Estrés electoral
Las decisiones políticas afectan a nuestra economía, nuestros derechos y al modelo de sociedad en el que queremos vivir. Podemos informarnos, participar y votar, pero nuestra capacidad individual para determinar el resultado es limitada. Mucho en juego y poco control: una combinación especialmente estresante.
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«Yo no estoy nervioso, solo quiero saber qué va a pasar», dice alguien que lleva toda la semana consultando encuestas. «No quiero hablar de política», advierte otro antes de sentarse a comer con su familia. «Tengo que dejar de mirar las noticias, que me estoy poniendo malo», reconoce un tercero, después de otra noche enganchado a la actualidad. Tres frases habituales, tres maneras de intentar manejar el estrés electoral: buscar certezas, esquivar discusiones y tratar de desconectar.
Hay motivos para inquietarse. Las decisiones políticas afectan a nuestra economía, nuestros derechos y al modelo de sociedad en el que queremos vivir. Lo que para unos representa una esperanza, para otros puede amenazar la vida que han construido o el futuro que esperan. Y podemos informarnos, participar y votar, pero nuestra capacidad individual para determinar el resultado es limitada. Mucho en juego y poco control: una combinación especialmente estresante.
La política despierta emociones que forman parte de nuestra vida democrática. El miedo y la ira, por ejemplo, pueden influir de forma diferente en nuestra percepción del riesgo. El miedo tiende a acentuar la incertidumbre y las expectativas negativas, mientras que la ira puede acompañarse de una mayor sensación de certeza y control. Ante una misma noticia, algunas personas se angustian por lo que podría suceder, mientras otras sienten una necesidad urgente de actuar que, cuando encuentra difícil salida, puede transformarse en frustración.
A esta implicación emocional se suma una campaña electoral que compite por nuestra atención. Una declaración se convierte en minutos en titular, vídeo, polémica en redes y mensajes reenviados por WhatsApp. Recibimos también las interpretaciones, temores y enfados de otras personas. Cada nueva versión puede reactivar nuestras emociones. No hemos asimilado una noticia cuando ya estamos reaccionando a la siguiente.
Cuanta más información circula, más fácil es sentir que siempre nos falta algo por saber, alimentando así la presión por estar permanentemente al día. La sensación de que alguien sabe algo que desconocemos, de que podemos perdernos un dato decisivo o quedarnos sin argumentos en la próxima conversación puede convertir el seguimiento de la actualidad en una tarea interminable. Incluso al desconectar, persiste la impresión de que deberíamos seguir pendientes.
La incertidumbre sobre el resultado añade otro frente. Nos perdemos pensando en lo que podría cambiar y en cómo eso nos afectaría. Algunas consecuencias pueden ser importantes, pero desconocemos cuáles llegarán a producirse y, mientras tanto, todavía no sabemos cómo prepararnos para ellas. Buscamos entonces recuperar cierta sensación de control a través de las encuestas y los análisis. Pueden orientarnos, pero a veces los consultamos más para calmarnos que para comprender. Acudimos a ellos casi como a un amuleto: un pronóstico alivia, otro inquieta, y volvemos a mirar. A ello se añade la desconfianza hacia los sondeos, sus métodos y los intereses que pueden influir en las estimaciones. Buscamos certezas en estimaciones que, por definición, contienen incertidumbre.
El estrés electoral también atraviesa nuestras relaciones. A veces basta un comentario en mitad de una comida para que alguien a quien conocemos desde hace años nos resulte, de pronto, difícil de reconocer. Nos preguntamos si siempre había pensado así, si hemos entendido mal sus palabras o si hay algo de esa persona que hasta entonces no habíamos querido ver. ¿Cómo puede una persona a la que considero sensible e inteligente defender algo que me parece tan equivocado? La pregunta nos obliga a sostener dos sentimientos difíciles de conciliar: el afecto por alguien y el rechazo de sus ideas. Cuando sentimos que las posiciones políticas de otra persona amenazan valores fundamentales, el desacuerdo puede adquirir un significado personal y moral.
La preocupación electoral puede incluso proporcionarnos una ilusión de participación
Las posiciones políticas también pueden formar parte de nuestra identidad y de nuestro sentido de pertenencia. Revisar nuestras propias convicciones puede resultar incómodo y, en determinados entornos, expresar una preferencia diferente llega a vivirse como una prueba de lealtad. Las reuniones familiares y las conversaciones laborales pueden convertirse entonces en espacios de tensión. A veces discutimos tratando de convencer al otro; otras, guardamos silencio para evitar el conflicto. Y, en ocasiones, acabamos alejándonos de personas valiosas para nosotros.
El estrés electoral puede adquirir también una dimensión moral cuando sentimos que nuestro compromiso debería reflejarse en nuestro estado emocional. A las emociones de miedo, indignación o tristeza puede sumarse entonces la culpa que acompaña a algunos momentos de despreocupación. Una cena agradable, una tarde sin noticias o unas horas de descanso pueden parecernos casi una frivolidad. A veces, la tranquilidad nos perturba porque sentimos que contradice la importancia que damos a lo que ocurre. Si algo nos importa de verdad, parece que deberíamos sufrir por ello y dar constantes muestras de nuestro malestar.
Así, podemos terminar otorgando al sufrimiento un valor moral que no tiene por sí mismo. La preocupación puede incluso proporcionarnos una ilusión de participación. Pasamos horas siguiendo las polémicas políticas y tomando posición ante cada nueva controversia. Acabamos agotados, pero con la sensación de haber contribuido. La preocupación tiene una ventaja sobre la acción: siempre está disponible. Y así podemos confundir la rumiación con la intervención.
Las emociones políticas nos ayudan a reconocer problemas, defender nuestros valores y movilizarnos para actuar. Pero cuando esa movilización se vuelve permanente, el estrés acumulado pasa factura.
Quizá nos vendría bien reservarnos nuestra propia jornada de reflexión: un tiempo para alejarnos del ruido, recuperar cierta distancia y decidir a qué merece la pena dedicar nuestra atención. Informarnos con criterio, participar, convivir con el desacuerdo y permitirnos descansar sin culpa también forman parte de una relación saludable y sostenible con la política.
Una sociedad que vive psicológicamente en campaña permanente corre el riesgo de desgastar algunas de las capacidades que más necesita en momentos de tensión: pensar con claridad, escuchar a quienes discrepan y responder sin dejarnos arrastrar por cada nueva alarma. Tomarse en serio la política también exige saber cuidarse.
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