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Siglo XXI

¿La culpa es de Mercurio retrógrado?

Los horóscopos, el tarot o las fases de la Luna buscan ofrecer respuestas simples a problemas complejos. Si no hay evidencia científica que respalde estas creencias, ¿por qué hay tanta gente que cree en ellas?

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28
octubre
2026

«No hagas caso a tus dudas porque puedes perder oportunidades que llevas tiempo esperando». Podría ser una frase del horóscopo de Piscis del próximo fin de semana, pero también de Libra o de Sagitario. Una de las características de los horóscopos es que dicen todo y nada y, así, cada cual puede hacerlo suyo. En 1948, el psicólogo Bertram R. Forer comprobó hasta qué punto tendemos a aceptar este tipo de afirmaciones genéricas como si realmente se pudieran aplicar de forma individual. Para ello, realizó un test de personalidad a sus estudiantes, pero, como resultado, les entregó un texto extraído del horóscopo de un periódico. Después, les pidió que puntuaran de 0 a 5 la precisión de esa descripción. Desde entonces, el experimento se ha repetido en numerosas ocasiones y los resultados se han mantenido alrededor de 4 puntos sobre 5.

Este fenómeno se conoce como «efecto Forer»: interpretamos afirmaciones vagas y universales como si describieran quiénes somos con precisión. Detrás de este efecto está la validación subjetiva, un sesgo cognitivo que nos hace aceptar como verdadera una información porque nos resulta personalmente significativa, aunque no exista ninguna relación objetiva entre lo que se afirma y la realidad. A este mecanismo se suma el sesgo de confirmación, que hace que nuestra mente se fije en lo que confirma lo que ya creemos —o lo que nos gustaría creer— y reste importancia a lo que lo contradice. Por eso, al leer una descripción ambigua, nos quedamos con aquello que encaja con nuestra experiencia y pasamos por alto aquello que no.

Estos mecanismos explican, en parte, por qué tanta gente cree en la astrología o la cartomancia, a pesar de que no exista evidencia científica de que así sea. Ofrecen historias que parecen ajustarse a quienes las reciben, aunque en realidad den respuestas simples a problemas concretos y muy complejos.

Tendemos a buscar explicaciones que reduzcan la incertidumbre y nos ayuden a entender lo que nos ocurre

Helena Matute, catedrática de Psicología, ha estudiado algunos de los mecanismos que pueden hacer que una práctica parezca funcionar aunque no haya ninguna base científica que lo demuestre. La ilusión de que ciertas pseudociencias funcionan o el hecho de que acabemos fiándonos de los consejos de un personaje famoso que nos cae bien pueden tener que ver con estos atajos mentales. «Un buen ejemplo de este fenómeno lo tenemos cuando nos fiamos más del curandero amable que del médico que sabe lo que hace, pero que es de trato más seco y nos dedica menos tiempo», afirma Matute. La evolución ha favorecido que asociemos la amabilidad y aquello que nos resulta familiar o cercano con una mayor seguridad y, por eso, tendemos a dar más credibilidad a aquello que nos transmite esas sensaciones.

Los sesgos pueden llevarnos a conclusiones equivocadas de muchas formas. Otro de los mecanismos estudiados por Matute es la llamada «ilusión de causalidad». En sus experimentos, Matute ha analizado esta ilusión a través de la percepción de la eficacia de medicamentos ficticios. «Pensemos en el dolor de espalda. Dado que cursa con crisis de dolor y remisiones espontáneas, es más probable que, si estamos tomando alguna pseudomedicina cuando remite el dolor agudo, asociemos ese alivio con la aplicación reciente de la pseudoterapia», explica. Sin embargo, para saber si realmente ha funcionado necesitamos saber qué habría ocurrido si no hubiéramos tomado ese remedio.

La ilusión de causalidad nos hace pensar que un elemento es la causa de otro aunque esa relación no sea cierta. Algo parecido puede suceder con Mercurio retrógrado, al que en los últimos años hemos cargado con gran parte de nuestras torpezas. Este fenómeno se presenta como la explicación universal de errores tecnológicos, malentendidos o decisiones desacertadas. Se cae una plataforma, falla un correo, una conversación se tuerce: es porque Mercurio está retrógrado.

Quizá sea simplemente una forma de descargarnos de responsabilidad o de quitar hierro a un asunto, pero también evita buscar respuestas más complejas. Lo curioso es que Mercurio solo está retrógrado desde nuestro punto de vista. Este fenómeno no es más que una apariencia de movimiento hacia atrás que se produce por la posición relativa de la Tierra y Mercurio en sus órbitas alrededor del Sol. Desde la Tierra, Mercurio parece moverse hacia atrás durante un periodo de tiempo, aunque, en realidad, no sea así.

El mercado de las incertidumbres

El movimiento de los planetas y los astros siempre ha despertado nuestra curiosidad. Hoy, leer un horóscopo puede ser una especie de juego, pero en realidad este sector mueve mucho dinero. Algunas estimaciones de mercado sitúan el negocio global de la astrología en torno a los 13.000 millones de dólares. Son cálculos orientativos, con metodologías no siempre transparentes, pero apuntan a una industria en crecimiento y a un contexto que puede beneficiar a este mercado. Por un lado, las nuevas tecnologías han transformado el mercado del esoterismo, que ahora cuenta con más herramientas para alcanzar a su público. Aplicaciones, plataformas y redes sociales han ampliado las posibilidades de difusión de este sector. Por otro, la inestabilidad política y social y la sensación de incertidumbre pueden llevar a muchas personas a buscar soluciones alternativas. Así, por ejemplo, prácticas como el tarot se han convertido en una forma de autocuidado o de búsqueda del bienestar emocional y espiritual.

En ese sentido, la astrología permite interpretar dudas, proyectar expectativas o encontrar coherencia ante situaciones caóticas. Algo similar ocurre con otras creencias populares relacionadas con el Universo, como la idea de que las fases lunares influyen en nuestro estado de ánimo. Sin embargo, la evidencia científica no ha encontrado una correlación consistente.

Prácticas como el tarot se han convertido en una forma de autocuidado

Eso no significa que el entorno no influya en cómo nos sentimos. La luz, por ejemplo, sí tiene un impacto en nuestros ritmos biológicos y en la regulación del sueño. El trastorno afectivo estacional, por ejemplo, está relacionado con los cambios en la exposición a la luz durante determinadas épocas del año. En cambio, la idea de que «somos agua» y, por tanto, la Luna nos afecta igual que a las mareas, no tiene base científica. Las mareas se producen por la interacción gravitatoria entre la Tierra, la Luna y el Sol sobre enormes masas de agua, como los océanos. Esa fuerza no tiene un efecto comparable sobre el cuerpo humano.

Estas ideas persisten porque tendemos a buscar explicaciones que reduzcan la incertidumbre y nos ayuden a entender lo que nos ocurre. Frente a esa necesidad de dar sentido a nuestra existencia, la ciencia no siempre ofrece respuestas inmediatas ni reconfortantes, pero sí herramientas para distinguir entre lo que sabemos y lo que creemos.

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