas y de los secretos movimientos de las cosas, y el ampliar los límites del imperio humano para la realización de todas las cosas posibles».

El legado de Bacon legado nos recuerda que el conocimiento no es un fin en sí mismo, sino un servicio a la humanidad

Esta institución prefiguró la estructura de la ciencia moderna como una empresa colectiva y estatal. Bacon dividió el trabajo entre «Mercaderes de Luz», que viajaban por el mundo recopilando innovaciones, e «Intérpretes de la Naturaleza», encargados de elevar los datos a leyes generales. Hoy, la Casa de Salomón resuena en las estructuras de los grandes aceleradores de partículas como el CERN, en los campus tecnológicos de Silicon Valley o en las investigaciones del CSIC. Al igual que en la ficción de Bacon, estos centros operan bajo la premisa de que el progreso no nace de la genialidad aislada, sino de la organización metódica del conocimiento. Sin embargo, su legado nos plantea una pregunta incómoda: en Bensalem, los sabios decidían qué secretos compartir con el Estado y cuáles guardar; en nuestra era de datos masivos, ¿quién ostenta realmente esa custodia del saber?

La lucha contra los ídolos de nuestra mente

Sin embargo, para llegar a Bensalem, Bacon nos advirtió que primero debíamos naufragar en nuestras propias certidumbres. Su teoría de los idola sigue siendo una de las críticas más lúcidas a la subjetividad humana. Nos asedian los ídolos de la tribu, que nos hacen ver un orden inexistente en las cosas; los de la caverna, nacidos de nuestra educación y prejuicios; los del foro, generados por las trampas del lenguaje; y los del teatro, producto de sistemas filosóficos que son meras ficciones escénicas.

En un tiempo de cámaras de eco y posverdad, los idola baconianos tienen una vigencia asombrosa. Bacon nos pide una «purificación del entendimiento». Su método no es el de la araña, que saca la tela de sí misma (el racionalista puro), ni el de la hormiga, que solo acumula (el empírico sin método), sino el de la abeja: recolectar el polen de la experiencia y transformarlo mediante el entendimiento.

El legado: ¿Utopía o distopía?

A cuatro siglos de su muerte en abril de 1626, el proyecto de Bacon —su Instauratio Magna— habría triunfado. Vivimos en la era de la ciencia como «obra colectiva», un ideal que inspiró la creación de la Royal Society. Hemos logrado introducir «nuevas naturalezas» en el mundo: desde la transparencia de los cristales que él soñó hasta la edición genética.

Pero la utopía de La Nueva Atlántida también nos deja interrogantes éticos. La máxima baconiana de que «a la naturaleza se le ordena solo obedeciéndole» implica un respeto por las leyes naturales que a menudo hemos ignorado en nuestro afán de dominio. La Casa de Salomón nos legó la capacidad de transformar el mundo, pero también la responsabilidad de no quedar atrapados en nuestra propia técnica Hoy, mientras contemplamos el horizonte tecnológico desde nuestro propio «puerto del Perú», su legado nos recuerda que el conocimiento no es un fin en sí mismo, sino un servicio a la humanidad. La navegación continúa, y las luces de Bensalem, a veces brillantes y otras veces cegadoras, siguen marcando el rumbo de nuestra historia.

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