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Zapatero

La caída del expresidente que no dejó de gobernar

Si no hay novedad o retraso, el próximo 17 de junio Zapatero comparece ante el juez Calama. Es la primera vez en casi medio siglo de democracia española que un expresidente del Gobierno acude a declarar en una causa penal… sin haber dejado de gobernar. La singularidad del momento no reside en el expediente ni en las cifras manejadas por la UDEF. Reside en que ZP estaba plenamente operativo cuando se abrieron las diligencias.

Fotografía original

Ministerio de Cultura de la Nación
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25
mayo
2026

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Ministerio de Cultura de la Nación

Si no hay novedad o retraso, el próximo 17 de junio Zapatero comparece ante el juez Calama. Es la primera vez en casi medio siglo de democracia española que un expresidente del Gobierno acude a declarar en una causa penal… sin haber dejado de gobernar. La singularidad del momento no reside en el expediente ni en las cifras manejadas por la UDEF. Reside en que ZP estaba plenamente operativo cuando se abrieron las diligencias.

España aporta cuatro expresidentes vivos. Tres aceptaron en su día la condición elemental del cargo –que expira al cesar– y se retiraron a las distintas variantes del decoro. Solo el cuarto renunció a la jubilación. Zapatero convirtió su expresidencia en una segunda oficina sin acta ni juramento, con agenda exterior, teléfono directo con Moncloa y ascendencia de gurú en las decisiones de Estado.

Felipe González convirtió su camino en exilio interior. Se ha replegado a un Lejano Oriente del PSOE como quien se va a Sintra a contemplar el mar, lo bastante lejos para no estorbar, lo bastante cerca para que se le oigan los suspiros. Pronuncia frases tácitas, oraculares, dirigidas a un partido que ya no le escucha y que, sin embargo, le saluda con la cortesía rígida con que los nietos saludan al abuelo difícil en las comidas familiares.

Aznar eligió el extremo contrario. Construyó una fundación, un púlpito, una ronda permanente de tribunas, y desde allí dispara sentencias con la convicción de quien ha decidido que la posteridad le debe una segunda oportunidad. Habla del Estado como un misionero ofendido por la deserción ajena. Su expresidencia es una guerra de baja intensidad contra el presente, librada con notas a pie de página y conferencias en hoteles atlantistas.

Rajoy practica la modalidad opuesta: la del registrador que vuelve a su Levante natal con un libro y una sonrisa indescifrable. Aparece poco, dice menos, comenta el fútbol y la actualidad parlamentaria con la misma economía verbal. Su retiro reviste algo de marqués prudente, el tipo campechano cuya mejor defensa contra los manuales de historia consiste en no dictarles ni una sola línea más.

Mientras Felipe se distanciaba, Aznar predicaba y Rajoy callaba, Zapatero se erigió en el primer activista del sanchismo

Quedaba Zapatero. Y Zapatero era el único de los cuatro que no se había ido. Su expresidencia fue una segunda carrera, una segunda investidura no escrita en la Constitución pero perfectamente operativa en la sala de máquinas del régimen. Mientras Felipe se distanciaba, Aznar predicaba y Rajoy callaba, Zapatero se erigió en el primer activista del sanchismo, en el avalista voluntario de las misiones más espinosas y abyectas de la legislatura.

Apoyó sin reservas la amnistía y le concedió cobertura ética antes incluso de que la cobertura jurídica se hubiera redactado. Se reunió con Puigdemont en Ginebra con la naturalidad de quien acepta una invitación al teatro, normalizando con su sola presencia un cónclave que ningún otro mayor de edad del PSOE habría aceptado dignificar. Abrazó a Bildu en cuanta tribuna le fue convocada, prestando la dignidad leonesa de su biografía a un partido que aún no había completado del todo su examen democrático. Convirtió la permanencia en diplomacia paralela, con jurisdicción sobre Venezuela, Cataluña y cualquier expediente lo bastante difícil para requerir un aura. Era el único de los cuatro retratos que seguía bajando del marco a la hora del Consejo.

Zapatero era el único expresidente disponible, el único en uso, el único que el sanchismo podía exhibir cuando necesitaba que un mayor de edad de la izquierda le pusiera la mano en el hombro y le dijese al país, con esa pronunciación leonesa pausada, que todo estaba bajo control. Que el fuego no quema. Que el barro no mancha. Esa mano se ha retirado. Y queda al descubierto que el régimen no tenía nada ni nadie más detrás.

La crueldad del momento procede precisamente de ahí. No del expediente judicial, sino de la repentina visibilidad del fondo del armario. Sánchez no se enfrenta solo a una causa, sino al hecho de haber perdido a la única figura tutelar capaz de mediar entre su biografía y la del PSOE histórico. Pierde la transición que él mismo no se molestó en construir, el aval involuntario de una izquierda más antigua, más larga, más lenta, que le precedía y que parecía, por delegación, conferirle linaje. Pierde, sobre todo, la posibilidad de presentar su gobierno como continuación de algo, en lugar de como arrebato sobre la nada.

Sánchez se enfrenta al hecho de haber perdido a la única figura tutelar capaz de mediar entre su biografía y la del PSOE histórico

La galería queda, por tanto, en silencio. Cuatro retratos y ninguna voz prestable. La sala desierta tiene la melancolía exacta de las habitaciones de hotel cuyos huéspedes acaban de salir y han dejado el cenicero sin vaciar. Es muy posible que esta sea, en el fondo, la imagen que recordemos dentro de veinte años cuando se hable de esta primavera. No la del expresidente declarando ante el juez Calama, ni la del PSOE perdiendo media Andalucía en una sola noche, ni la del Ejecutivo comprando otra semana de oxígeno en el bazar parlamentario. Sino la imagen previa, casi metafísica, de un país que descubre, una mañana cualquiera, que su gabinete invisible se ha quedado sin un solo inquilino útil. Que no hay ya a quién consultar.

La expresidencia era, hasta ZP, una figura casi galdosiana, un cesante con tratamiento sin equivalente claro en las democracias vecinas. Ni los británicos, que se reciclan en consejos editoriales y memorias bien remuneradas; ni los franceses, que reaparecen como filósofos tardíos a la sombra de Mitterrand; ni los norteamericanos, que abren bibliotecas presidenciales y dictan tesis morales desde Martha’s Vineyard. Allí la expresidencia es retiro institucional; aquí, intemperie ceremoniosa.

Solo Zapatero se negó a habitarla. Lo hizo desde unas pretensiones moralizantes y desde una impostura doctrinal que adquieren ahora los síntomas de un campo de minas. Difícil va a tener Sánchez vestirse de artificiero para que no le salpiquen las vísceras del padrino.

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