ENTREVISTAS

«Los políticos actúan para los medios»

«Los ciudadanos tienen que presionar para que las élites reaccionen pero pensar que la democracia es la calle es muy peligroso». Entrevistamos al siempre polémico dramaturgo Albert Boadella.

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27
Mar
2013

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Esther Peñas

La suya es una mirada en la que cabe el destello del ingenio, el resplandor de lo reflexivo y el brillo del humor. Albert Boadella (Barcelona, 1943) es un hombre de teatro, no en vano fundó la compañía europea privada más longeva, ‘Els Joglars’, pero también un tipo comprometido políticamente. Tras zafarse de un consejo de guerra en 1977, refugiándose en Francia, se alistó en aquellas contiendas en las que se jugaba lo importante. Nunca tuvo miedo a decir lo que pensaba, y eso le costó numerosos enemigos de los que, en cierto modo, se enorgullece.

«Me cuesta vivir sin sensualidad en las cosas cotidianas». La sensualidad remite a delicadeza de formas, y me temo que estamos en un momento bastante tosco en general, así que no sé si pensar que vive como a golpes…

 

No crea… me he hecho mi gueto, tengo mi propia protección; sufro más por los demás que por mí. Mi vida sigue siendo dinámica y plácida, en un contraste constante, y trato de que no me invada ni la depresión ni las cosas que puede irradiar el momento actual. Tengo una sensación casi de caridad cristiana para mucha gente que está metida en este enorme berenjenal, berenjenal que han causado ellos mismos, por su falta de sensatez y sentido común, aunque en el mundo occidental no hay pueblo inocente. Las catástrofes sociales las hemos generado nosotros, así que somos, al menos, corresponsables.

¿Un artista puede medirse por el grado de incomodidad que cause alrededor?

Desde luego, si no hay respuesta por parte de los receptores de una obra, es mal síntoma. Uno prefiere respuestas positivas, no somos masoquistas, claro está; no obstante, si las reacciones fueran todas positivas me provocaría una alerta. Tendría una sensación de malestar, porque coleccionar un buen número de adversarios significa que tocas cosas. Lo que sucede hoy en día es que la libertad para expresar algo es muy difícil de obtener. Durante la Dictadura resultaba fácil hacer uso del sentido de la libertad; ahora es complicadísimo porque significa desengañarte de  muchas doctrinas, muchas, además, que parecen buenistas, solidarias, pero que llevan unos tópicos que no me gustan… Soy partidario de que, en la línea de salida, todos igual, pero a partir de ahí… ¡maricón el último!, como se decía vulgarmente. Como artista  puedes sucumbir a trabajar para una clientela, y eso hace peligrar el sentido de la independencia y libertad. Por eso me gusta la palabra ‘francotirador’, porque alude a alguien que va por su cuenta, que no está adscrito a ejército alguno ni pertenece a bandas ideológicas.

Hablando de cosechar enemigos, ¿echa de menos a Esperanza Aguirre?

No la echo de menos en tanto que persona, hoy mismo vamos a comer a Alcalá de Henares; nos vemos con cierta frecuencia. Desde el punto de vista político, sin duda es una pérdida importante. Tengo la sensación de que es una mujer con una intuición política extraordinaria.

¿Con un sucesor a la altura?

Ha sido bien sustituida, sí, Ignacio González ha estado durante tantos años a su lado que el cambio no se nota. Además, Ignacio está muy formado políticamente, es muy madrileño…

¿Lo dice por el punto chulesco?

Y por la ironía, y por esa especie de sarcasmo tan de Madrid. Me divierte mucho como personaje, me llevo bien con él y compartimos bastantes cosas.

[Puedes leer la entrevista completa en la edición en papel del número 9 de Ethic]

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