¿Puede representarse ya la matanza del 7 de octubre?
La quinta temporada de la serie ‘Fauda’ rompe con el tabú del brutal atentado terrorista perpetrado en suelo israelí en 2023, pero Netflix propone al espectador eludir los dos episodios que aluden directamente a la tragedia.
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La quinta temporada de Fauda contiene dos capítulos cruciales que Netflix invita a eludir. La anomalía merece atención. El espectador puede atravesar la serie dejando intacto el 7 de octubre, como si la plataforma hubiera decidido reconocer que ciertas imágenes siguen perteneciendo a una zona demasiado próxima al duelo para someterlas con naturalidad a las leyes del entretenimiento. La ficción suele apropiarse del pasado cuando el tiempo lo ha vuelto manejable. Aquí sucede lo contrario. El acontecimiento todavía conserva una temperatura que desaconseja tocarlo.
La advertencia ilumina el problema central de esta temporada. El 7 de octubre ya tiene fecha, cronología y archivo, pero aún se resiste a la serenidad retrospectiva. Sigue produciendo responsabilidades, investigaciones, rehenes, consecuencias militares y una devastación posterior en Gaza que ha ensanchado la tragedia hasta volverla moralmente inabarcable. La Historia todavía no ha enfriado los hechos y Fauda decide entrar precisamente en ese intervalo, cuando la memoria continúa discutiendo con la representación.
La posición de la serie añade una dificultad particular. Desde 2015 había convertido el conflicto israelí-palestino en una formidable relojería de suspense. Atentados, túneles, secuestros, comandos infiltrados, agentes que adoptaban acentos, ropas y nombres ajenos hasta confundirse con el territorio que pretendían dominar. El caos, significado literal del título de la serie en árabe, podía ordenarse mediante el montaje. La violencia adquiría duración, ritmo y desenlace. Incluso una guerra interminable aceptaba la disciplina de una temporada.
El 7 de octubre ya tiene fecha, cronología y archivo, pero aún se resiste a la serenidad retrospectiva
El 7 de octubre destruyó aquella superioridad de la ficción. Los guionistas habían imaginado tiempo atrás una incursión masiva de Hamás en territorio israelí y terminaron descartándola por exceso de incredulidad. Demasiados hombres atravesando la frontera, demasiadas localidades expuestas, demasiada fragilidad en un Estado que había construido buena parte de su prestigio sobre la promesa de seguridad. La realidad se permitió una desmesura que los guionistas habían juzgado impropia de la ficción.
La paradoja aloja una crueldad particular. Fauda había acostumbrado al espectador a aceptar lo inverosímil y terminó enfrentándose a una jornada que habría rechazado por falta de credibilidad. Desde entonces, la serie perdió la distancia necesaria para transformar la violencia en dramaturgia. Miembros del equipo fueron movilizados, Matan Meir murió durante la guerra, Idan Amedi regresó gravemente herido de Gaza. El conflicto abandonó el guion y entró en los cuerpos.
La quinta temporada nace de esa contaminación. Las entregas anteriores habían hecho de la ambigüedad uno de sus principales méritos. El punto de vista era inequívocamente israelí, pero los personajes palestinos conservaban una vida interior que impedía reducirlos a una función narrativa. Tenían madres, hijos, miedo, deseo, contradicciones. El enemigo podía ser feroz sin convertirse en una silueta.
Esa curiosidad se ha estrechado. El trauma ocupa espacio. La herida propia coloniza la mirada y deja menos sitio para la intimidad ajena. Fauda se vuelve así más parcial y, por la misma razón, más reveladora. Ya no describe únicamente un conflicto. Registra el cambio de temperatura de una sociedad que ha perdido parte de la distancia con la que contemplaba a su adversario.
Los creadores llegaron a considerar la palabra árabe tha’r para acompañar el título de la temporada. Significa venganza de sangre, una obligación ancestral de responder a la sangre derramada con otra sangre. El término parece hecho para el clima de estos episodios, porque desplaza el centro desde la seguridad hacia el duelo y desde la estrategia hacia el castigo.
La ficción de acción conoce muy bien ese territorio. Localiza al culpable y consuma la represalia. El género ofrece una forma elemental de equilibrio porque necesita cerrar lo que la vida deja abierto. La muerte del verdugo no devuelve a la víctima, aunque durante unos minutos pueda parecer que restablece el orden. La nueva Fauda se mueve precisamente en esa grieta, donde la venganza promete una reparación que nunca termina de conceder.
La muerte del verdugo no devuelve a la víctima, aunque durante unos minutos pueda parecer que restablece el orden
Doron Kavillio concentra la fractura. Es el protagonista de la serie, antiguo miembro de una unidad de operaciones especiales, especialista en infiltrarse en territorio palestino y sobrevivir dentro de identidades ajenas. La quinta temporada le reserva una pérdida más inquietante que cualquier herida física: ocho horas del 7 de octubre han desaparecido de su memoria.
La elección narrativa roza la alegoría. Doron intenta recomponer las horas borradas de su conciencia mientras Israel continúa reconstruyendo las horas que hicieron posible la catástrofe. Las señales ignoradas, los fallos de inteligencia, la ruptura de la frontera, la tardanza militar, la distribución de responsabilidades. El hombre que conocía los túneles del enemigo se extravía ahora en un pasadizo interior.
Por eso adquieren tanta fuerza los dos episodios que Netflix permite omitir. La trama puede entenderse sin ellos, pero la temporada queda moralmente mutilada. El acontecimiento central es prescindible para la mecánica narrativa y decisivo para la memoria de los personajes. La ficción posee el recurso de la elipsis. El trauma carece de esa cortesía.
La cuestión rebasa ampliamente a Fauda. Toda tragedia necesita encontrar el momento en que deja de pertenecer exclusivamente al testimonio y admite la intervención de la ficción. El Holocausto tardó décadas en encontrar formas de representación capaces de escapar tanto de la solemnidad como del espectáculo. El 11-S que estamos conmemorando permaneció durante años sometido al poder de sus propias imágenes. Los aviones, las torres, el humo y las llamadas de los condenados parecían haber agotado cualquier posibilidad de invención.
El 7 de octubre ha entrado muy pronto en una de las ficciones israelíes más exportadas del mundo. La rapidez conserva la fiebre y sacrifica perspectiva. Quizá por eso la temporada se acerca con enorme intimidad al dolor israelí y mantiene mucha más distancia respecto de la devastación de Gaza. Esa asimetría limita la mirada y al mismo tiempo la explica.
Durante años, Fauda presumió de atravesar ambos mundos. La quinta temporada demuestra hasta qué punto ese tránsito se ha vuelto más difícil. La antigua ambigüedad se ha encogido, la furia ocupa más espacio y el enemigo resulta menos legible. La serie ha perdido parte de su equilibrio, pero ha ganado otra cosa: la capacidad de mostrar una sociedad escribiendo desde dentro de su propia conmoción.
El tabú del 7 de octubre no consiste únicamente en representarlo, sino en decidir cuándo deja de ser una herida privada y puede convertirse en una imagen pública, cuándo la memoria admite montaje, actores, música y suspense sin sentirse profanada. Fauda se atreve a responder demasiado pronto y quizá por eso su respuesta resulta tan incómoda.
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