La sed y la libertad
La inseguridad hídrica no es solo una carencia material: reduce la presencia pública de quienes deben dedicar una proporción desproporcionada de su energía a asegurar lo más elemental.
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Hay debates que parecen elevados porque se desarrollan en el lenguaje de los principios, y otros que parecen menores porque se mantienen pegados a la materia. Pero a veces ocurre lo contrario: una sociedad se extravía precisamente cuando separa demasiado los ideales de las condiciones concretas que los hacen posibles. Algo de eso sucede con el agua. Acostumbrados a pensar la libertad en términos de derechos, representación, reconocimiento o autonomía, olvidamos con facilidad que una vida plena depende también de una arquitectura tangible silenciosa.
Durante demasiado tiempo, el pensamiento político ha fantaseado con individuos autosuficientes. Sujetos capaces de abrirse paso por su propio mérito, como si la existencia no estuviera sostenida por una inmensa red de cuidados, infraestructuras, servicios públicos, equilibrios ecológicos y trabajos invisibles. Basta con pensar un momento en el agua para que esa ficción se debilite. Nadie produce por sí solo el agua que bebe. Nadie organiza individualmente el saneamiento que protege su salud. Todo eso depende de otros: de instituciones, de inversiones, de reglas, de conocimientos técnicos, de trabajo doméstico, de un orden social que puede estar mejor o peor diseñado.
Y es precisamente ahí donde la cuestión se vuelve filosófica. Porque la desigualdad no consiste solo en tener menos, sino también en estar más expuesto a la necesidad. Hay personas para las que lo elemental llega de manera tan estable que se vuelve invisible. Y hay vidas para las que lo elemental exige vigilancia constante: cargar, esperar, racionar, limpiar, prever, cuidar, improvisar. Una libertad construida sobre esa diferencia de exposición es, en el mejor de los casos, una libertad asimétrica.
Virginia Woolf entendió con una claridad extraordinaria que la emancipación necesita un espacio propio. Pero una habitación propia no es solo una metáfora de independencia intelectual y emocional: también es una forma de intimidad material, una protección frente a la necesidad más extrema. Allí donde el agua no está garantizada, esa habitación resulta más difícil de habitar.
Simone de Beauvoir, por su parte, mostró que la condición femenina no era un dato natural, sino una construcción histórica sedimentada en hábitos, expectativas y jerarquías. Si se prolonga esa intuición al agua, la conclusión resulta incómoda: una parte importante de esa construcción ha consistido precisamente en asignar a las mujeres la responsabilidad silenciosa de sostener la vida cotidiana. No solo cuidar, sino también abastecer; no solo acompañar, sino también administrar la fragilidad material del hogar. El agua forma parte de esa historia del reparto desigual del tiempo, de las cargas y de la responsabilidad, especialmente en los países más vulnerables.
Una parte decisiva del pensamiento contemporáneo de género ha insistido en que la organización del cuidado, de la vulnerabilidad y de la dependencia no es un asunto privado, sino político. Silvia Federici lo ha mostrado al recordar hasta qué punto el orden económico moderno descansa sobre un inmenso trabajo de reproducción social invisibilizado. Judith Butler ha insistido en la precariedad compartida de la vida humana y en nuestra radical interdependencia. Ambas intuiciones convergen de un modo revelador cuando se piensa en el agua. Lo que solemos tratar como un simple servicio técnico es, en realidad, una de las condiciones que hacen posible la reproducción diaria de la existencia. Y, como ocurre tan a menudo con todo lo que sostiene la vida, sus costes no se reparten de manera equitativa.
En el agua esas preguntas convergen de un modo extraordinario. Donde falta, la dignidad se contrae y la intimidad se vuelve frágil. Y donde su gestión recae de forma desproporcionada sobre unas vidas concretas, la desigualdad deja de ser una idea abstracta y se traduce en cansancio, miedo, renuncia. Se ve reducido el horizonte vital al tener que sostener lo imprescindible.
Hay algo profundamente revelador en esa reducción. Una vida dedicada a garantizar lo básico dispone de menos mundo. Hannah Arendt distinguía entre la mera supervivencia y la posibilidad de aparecer en el espacio común, de actuar y hablar en él con cierta libertad. Vista desde ahí, la inseguridad hídrica no es solo una carencia material: reduce la presencia pública de quienes deben dedicar una proporción desproporcionada de su energía a asegurar lo más elemental.
El agua forma parte de esa historia del reparto desigual del tiempo, de las cargas y de la responsabilidad, especialmente en los países más vulnerables
También Simone Weil habría reconocido ese mecanismo. En ella siempre hay una atención rigurosa a la gravedad de las condiciones materiales, a esa forma de opresión que no necesita grandes declaraciones ideológicas porque se ejerce mediante el agotamiento y la necesidad. El agua, cuando falta o se vuelve precaria, genera esa clase de carga. Va reduciendo el margen interior de una vida hasta hacer de la necesidad un hábito. Pocas cosas son más incompatibles con la libertad.
Por eso el agua obliga a revisar cierto triunfo de la igualdad. Nos gusta creer que las sociedades modernas han dejado atrás las dependencias arcaicas y que la libertad consiste, sobre todo, en ampliar las opciones individuales. Pero el agua recuerda que la base material las hace posibles. La salud precede la posibilidad de un proyecto personal, del mismo modo que la autodeterminación se ve condicionada si vivir no es más que una lucha permanente por lo elemental, como en el caso de mujeres y niñas en muchos países de renta baja.
No se trata de convertir el agua en una alegoría sentimental. Allí donde falta el agua, la desigualdad se hace visible de forma descarnada. Allí donde el agua existe, pero sus costes o riesgos recaen desigualmente, la injusticia adopta formas más sofisticadas, pero no menos reales. En ambos casos, se revela la misma verdad: la libertad necesita infraestructura y esta nunca es neutral.
Por eso conviene pensar el agua no como parte del paisaje social, sino como una de las pruebas decisivas de cualquier idea exigente de justicia. El agua nos recuerda que ningún debate serio sobre igualdad puede prescindir de la vida ordinaria, de la vulnerabilidad física, de la salud pública, del tiempo de cuidado, de la dependencia compartida. Nos recuerda también que la dignidad no se sostiene solo con declaraciones grandilocuentes, sino con condiciones materiales. Allí donde esas condiciones siguen distribuyéndose de manera profundamente desigual, la libertad corre el riesgo de convertirse en un significante vacío ante una realidad demasiado limitada.
Una sociedad justa no es solo aquella que reconoce derechos, sino aquella que evita que unos tengan que cargar, literal o metafóricamente, con el peso material de la vida de todos. El agua vuelve visible esa carga. La vuelve cotidiana, inapelable, moralmente incómoda. Y por eso mismo la convierte en una pregunta decisiva: no cuánto decimos valorar la igualdad, sino cuánto estamos dispuestos a reorganizar nuestra sociedad para que la libertad de algunas no esté gravemente condicionada.
Cada 22 de marzo se celebra el Día Mundial del Agua. Este año, el Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos fue dedicado a la igualdad de oportunidades en el acceso al agua. Gonzalo Delacámara es experto en economía de los recursos naturales, profesor de IE University y conferenciante de Thinking Heads.
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