Sociedad

Darwin en las Galápagos

El viaje al archipiélago del océano Pacífico, realizado en 1831, resultó decisivo para la investigación de Charles Darwin y su posterior teoría de la evolución de las especies.

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18
junio
2024

Evolución, antepasado común y selección natural son tres conceptos que, a modo de pilares, sostienen el edificio de la biología evolutiva. Desde las observaciones de Aristóteles, habían proliferado diferentes propuestas sobre cómo ha ido forjándose la vida: desde el creacionismo –sea por la mano interventora de múltiples deidades o de un solo dios externo a la naturaleza misma– hasta la generación espontánea, admitida esta última por científicos y filósofos como Isaac Newton o Francis Bacon.

Uno de esos hombres que fueron capaces de cambiar para siempre la ciencia fue el naturalista inglés Charles Darwin. Las ideas ilustradas habían aportado a Europa una confianza en la razón y en el método científico que permitieron un desafío singular: las creencias debían dar paso a las certezas. Lentamente fue creciendo el acervo científico tanto en manos de investigadores independientes como en centros de saber universitarios, instituciones financiadas por los Estados y, después de las guerras napoleónicas, gracias a aventureros que se entregaron a lo desconocido recorriendo América, Asia, África y los océanos.

Darwin era descendiente de intelectuales y eruditos. Su padre, Robert Darwin, fue miembro de la Royal Society y un destacado médico en el Reino Unido. Su abuelo era el filósofo Erasmus Darwin, investigador del lenguaje. Desde niño, Darwin mostraba un notable interés por la naturaleza. Sus primeros estudios en Medicina en la Universidad de Edimburgo le abrieron el camino hacia su verdadera vocación, las ciencias naturales. Aunque las clases de medicina le resultaban tediosas, allí pudo aprender taxidermia, conocer la descripción de los bosques tropicales sudamericanos en boca de John Edmonstone y se adscribió a la Sociedad Pliniana, donde pudo colaborar con el investigador marino Robert Edmund Grant en el estudio del ciclo vital de invertebrados marinos, aprender geología y la clasificación de las plantas.

Sin embargo, su padre, harto del desinterés de su hijo hacia la medicina, lo envió a la Universidad de Cambridge a estudiar Teología. En la nueva ciudad, Darwin combinó sus nuevos estudios con las ciencias naturales. Pronto descubrió un grupo de profesores y alumnos con inquietudes similares que le permitió conocer el lamarckismo (el cambio en los individuos se produce por adaptación al ambiente), la Teología natural de William Paley, el trabajo de John Herschel, el de Alexander von Humboldt y el aragonés Félix de Azara. Amigo del reconocido naturalista francés George Louis Leclerc, las descripciones de Azara de cientos de nuevas especies en Sudamérica acariciaron la idea de la selección natural.

El viaje a las Galápagos

Darwin viajar a las Islas Canarias para estudiar el ecosistema tropical, pero tuvo noticia de la oportunidad de embarcarse en el buque HMS Beagle en 1831 en una expedición de más de dos años alrededor del mundo. Sin pensárselo demasiado, emprendió un viaje que se dilató un lustro. Tenía 22 años y, aunque no lo sabía, iba a revolucionar para siempre el conocimiento humano sobre el origen de la vida.

La extensa travesía fue modelando la posterior teoría sobre la evolución de las especies que expuso en Los orígenes del hombre (1871): la exuberante flora y fauna americanas, los estratos geológicos en Cabo Verde, el levantamiento de estratos en Chile tras el terremoto de Concepción de 1835, la presencia de fósiles marinos en las alturas de los Andes y el estudio de marsupiales y ornitorrincos en Australia fascinaron al científico.

La extensa travesía en el buque HMS Beagle fue dando forma a su teoría sobre la evolución de las especies

Sin embargo, fue en las Islas Galápagos donde su estancia resultó reveladora. A partir de sus conocimientos geológicos, las ideas de Félix de Azara y sus propias observaciones en las escalas de la travesía, Darwin recorrió las nueve islas del archipiélago en busca de pruebas para el planteamiento de que no son los individuos los que se amoldan a las condiciones del medio natural, sino que son los más aptos por sus características, transmitidas generación tras generación, los que sobreviven y se reproducen con mayor descendencia capaz de engendrar a las generaciones sucesivas.

La teoría de la evolución de las especies conseguía unificar las anotaciones que el propio Charles Darwin había recogido en su diario de la expedición. Según cambiaban los factores ambientales –climáticos, ecosistemas, etc.– lo fue haciendo el tipo, el número de especies y, sobre todo, su filogenia. No era coincidencia, por tanto, que existiese parentesco entre unas especies y otras diferentes de seres vivos y que, además, este parentesco fuese más difuso conforme los estratos geológicos eran más antiguos: simplemente, las especies se entroncan entre sí en el árbol de la vida.

En las Galápagos, y durante apenas dos semanas, Darwin estudió en especial dos clases de seres vivos, las tortugas y doce especies de pinzones cuyas características en los picos, adaptados para cada clase de alimento, diferían entre sí y respecto de sus parientes continentales.

Las pruebas y especímenes que recogió le permitieron presentar sus resultados en la Geological Society de Londres en 1837. Su teoría de la evolución de las especies y la selección natural abrieron un nuevo horizonte tanta para el desarrollo del naturalismo como de la biología. Junto con las leyes de Mendel, clave para la comprensión de los procesos filogénicos, hubo que esperar un siglo para que se descubriese el ADN, que junto con el ARN formas las dos principales moléculas clave para la vida. Así nació la genética como la conocemos en la actualidad.

 

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