TENDENCIAS
Pensamiento

Sobre la verdad

En el mundo actual dominado por la tecnología y el uso expansivo de las redes sociales ha retornado con fuerza la pregunta sobre qué es la verdad.

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
05
febrero
2026

En el mundo actual dominado por la tecnología y el uso expansivo de las redes sociales ha retornado con fuerza la pregunta sobre qué es la verdad. La pregunta no es novedosa, sino que atraviesa toda la historia del pensamiento occidental y hoy, de nuevo, nos inquiere de manera ciertamente inquietante.

La cuestión sobre la verdad epistemológica, referida a la validez del conocimiento humano para desvelar la realidad, interpeló a los filósofos desde Platón. Este la respondió alegóricamente con el célebre mito de la caverna, donde los hombres confunden las sombras con la realidad y solo el esfuerzo de girar la mirada permite acceder a lo que verdaderamente es.

Con la modernidad, la visión tradicional de la verdad entendida como adecuación entre el conocimiento y la realidad comenzó a resquebrajarse. Así, el empirismo puso el énfasis en la experiencia como única fuente y fundamento de todo conocimiento. La verdad queda así limitada a lo que puede ser observado y verificado por los sentidos. Hume llevó esta postura a sus últimas consecuencias: nociones como causalidad, sustancia o incluso el yo no serían verdades necesarias, sino hábitos mentales derivados de la repetición de impresiones. La verdad pierde solidez metafísica y se convierte en probabilidad, en expectativa fundada en la experiencia pasada.

También para Kant el conocimiento surge de la interacción entre la experiencia sensible y las estructuras a priori del entendimiento. No conocemos la «cosa en sí», sino el fenómeno tal como aparece bajo las condiciones de nuestra razón. La verdad queda así condicionada por el sujeto cognoscente.

Este giro crítico, que pretendía salvar la ciencia y la objetividad, abrió la puerta a una sospecha más radical. Si no accedemos a la realidad tal como es, ¿qué garantía tenemos de la verdad? Esta sospecha culmina en el nihilismo, donde la verdad pierde su fundamento último. Nietzsche formuló esta crisis con especial lucidez en su libro Sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral. Lo que llamamos verdad sería un conjunto de metáforas gastadas, convenciones lingüísticas olvidadas como tales. La verdad ya no es adecuación a la realidad, sino un acuerdo tácito útil para la vida.

Más allá de la cuestión filosófica sobre la capacidad del entendimiento humano para conocer la realidad, la dimensión moral de la cuestión surge cuando  la visión nihilista sobre la imposibilidad epistemológica para conocer qué sea verdad se instrumentaliza por unos u otros intereses y ante la imposibilidad de conocer la verdad, se niega la existencia de la mentira y se justifica la creación interesada de la verdad a través del relato. La verdad deja de ser algo que se busca y se contrasta para convertirse en algo que se impone mediante la repetición del relato y la emoción. En este contexto, la coherencia ya no se mide con la realidad, sino con la eficacia del discurso.

Cada vez más se identifica la verdad con una particular manera de observar la realidad

Cada vez más se identifica la verdad con una particular manera de observar la realidad, absolutizando –de manera interesada– un punto de vista parcial y enfrentándolo a los demás, olvidando que la realidad es la mayor de las veces poliédrica y que rara vez se deja reducir a una sola perspectiva.

Los algoritmos y las burbujas informativas refuerzan esa visión parcial y sesgada de la realidad, poniendo siempre el objetivo sobre el mismo ángulo de visión, confirmando nuestros prejuicios e impidiendo la visión de las otras caras del poliedro.

Ante esta situación, se vuelve imprescindible recuperar una actitud filosófica fundamental: la honestidad intelectual. Sin ella, la pregunta por la verdad se vacía de sentido. Ser honesto intelectualmente implica reconocer los propios límites, cuestionar las fuentes de información, aceptar los hechos incómodos y estar dispuesto a revisar las propias convicciones. Supone, con Sócrates, admitir que «solo sé que no sé nada», no como escepticismo paralizante, sino como punto de partida para una búsqueda auténtica de la verdad.

También implica, con Pirrón, aceptar que en determinadas circunstancias lo más razonable es suspender el juicio, no por indiferencia, sino por respeto a la complejidad de lo real y a la insuficiencia de los datos disponibles. Suspender el juicio no es negar la verdad, sino negarse a falsificarla por precipitación o interés.

La verdad existe, pero no se posee de forma plena ni definitiva. Exige esfuerzo, contraste de perspectivas. En tiempos de la creación de relatos como verdad y de certezas prefabricadas, la defensa de la verdad pasa más por buscarla con humildad siendo conscientes de que solo quien acepta la complejidad del mundo puede aspirar a comprenderlo.

Suspender el juicio no es negar la verdad, sino negarse a falsificarla por precipitación o interés

Ya Hannah Arendt advirtió que el mayor peligro para la vida pública no es tanto la mentira puntual como la confusión entre la realidad y la ficción, entre lo verdadero y lo falso, como escribió en Los orígenes del totalitarismo: «El sujeto ideal del dominio totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino aquel para quien la distinción entre hecho y ficción, entre verdadero y falso, ya no existe».  Por eso resulta imprescindible resistir la tentación del autoengaño, la adhesión al relato simplista, contrastar las informaciones y no renunciar a la fidelidad a los hechos. Buscar la verdad exige valentía, pero también una disciplina interior que nos preserve de convertir nuestras opiniones en dogmas y nuestros intereses en realidad.

Ser veraz, en sentido profundo, implica, más allá de la coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se considera verdadero, aceptar que nuestra visión del mundo es siempre parcial, atravesada por sesgos, afectos e intereses. Exige humildad para reconocer el error y coraje para corregirse. Sin esta disposición interior, la búsqueda de la verdad se degrada en afirmación identitaria: ya no queremos comprender, sino simplemente tener razón.

Por eso la honestidad intelectual adquiere una dimensión ética radical. No basta con pensar críticamente; es necesario buscar, con honestidad intelectual, la verdad, no tener miedo a encontrarla, incluso cuando resulta incómoda o amenaza nuestras certezas. Buscarla es un acto de libertad frente a los relatos impuestos, pero también de responsabilidad frente a aquello que hemos reconocido como verdadero.

«¿Qué es la verdad?». Se lo preguntó Pilato a Jesús, no desde la disposición humilde de quien busca, sino desde el escepticismo de quien ya no espera respuesta o decide a priori ignorarla.

Aquí vuelve a resonar el mito de la caverna. Quien logra salir y contemplar la luz descubre una realidad más amplia, pero ese descubrimiento tiene un precio. Regresar para comunicar lo visto implica incomprensión, burla y, a veces, hostilidad. Platón sugiere que el prisionero liberado puede ser rechazado por quienes prefieren la seguridad de las sombras. Sin embargo, una vez conocida la verdad, ya no es posible fingir ignorancia sin traicionarse a uno mismo.

Permanecer fiel a ella, pese al costo personal o social, es quizá una de las formas más altas de coherencia moral: mantenerse en la luz aun cuando resulte más fácil mantenerse en una cómoda oscuridad.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME