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Mark Twain

Los Estados Unidos del linchamiento

«Se piensa, como he dicho, que una multitud en un linchamiento disfruta del acto. Ciertamente no es verdad, es imposible de creer» señalaba Mark Twain.

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07
julio
2026

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Se piensa, como he dicho, que una multitud en un linchamiento disfruta del acto. Ciertamente no es verdad, es imposible de creer. Se afirma libremente —lo habrán visto impreso muchas veces últimamente— que el impulso del linchamiento ha sido malinterpretado, que no es el resultado de un espíritu de venganza, sino de un «mero hambre atroz de contemplar el sufrimiento humano». Si eso fuera así, las multitudes que vieron quemarse el Hotel Windsor habrían disfrutado de los horrores que caían bajo sus ojos. ¿Lo hicieron? Nadie pensará eso de ellos, nadie hará esa acusación. Muchos arriesgaron sus vidas para salvar a hombres y mujeres que estaban en peligro. ¿Por qué hicieron eso? Porque nadie lo desaprobaría. No había restricciones: podían seguir su impulso natural.

¿Por qué una multitud del mismo tipo de gente en Texas, Colorado o Indiana se queda mirando, herida en el corazón y miserable, y mediante signos externos ostentosos finge disfrutar de un linchamiento? ¿Por qué no levanta la mano ni la voz en protesta? Solo porque sería impopular hacerlo, creo. Cada hombre teme la desaprobación de su vecino, algo que, para el común de la raza, es más temido que las heridas y la muerte. Cuando va a haber un linchamiento, la gente prepara sus carros y recorre kilómetros para verlo, trayendo a sus esposas e hijos. ¿Realmente para verlo? No, vienen solo porque tienen miedo de quedarse en casa, por si se nota y se comenta ofensivamente. Podemos creer esto, pues todos sabemos cómo nos sentimos ante tales espectáculos y también cómo actuaríamos bajo una presión similar. No somos mejores ni más valientes que nadie, y no debemos intentar escabullirnos.

Cada hombre teme la desaprobación de su vecino, algo que, para el común de la raza, es más temido que las heridas y la muerte

Un Savonarola puede reprimir y dispersar a una turba de linchadores con una sola mirada. También puede hacerlo un Merrill o un Beloat. Porque ninguna turba tiene agallas ante la presencia de un hombre que se sabe que es espléndidamente valiente. Además, a una turba de linchadores le gustaría ser dispersada, porque con seguridad no hay ni diez hombres en ella que no preferirían estar en otro lugar, y lo estarían si tan solo tuvieran el valor de irse. Cuando yo era niño, vi a un caballero valiente burlarse e insultar a una turba y ahuyentarla. Después, en Nevada, vi a un famoso forajido obligar a doscientos hombres a quedarse quietos, con el local ardiendo bajo sus pies, hasta que les dio permiso para retirarse. Un hombre con coraje puede robar un tren de pasajeros entero él solo y medio hombre valiente puede asaltar una diligencia y despojar a sus ocupantes.

Entonces, quizás el remedio para los linchamientos se reduce a esto: apostar a un hombre valiente en cada comunidad afectada para alentar, apoyar y sacar a la luz la profunda desaprobación del linchamiento escondida en los lugares secretos de su corazón, porque está allí, sin duda alguna. Entonces esas comunidades encontrarán algo mejor que imitar. Por supuesto, al ser humanos, deben imitar algo. ¿Dónde se encontrarán estos hombres valientes? Esa es, de hecho, una dificultad. No hay trescientos de ellos en la tierra. Si bastara con hombres físicamente valientes, sería fácil: podrían suministrarse por cargamentos. Cuando Hobson pidió siete voluntarios para ir con él a lo que prometía ser una muerte segura, cuatro mil hombres respondieron; toda la flota, de hecho. Porque todo el mundo lo aprobaría. Ellos lo sabían. Pero si el proyecto de Hobson hubiera estado cargado de las burlas y mofas de amigos y asociados, cuya buena opinión y aprobación valoraban los marineros, no habría conseguido ni a sus siete hombres.

No, bien pensado, el plan no funcionará. No hay suficientes hombres moralmente valientes en inventario. Nos hemos quedado sin material de valor moral, estamos en una condición de profunda pobreza. Tenemos a esos dos sheriffs allá en el sur que…, pero no importa, no son suficientes a repartir: tienen que quedarse a cuidar de sus propias comunidades.

Pero ¡si tan solo pudiéramos tener tres o cuatro sheriffs más de esa gran estirpe! ¿Ayudaría? Creo que sí. Porque todos somos imitadores. Otros sheriffs valientes los seguirían. Ser un sheriff intrépido pasaría a ser reconocido como lo correcto y lo único. La temida desaprobación recaería sobre el otro tipo de sheriff. El valor en este cargo se convertiría en costumbre, su ausencia en una deshonra, tal como el valor reemplaza pronto la timidez del nuevo soldado. Entonces las turbas y los linchamientos desaparecerían y…

Sin embargo, nunca podrá hacerse sin algunos pioneros. ¿De dónde vamos a sacar a los pioneros? ¿Poniendo un anuncio? Muy bien, entonces pongamos un anuncio.


Este texto es un extracto de ‘Los Estados Unidos del linchamiento’ (El desvelo ediciones), de Mark Twain. 

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