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05
Dic
2018

«El conocimiento del pasado debería ser un derecho»

Manuel Cruz | Catedrático de Filosofía Contemporánea

Tal vez a primera vista, a alguien le podría parecer que tiene algo de paradójico o incluso de autocontradictorio que se plantee como un derecho el conocimiento de algo que en cierto sentido (hemos utilizado la expresión «propio pasado») nosotros mismos hemos protagonizado. Probablemente esa primera impresión se debería a un doble malentendido, tanto en relación con la historia como con nuestro protagonismo en ella. Anticipándose al celebrado tópico de los antropólogos (ya saben: la naturaleza del hombre es su cultura) afirmaba Ortega en su trabajo La historia como sistema que «el hombre no tiene naturaleza, sino que tiene… historia». La suya no era una afirmación doctrinal o de principios, sino enormemente práctica. Hasta el punto de que para definir lo que gustaba de denominar razón histórica se limitaba a señalar que consiste en «lo que al hombre le ha pasado».

En efecto, el hombre no tiene otra naturaleza que lo que ha hecho, y es de este fundamento ontológico de donde extrae su legitimidad teórica la memoria. Evocamos nuestro pasado de manera constante y me atrevería a decir que necesaria, ineludible. No recordamos de cualquier manera, ni cualquier cosa, claro está. Recordamos lo que importa, lo que es como decir lo que va dejando señales, muescas de sentido, en nuestra vida y en nuestra existencia (no recordamos la monotonía que no deja huella alguna), lo que nos mueve a cambio o nos lleva a transitar hacia otro lugar o hacia otra etapa. Y lo que vale para la vida vale, si acordamos seguir el planteamiento orteguiano, para la historia. De ahí su conocida afirmación en ese mismo trabajo: «Transición es todo en la historia hasta el punto de que puede definirse la historia como la ciencia de la transición». No creo que suponga violentar en lo más mínimo el sentido de esta afirmación desarrollarla  sosteniendo que de tales transiciones las que más importan son las crisis. Que nada casualmente, como sabemos, en su etimología significan oportunidad. Me agradaría poder creer que, por lo menos en estos días, nuestra crisis constituye una oportunidad para pensar mejor aquello que en algún momento del pasado reciente nos ocurrió y que está determinando, en el claroscuro de la historia, la manera en que entendemos el presente que nos está tocando en suerte vivir.

En el bien entendido de que reivindicar el derecho a conocer el propio pasado no constituye en modo alguno una estrategia ni melancólica ni nostálgica encaminada a quedarnos a vivir ahí, en lo pretérito, sino la manera más reflexiva y fundamentada que conocemos para proyectarnos con sentido hacia el futuro, de extraer de lo ocurrido en el pasado un destilado de experiencia que nos permita adentrarnos en el porvenir.

«Reivindicar el derecho a conocer el propio pasado no es una estrategia melancólica»

Importa destacar a este respecto la dimensión crítica que ha de tener esa relación con lo que hubo, y que, aunque suele venir aludida en la expresión «aprender de los errores», con demasiada frecuencia no merece la adecuada atención. Porque no se trata de aceptar la existencia de tales errores como un imponderable o una limitación consustancial al ser humano, sino de vincularla con lo que constituye el elemento fundamental de lo histórico, esto es, su contingencia. No basta, aunque esté bien hacerlo, con considerar a las personas, o incluso a los personajes históricos, como sustituibles: hay que resistirse a la tendencia, tan arraigada no solo en nuestra historiografía sino también en nuestra filosofía de la historia, a considerar a nuestros antepasados como depositarios de una experiencia y, por tanto, un conocimiento casi ancestral. Frente a eso, resulta mucho más veraz y, por tanto, útil para nuestro comercio con el mundo verlos como seres frágiles, vulnerables, que desde esa débil condición venían obligados a enfrentarse a los desafíos que les iba planteando su concreta circunstancia.  

Esta última no es una consideración abstracta, sin consideración práctica alguna. Por el contrario, introduce una sospecha relevante, la de que al echar la vista atrás puede ocurrir que no encontremos en el territorio del pasado ejemplaridad alguna. ¿Que cabría entonces aprender de ello? Como poco la necesidad de abordar con otra actitud -o mirar con otros ojos, si se prefiere- la experiencia de quienes nos precedieron, resistiéndonos a la tentación de poner por delante de la valoración de los hechos, nuestras valoraciones de los mismos. Tras tanto tiempo de poner el acento en la importancia de nuestras emociones, y de considerar nuestra indignación como un auténtico salvoconducto moral que nos ponía a salvo de cualquier error (en la medida en que sustituía la epistemología por la ética) tal vez haya llegado el momento de modificar la perspectiva.

Intentando ser concretos: si de veras nos parece importante rescatar para el conocimiento la experiencia tal como fue vivida por sus protagonistas, según se afirma con tanta frecuencia, no hay más remedio que aceptar, por grande que sea la repugnancia moral que nos pueda provocar, que además del testimonio de las víctimas venimos obligados a escuchar también el testimonio de los verdugos. Porque no se aprende de los errores del pasado limitándonos -a veces en un ejercicio que más parece supremacismo moral que otra cosa- a condenar sus horrores, sino fundamentalmente entendiéndolos. Deberíamos considerar el conocimiento del pasado, así entendido, como un derecho y, sobre todo y aunque duela, ejercerlo.

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