La era de la regeneración: integrar la salud de los ecosistemas en la estrategia turística
Evaluar el estado de los ecosistemas, identificar los riesgos asociados a cada destino y activar medidas de restauración y conservación debería formar parte de la agenda estratégica de gestores públicos y privados relacionados con el turismo.
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Hace unos días, el Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas lanzó una advertencia que debería interpelar directamente a cualquier estrategia empresarial: el planeta ha entrado en la era de la bancarrota hídrica global. No se trata solo de escasez de agua, sino de la pérdida del capital natural que sostiene la vida, la economía y la estabilidad de muchos territorios.
Esta noticia plantea una pregunta incómoda para el turismo: ¿puede un sector que depende directamente de la calidad ambiental de los destinos seguir tratando el agua y los ecosistemas como simples variables operativas?
Un destino turístico no es una infraestructura aislada. Forma parte de un sistema complejo en el que playas, dunas, manglares, suelos, acuíferos y biodiversidad sostienen la actividad económica a través de servicios ecosistémicos esenciales. Cuando estos sistemas se degradan y superan determinados umbrales, el impacto deja de ser gradual para convertirse en sistémico. El riesgo ya no es solo ambiental: es económico, social y reputacional.
El riesgo ya no es solo ambiental: es económico, social y reputacional
Por eso, evaluar el estado de los ecosistemas, identificar los riesgos asociados a cada destino y activar medidas de restauración y conservación debería formar parte de la agenda estratégica de gestores públicos y privados relacionados con el turismo. En el caso del agua, seguir tratándolo como una variable operativa, y no como un riesgo estratégico al negocio, es uno de los grandes errores del modelo turístico actual.
Durante años, una parte relevante del empresariado turístico ha abordado la sostenibilidad desde una lógica principalmente económica, asociándola al ahorro de costes y a la mejora de la eficiencia operativa. Reducir consumos de agua y energía, optimizar procesos o disminuir residuos se han entendido, en muchos casos, como herramientas para contener el OPEX, más que como una reflexión sobre el impacto real de la actividad en el entorno. Este enfoque ha permitido avances importantes, pero también ha limitado la mirada: ha puesto el foco en la cuenta de resultados y no en el estado de los ecosistemas que sostienen el destino. Cuando estos sistemas ya están degradados, seguir afinando la eficiencia no cambia la tendencia de fondo; solo gana tiempo.
Es en este punto donde la regeneración deja de ser un concepto aspiracional para convertirse en una necesidad estratégica. Regenerar no es compensar impactos ni acumular proyectos aislados, sino restaurar los servicios ecosistémicos clave de los que depende la actividad turística: la gestión natural del agua, la protección de la costa frente a eventos extremos, la regulación del clima local o la calidad ambiental del destino. En definitiva, reforzar la resiliencia de los territorios.
Este cambio de enfoque empieza a reflejarse en algunas iniciativas del propio sector. La Fundación Eco-Bahía de Piñero es un ejemplo de cómo la conservación puede abordarse desde la restauración de sistemas completos, trabajando sobre playas, vegetación costera y ecosistemas marinos para recuperar la funcionalidad ecológica del territorio, más allá de la protección puntual de especies. Este tipo de aproximaciones demuestra que integrar la regeneración en la actividad turística es posible cuando se entiende como una inversión en la estabilidad del destino.
Asumir esta visión implica incorporar el análisis de riesgos ambientales en la estrategia empresarial. En Piñero, este proceso ya está en marcha, integrando la identificación de riesgos asociados al agua, la costa y los ecosistemas en su planificación estratégica y avanzando hacia modelos de adaptación al cambio climático en los que la restauración se convierte en una línea estructural de actuación, no en una respuesta reactiva.
Además, pensar que este desafío puede abordarse desde la lógica del actor aislado es un error. La crisis hídrica y ecológica exige nuevos modelos de colaboración entre empresas, administraciones, comunidad científica y sociedad civil. Las empresas pueden aportar inversión, capacidad de ejecución y visión de largo plazo. Las administraciones, marco regulatorio y coherencia territorial. La ciencia, el rigor necesario para evitar soluciones superficiales. Sin esta coordinación, la regeneración corre el riesgo de quedarse en un relato bienintencionado, sin impacto real.
La bancarrota hídrica nos enfrenta a una verdad incómoda: un turismo que se limita a reducir impactos en territorios degradados sigue siendo parte del problema. El sector debe decidir si quiere seguir gestionando síntomas o empezar a abordar las causas de su vulnerabilidad. El turismo del futuro no será el que simplemente consuma menos recursos, sino el que integre los riesgos ambientales en su estrategia y contribuya activamente a restaurar los sistemas naturales de los que depende.
Pablo del Toro es head of Environment de Piñero
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