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Ceuta, el interruptor con el que Marruecos desnuda al Estado español

La entrada de más de 70.000 personas revela cómo la dependencia migratoria, económica y diplomática de Rabat limita el margen de actuación de Madrid.

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03
septiembre
2026

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La costa mediterránea marroquí recorre casi 500 kilómetros entre Tánger y Saïdia, en gran parte al pie del Rif, cuyas montañas caen con brusquedad sobre el mar. Históricamente, esta costa ha funcionado como corredor, refugio y línea de choque. Una brecha de agua donde fenicios y cartagineses establecieron puestos comerciales. El litoral conserva por ello una memoria fronteriza densa: murallas, presidios, puertos y ciudades andalusíes superpuestos sobre una geografía de barrancos que nunca facilitó un poder uniforme. Hoy igual que ayer, un Estado se reconoce porque fija sus límites y el vecino los acepta. Los más de 70.000 cruces irregulares del 30 y 31 de julio no borraron la alambrada de Ceuta, pero suspendieron la convención que la vuelve eficaz. Una frontera puede ser porosa para individuos aislados, pero deja de funcionar cuando el país contiguo puede abrirla, cerrarla y graduar la presión de las multitudes.

Tetuán fue uno de los principales enlaces entre Marruecos y la península y más tarde fue reconstruida por musulmanes y judíos expulsados. Portugal y España tomaron después Ceuta, Melilla y diversos peñones, fragmentando políticamente una costa ya difícil de comunicar por tierra. No es nueva la teoría de que el desgaste político suele nacer dentro del país y Marruecos ha añadido un dispositivo exterior capaz de alterar la conversación nacional en cuestión de horas. Esta crisis erosiona a Pedro Sánchez, responsable de una política hacia Rabat presentada como estabilizadora, y puede estrechar el espacio de Alberto Núñez Feijóo si impulsa a Vox. Rabat no elige el resultado electoral, pero modifica las condiciones de la competición con un interruptor llamado Ceuta. Con ese control a distancia —el mismo que ambicionaba Vladimir Putin todas las veces que quiso imponer a Ucrania restricciones a su soberanía— se empieza a desnudar a un estado.

Una frontera puede ser porosa para individuos aislados, pero deja de funcionar cuando el país contiguo puede abrirla, cerrarla y graduar la presión de las multitudes

En un principio, dejar caer un par de prendas parece lo más sencillo para no encarar problemas de inmediato. El Gobierno de Pedro Sánchez ha estado culpando a las mafias y necesita a Marruecos para las devoluciones, mientras un informe policial remitido a la Audiencia Nacional confirma que gendarmes marroquíes y agentes de paisano —otro guiño a los hombrecillos verdes que se hicieron con Crimea sin lucir bandera— guiaron la operación. Sonia Moreno, autora del libro Marruecos, el vecino incómodo, resume el condicionamiento: «Para conseguir que los recojan de vuelta, [Sánchez] necesita preservar la cooperación del mismo país que controla la otra parte de la frontera». El Palacio del monarca exporta así su versión desde el sur, mientras los ceutíes miran al norte y ven que Madrid calibra cada palabra según la reacción marroquí. El circuito normal de lealtades en un estado moderno empieza a agrietarse.

La aparición de una zona gris tampoco exige una cesión jurídica, solo hechos que se amontonen. Felipe VI nunca ha visitado Ceuta ni Melilla y el anuncio de que finalmente irá se discute atendiendo a Rabat. También las alianzas españolas marcan una excepción: ambas ciudades no figuran expresamente en el artículo 6 del Tratado del Atlántico Norte, aunque España puede pedir consultas. Pero mientras que Marruecos no concede a Madrid igual influencia sobre sus símbolos o despliegues, España introduce a Rabat en decisiones sobre suelo español y le entrega una especie de voto sin acta. Así es como los territorios en África se acercan a ser zona gris.

La asimetría también se construye con infraestructuras. Tim Marshall observaba en The Power of Geography que esta ruta registra menos cruces que la libia porque Marruecos posee una administración funcional que coopera con España, pero esa ventaja encierra la capacidad de retirar la cooperación de manera caprichosa, como hemos visto después. «España ha subestimado a Marruecos», sostiene Moreno. «Marruecos desarrolló los puntos estratégicos que rodean Ceuta y Melilla para quitar vida económica a las dos ciudades». Sin aeropuerto, con conexiones por Tánger y una economía alterada por el final del porteo, Ceuta mira a Madrid para velar por su legitimidad y a Marruecos para mantener en marcha una parte crucial de su funcionamiento. La identidad española convive así con una exposición a la urgencia de lo material.

En Ceuta, Madrid conserva título y bandera mientras Rabat gana en sus palancas sobre flujos migratorios

Gerard Toal llama «archipiélago geopolítico» a soberanías irregulares enlazadas por tropas, guardias fronterizos, oligarcas, nacionalistas y redes aparentemente privadas. En Ceuta, Madrid conserva título y bandera mientras Rabat gana en sus palancas sobre flujos migratorios, su freno ocasional a economía, su malversación del relato del gobierno español y el uso descarado de agentes: según el informe, uniformados habrían ordenado el paso y operativos de paisano habrían vigilado el terreno. Dionis Cenușa, experto asociado con GSSC en Lituania (Geopolitics and Security Studies Center), advierte de «un riesgo y una cuenta atrás tanto para la soberanía de España en el norte de África como para la estabilidad de la frontera sur de la UE». La fórmula permite forzar decisiones sin asumir una agresión convencional a la vista de todos.

Entre 1912 y 1956, gran parte del Rif quedó dentro del Protectorado español. Marruecos nació al ritmo de la descolonización del siglo XX y en 1975, Hassan II aprovechó la agonía de Franco para lanzar la Marcha Verde, con 350.000 civiles y 25.000 soldados, colocando a España ante la alternativa de disparar o retroceder. Mohamed VI trabaja con menor exposición y mayor reversibilidad. Reservado, paciente y centralizador, combina modernización con escasa cesión política; conserva amplios poderes y distancia de la vida pública. La continuidad está en producir hechos consumados con masas civiles y retirar la presión cuando ya se ha rendido.

La jugada es tan vieja como las piedras de esos muros que miran al mar. Lukashenko empleó en 2021 rutas, visados y fuerzas fronterizas para dirigir migrantes hacia Polonia y los países bálticos. Y Erdogan hizo algo comparable en 2020, cuando organismos estatales trasladaron personas hasta la frontera griega. Pero Ceuta añade una dificultad: España externalizó el control hacia un vecino con reivindicaciones territoriales: «La frontera se utilizó contra España en 2021 y de nuevo en 2026, pese a todo lo que Rabat obtuvo entre una y otra», recuerda Carla Hobbs, jefa en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR).

Marruecos es hoy más asertivo que nunca, en parte gracias a extrañas complicidades: «Es evidente que Marruecos se ha envalentonado con el respaldo de Estados Unidos e Israel, pero no creo que la respuesta europea estuviera guiada por consideraciones sobre Washington o Tel Aviv, sino que más bien la determinaron casi por completo factores de política interna, con elecciones previstas en buena parte de la UE el año que viene y la migración como el tema más tóxico, lo que llevó a reproches y a postureo pensando en los electorados nacionales, en lugar de a la solidaridad». Sonia Moreno, que además fue corresponsal en Marruecos, completa el mapa señalando la capacidad del régimen de Mohamed VI de convertir la geografía en presión política: «El Sáhara, el espacio aéreo, las aguas jurisdiccionales y la frontera forman una misma cadena de presión… Y Rabat puede acelerar uno, congelar otro y ofrecer cooperación en un tercero según lo que quiera obtener de Madrid». La externalización transforma cooperación en coacción: quien genera la crisis conserva la llave para resolverla.

Un proverbio árabe muy repetido en Marruecos dice que «si la palabra es de plata, el silencio es de oro». Aunque los hechos hablan, Madrid ha vuelto a regalar a Rabat la ventaja del silencio. Marruecos puede aspirar todavía a más mientras España, temerosa de que hablar empeore las cosas, sigue pagando con el oro de su silencio.

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