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La España de los Socavones

Estas semanas, tras el accidente de Adamuz y el violento tren de borrascas que ha anegado el país, los internautas han comenzado a sacarle los colores a las infraestructuras, sobre todo a las carreteras. Es así que ha quedado claro que vivimos en «la España de los socavones», algo que sabe cada conductor sobre el tramo que le corresponde.

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18
febrero
2026

Dice un proverbio chino –todos los proverbios son chinos y todas las máximas son de Churchill– que «la riqueza nunca sobrevive a la tercera generación». Los economistas tienen estas cosas estudiadas, del mismo modo que los físicos saben de la entropía y las personas, por empirismo puro y duro: entienden que todo tiende a degradarse, desde la energía de la juventud al amor de los comienzos.

No es lo mismo crear riqueza, sacarla al mundo con ímpetu, en una ola alcista, que consumirla o mantenerla. Se requieren actitudes, mentalidades diferentes. Tal vez el problema de España es que nunca ha entendido del todo que hace tiempo que su cometido debería ser gestionar las vacas flacas. Hemos vivido pensando que seguimos en la primera o segunda generación, cuando estamos claramente en la tercera. Somos los nietos lánguidos de abuelos que desbrozaron la tierra.

Estas semanas, tras el accidente de Adamuz y el violento tren de borrascas que ha anegado el país, los internautas han comenzado a sacarle los colores a las infraestructuras, sobre todo a las carreteras. Es así que ha quedado claro que vivimos en «la España de los socavones», algo que sabe cada conductor sobre el tramo que le corresponde. A ello se suma las alertas de los expertos sobre el estado de las presas, por no hablar de la aprensión con la red ferroviaria, que tiene a nuestros trenes, antaño orgullo de la Marca España, a paso de calesa.

Nuestros abuelos, digo, desbrozaron la tierra. Sus hijos vivieron de su legado y levantaron un montón de rotondas. El síntoma de la decadencia de España es ese: las rotondas. El momento en que comenzamos a construir lo inútil en lugar de gestionar lo que había. En 50, 70 años de arco temporal –de la bonanza al declive– nadie, nunca, en este país ha hablado de «mantenimiento».

Lo importante es hacer cosas nuevas en todo momento, aunque por el camino se descuide lo que había

Mantener es un trabajo desagradable. No luce. Ningún político corta una cinta cuando se repasa el firme de una autovía. Es por ello que los políticos llevan décadas inaugurando hasta el más ridículo monolito de la más apartada rotonda antes que dedicar nuestro dinero a la conservación. No hay un progreso evidente en el mantenimiento, no hay marketing asociado. Cualquier iniciativa peregrina y abstracta va a tener más salida comunicacional que la aburrida reparación de un bache. Lo importante es hacer cosas nuevas en todo momento, aunque por el camino se descuide el estado de lo que había. Es así que España ha perdido la ambición y creatividad de los días álgidos y existe como expresión manierista de aquello. Si se piensa bien, hace lo menos 30 años que en este país no se construye nada relevante. En esas tres décadas, se ha ido degradando lo que se hizo en favor de cualquier cosa que pudiera lucir en redes sociales.

Con el declive en el flujo de dinero, no se han ido adaptando las mentalidades. Mantener algo, lo que sea, es expresión de amor, un amor más refinado que el que implica levantarlo. Es mucho más complicado encontrar un motivo para permanecer con una persona durante años –aplicando correctivos, lidiando con la realidad, manifestando la voluntad de permanencia– que para unirse a ella al inicio. Del mismo modo, es mil veces más sencillo levantar una autovía o un puente de seis ojos sobre el abismo, que recordar cada tanto que es necesario mantenerlo para que luzca como el primer día.

Así que lo que falta en España es amor. Amor a lo que se hizo, a un legado, a una historia que llegó a ser de éxito. Esta es una forma de negligencia de la que aún no se ha hablado: la omisión del cuidado. Nos dimos prisa, mucha prisa, por ser Suiza, mientras en Suiza repasaban sus achaques. Aquí nadie se ha tomado la molestia de ir fregando los cacharros, ensimismados como estábamos en inaugurar cosas, primero grandiosas y luego, con el tiempo, cada vez más ridículas.

Tres generaciones, grosso modo, han bastado para que cumplamos por completo el ciclo fatalista. La España del AVE, con el 92 como culmen, dio paso a la España de las Rotondas, donde construir algo, lo que fuera, era ya el argumento de la obra; ahora estamos al fin en la España de los Socavones, en que cada cosa comienza a caerse a cachos. Entre medias se ha dilapidado una ingente cantidad de dinero y se ha malbaratado la energía, el amor de un país hacia sí mismo.

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