Sociedad

La pandemia de los invisibles

Durante los meses más duros del confinamiento, la calle se convirtió en un páramo huérfano de recursos en el que las personas sin hogar trataban de sobrevivir.

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Paolo Trabattoni
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12
Mar
2021

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Paolo Trabattoni

Hace un año, cuando la declaración del estado de alarma encerró al país entre cuatro paredes, la preocupación por esa extraña situación nos llevaba a iniciar las conversaciones con un obligado «¿cómo lo estás llevando?». Para la mayoría, preguntar dónde se estaba pasando el confinamiento carecía de interés: lo más probable es que uno estuviese en su piso, con su pareja, su familia, sus compañeros e incluso con algún amigo. Sin embargo, en muchos casos, la respuesta a ese dónde no era la esperada: durante más de tres meses, cientos de personas trataron de protegerse de la pandemia global desde la desnudez de las calles desiertas. Dos realidades muy distintas –la de las personas sin hogar y la del resto de la sociedad– que se acercan más de lo que parece.

Actualmente, en la calle conviven personas de diferente edad, sexo y condición. No se trata de un grupo que emane de una construcción identitaria común; lo único que les une es no tener un techo estable bajo el que dormir. Hay desde adolescentes mayores de edad que llegaron a España siendo niños –y de quienes la Administración ya no se hace cargo– hasta mujeres de más de setenta años que perdieron su casa y su familia. Sin embargo, hay un perfil que se repite más que otros: hombre de entre cuarenta y cincuenta años con escasos lazos familiares al que una consecuencia de infortunios –generalmente relacionados con el entorno laboral– les ha llevado a perder su hogar. Precisamente, según recoge el informe IX Recuento de Personas Sin Hogar en Madrid 2018la falta de trabajo es el primer motivo que estas personas esgrimen cuando se les pregunta cómo terminaron en la calle.

El 20% de las personas que llevan más de cinco años en la calle consume heroína

Un gran número de estas personas carga también con graves problemas de alcoholismo o drogadicción. De hecho, casi el 12% de los sintecho reconoce que el alcohol fue una de las causas de su situación, según el estudio. Otros, por el contrario, reconocen que las adicciones son una consecuencia de su situación de sinhogarismo. De acuerdo con las conclusiones del estudio Salud, calidad de vida y consumo de sustancias en función del tiempo en situación sin hogar, son las personas que llevan más tiempo en la calle las que tienden a consumir más alcohol y drogas, y tienen un estado de salud más degradado: solo el 2% de los que acaban de perder sus hogares consume heroína frente al 20% de los que llevan más de cinco años en esta situación. Javier Muñoz, portavoz del centro de acogida municipal Juan Luis Vives de Madrid, reconoce que muchos sintecho tienen un problema de alcoholismo y que pernoctan en cajeros o en bancos pero, explica, esto no es lo más habitual. «El sinhogarismo debería entenderse como el punto más extremo de la exclusión social, donde se encuentran personas que han llegado por caminos muy diferentes», sostiene. Vivir en un estado de duermevela constante, el frío, el rechazo continuo y, sobre todo, el miedo son otros de los problemas a los que las personas sin hogar se enfrentan a diario.

Joaquina, Antonio y Alejandro: Miedo

Joaquina, que se quedó en la calle con su hijo Alejandro, reconoce haber vivido en un estado de miedo permanente. «Llegaron a echarnos alcohol encima para quemarnos», relata. Y no se trata de un caso aislado: más de la mitad de las personas sin hogar aseguran haber sufrido algún robo, agresión o delito sexual. En muchas ocasiones, estos son perpetrados por personas en la misma situación, pero en el 77% de los casos los responsables son individuos ajenos a la calle. En total, solo tres de cada diez de estas agresiones terminan en denuncia. Para Israel, que lleva ya más de 20 años sin un techo bajo el que cobijarse, los episodios de violencia son parte del día a día. No obstante, si algo ha hecho mella en él es el sentimiento de soledad y marginación: «Yo conozco a gente a la que le han robado sus propios compañeros. ¿De quién te fías si todo el mundo o te da la puñalada, o te da la espalda?», se pregunta.

Israel: Soledad

Este sentimiento de soledad suele acentuarse progresivamente. Para Esperanza Vera, presidenta de Bokatas, el tiempo es un factor crucial en el deterioro de las personas sin hogar: «Con un mes en la calle, la gente está bien, tiene más ganas, más ánimo… Pero cuando va pasando el tiempo, entre uno y dos años, empiezan con problemas de salud mental, pérdida de autoestima y complicaciones de salud», explica. Prácticamente todas las personas sin hogar viven aisladas de sus antiguos círculos sociales por miedo a que conozcan su situación. Se sienten «invisibles». Además, muchos no tienen acceso a un teléfono móvil o a internet y su mundo y sus preocupaciones giran en torno a una sola palabra: supervivencia. «La calle mata», apuntala Vera.

Un estallido silencioso

Carecer de acceso a internet, la televisión o la radio es otro de los factores que incrementa el aislamiento de las personas que viven en la calle. Un aislamiento que se hizo aún más evidente cuando, hace un año, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anunció en los medios de comunicación la paralización inmediata de toda actividad no esencial. «Una señora de mi barrio me decía: ‘No entiendo lo que pasa, ¿es que la gente se ha vuelto loca?’», recuerda la presidenta de Bokatas. Y es que con la bajada de persianas de bares, restaurantes y centros de ocio, también cerraron sus puertas los comedores sociales y las oenegés cesaron parcialmente su actividad.  Además, unos servicios sociales saturados no fueron capaces de informar con rapidez a las personas sin hogar de la capital. «¿Qué está pasando?». «Tengo miedo». «Tengo hambre». Vera explica cómo llamaban atemorizados y confusos: nadie les había explicado que podían acudir a la central del Samur Social, que los comedores estaban repartiendo comida en bolsas o que las multas que la policía les ponía por estar en la calle no iban a ser ejecutadas. «Me lo preguntaban y yo se lo transmitía a ellos», explica Vera.

A esta situación de incertidumbre se le suma que, para muchos sin techo –del 16% de los que trabajan, solo un 8% lo hace de forma regulada y con contrato– el confinamiento significó cortar sus pocos ingresos de un plumazo. Ellos no tuvieron la opción de teletrabajar ni entraron en ERTE: la gran mayoría vive de la chatarra, de ayudar a cargar y descargar camiones, de vender kleenex en semáforos, hacer espectáculos de animación o pedir limosna. Este último caso es el de Rayito, un payaso callejero de 65 años que llevaba más de la mitad de su existencia viviendo de lo que la gente le daba por sus maquillajes y espectáculos. Hasta que llegó la pandemia. «Tuve que vender mi equipo de música porque no tenía nada para comer», explica.

Rayito: «No he podido buscarme la vida»

Pocos días después de la declaración del estado de alarma, y con la intención de ofrecer un espacio seguro donde las personas sin hogar pudiesen cumplir el confinamiento, abrió el pabellón 14 de IFEMA. Para entonces, algunos ya habían pasado la noche a las puertas del complejo para no quedarse sin una de las 150 plazas, que no tardaron en agotarse. El pabellón, además de camas, duchas o comedor, tenía también biblioteca, proyecciones de películas, talleres e incluso un gimnasio para sobrellevar el confinamiento –y, en muchos casos, el síndrome de abstinencia– de la mejor forma posible. Hubo contados episodios violentos pero, en general, la situación se sobrellevó mejor que en otros centros.

Cerca de 300 personas pasaron el confinamiento en las calles de Madrid

Los centros de campaña de frío como Pinar de San José, pensados originalmente solo para pernoctar, se convirtieron en albergues abiertos las 24 horas. «Estos lugares no estaban preparados para un confinamiento», apunta Vera, que pasó varios días allí. Y añade: «Estuvieron mucho tiempo sin lavadora y no había medios ni mascarillas, ni se podía respetar la distancia social».

En el centro Juan Luís Vives tuvieron que hacer una rigurosa reorganización para evitar contagios, ya que fue allí donde se instalaron las primeras habitaciones de aislamiento para personas sin hogar con síntomas de covid-19. «Nuestra misión se convirtió en protegerles a ellos y protegernos nosotros para evitar enfermar y no poder ayudarles. No había momento para la creatividad: todos teníamos que ir a una», señala Javier Muñoz. Desde el principio, el Samur Social fue el encargado de coordinar toda la red y derivar a las personas con sintomatología. En ese centro, con doce plazas de aislamiento habilitadas, llegaron acoger a catorce personas en los momentos más duros de la pandemia.

Sin embargo, no todas las personas sin hogar acabaron en albergues. Algunos tenían miedo a contagiarse, otros no querían separarse de sus perros –prohibidos en casi todas las instituciones– y muchos no pudieron acceder por falta de plazas.

Confinados de puertas afuera

Durante el confinamiento, a algunas de estas personas que no pudieron escapar de la calle ni siquiera durante la pandemia se les entregó un papel que servía de justificante ante las autoridades. En Bokatas conocían a muchas de las personas que pasaron el confinamiento en las calles de Madrid: en total, unas 300. Una vez consiguieron un salvoconducto, los miembros de la oenegé pudieron hacer rutas para revisar el estado de los sintecho, informarles sobre las medidas de seguridad y entregarles comida, geles y mascarillas. «Hemos estado viendo prácticamente a los que vemos siempre. A lo mejor diez han ido a centros, pero ya está», apunta Vera.

Personas sin hogar

Al miedo al contagio se le sumaron los rumores de que la policía les multaría o les desalojaría de su lugar habitual de residencia. El temor surgió a raíz de que, una noche, la policía se presentara en el Aeropuerto de Barajas sin el Samur Social –un requisito obligatorio en cualquier desalojo del estilo–, invitando a las 80 personas que vivían allí a desplazarse a IFEMA, cuyo aforo ya se había completado el primer día. En esa ocasión no se siguieron los protocolos establecidos y muchos se asentaron en zonas cercanas al aeropuerto o intentaron acceder a alguno de los albergues sin éxito.

Durante las primeras semanas, las peticiones de auxilio se dispararon: solo en Cáritas, las demandas de ayuda aumentaron un 77%. «Vemos, por un lado, gente que había salido de la calle y que está volviendo y, por otro, gente que llega por primera vez», apunta Vera. En su mayoría se trataba de trabajadores de la economía sumergida que se quedaron sin ingresos y no podían pagar ni su vivienda, ni su comida.

Paralelamente, las portadas de los periódicos se llenaron de impactantes imágenes de las «colas del hambre»: cientos de personas a las puertas de comedores donde se entregaban bolsas de alimentos. Ante este escenario hubo brotes de solidaridad: en marzo, Cruz Roja recibió cuatro veces más peticiones de voluntarios que el mismo mes del año anterior. A la vez, de forma espontánea, emergió con fuerza la comunidad en forma de redes vecinales. «Cuando empezó el confinamiento pensamos que muchas personas vulnerables no iban a poder bajar a hacer la compra o ir a la farmacia, por lo que nos pusimos en contacto los que nos conocíamos del barrio. Llegamos a juntarnos hasta 200 voluntarios», explica Cristina Domingo, una de las precursoras de la Red Vecinal de Chamberí.

A medida que la pandemia avanzaba, los motivos de las llamadas cambiaban. Domingo lo lamentaba poco después del confinamiento: «Ahora casi todo el mundo que nos llama lo hace porque no tiene dinero: se ha quedado en paro, ha perdido el trabajo, no ha cobrado el ERTE…». Para responder a la emergencia, la red acabó transformándose en una plataforma solidaria que, a través donaciones de empresas y particulares, compraba comida y bienes básicos para entregarlos a personas sin recursos.

«Estaba en contacto con una trabajadora de Servicios Sociales que nos pasaba los números de quienes les pedían comida para que nos pusiésemos en contacto con ellos. Los trabajadores no contaban con recursos para enfrentarse a esto», lamenta Miguel Pérez, de la Despensa Solidaria de Chamberí. En total atendieron a unas 104 familias en el distrito. En otras zonas, la presión sobre las redes fue mucho mayor. «En Aluche, la red de vecinos llegó a encargarse de 3.000 personas», señala el voluntario. Redes como esta proliferaron en todos los barrios, convirtiéndose en un gran muro de contención que impedía que muchas familias se viesen en situación de exclusión social extrema.

¿Nueva normalidad?

El 29 de abril se anunciaron las cuatro fases de la «nueva normalidad», orientadas a recuperar progresivamente las actividades socioeconómicas. Pero ¿qué iba a pasar con aquellas personas a las que, excepcionalmente, se les había dado un techo? ¿Iban a volver a la normalidad que las mantenía en la calle?

El planteamiento inicial de las Administraciones fue realojar a todas las personas de los centros temporales en los de la red ordinaria –que permanecerían abiertos 24 horas– y crear nuevas plazas para la campaña de frío. Durante semanas, los trabajadores sociales trabajaron sin parar para derivar a los usuarios a los lugares más adecuados. Pero conseguir que nadie quedase atrás se convirtió en una tarea cada vez más complicada una tarea complicada. Según el informe de Cáritas, Análisis y Perspectivas 2020: Distancia social y derecho al cuidado, mientras la tasa de paro total aumentó 2,5 puntos entre febrero y abril de media, el crecimiento equivalió a 20 puntos entre las personas en situación de exclusión social.

«No podemos hacernos cargo de la precariedad de toda la gente», cuenta con angustia Cristina Domingo, de la Red Vecinal de Chamberí, que explica que, mientras los voluntarios volvían a sus trabajos, la gente seguía llamando para pedir comida. Durante la pandemia, Juan de Ávila González, jefe de prensa del área de Familias e Igualdad del Ayuntamiento de Madrid, ya reconoció que «el sistema había sacado a la luz sus fallos». Todos los entrevistados para este reportaje –desde las oenegés hasta el propio Ayuntamiento de Madrid– coinciden en que lo que reproduce y alimenta el sinhogarismo son errores estructurales. El golpe coyuntural de la pandemia solo ha provocado que la situación ganara magnitud. ¿Por dónde empezar ahora?

Personas sin hogar

Objetivo: erradicar el sinhogarismo

En la actualidad, el sistema oficial de albergues no es capaz de retener en el programa a más de la mitad de los usuarios, que deciden abandonar la institución y volver a la calle. Para Roberto Bernard, director general de Hogar Sí, una organización que busca terminar de una vez por todas con el sinhogarismo, este es uno de los principales obstáculos que impide encontrar una solución efectiva y definitiva. El problema de los albergues, indica, es «el paternalismo y la falta de atención individualizada». «Si yo te estoy marcando cuestiones tan básicas como la hora a la que te vas a duchar o a comer, en el fondo te estoy infantilizando, quitándote la capacidad de decisión. Te la quito en esas tareas y, mientras tanto, te pido que dejes de consumir o que no tengas síntomas de trastornos de salud mental. Eso sería imposible para muchos de nosotros», explica.

Gómez: «La gente recupera las necesidades emocionales, reestablece el contacto con la familia, vuelve a preocuparse por buscar trabajo…»

Para restar presión a los albergues y facilitar el cambio, Hogar Sí plantea como alternativa el programa Hábitat, una metodología de acogida muy distinta que garantiza alcanzar el 80% de retención. Este programa, pionero en implantar el modelo Housing First en España, entiende la vivienda como el primer paso para la inserción y, por ello, proporciona a los usuarios un piso compartido del que tienen que pagar un 30% del alquiler –cuota que, generalmente, se puede cubrir con los ingresos de las rentas mínimas–. Para fomentar su independencia, el programa les hace responsables de las tareas rutinarias del hogar: hacer la comida, lavar la ropa, limpiar la casa… Previamente, los trabajadores sociales se han encargado de establecer y un plan de acción pactado con la persona sin hogar, que se monitorizará a lo largo del tiempo mientras se facilitan servicios psiquiátricos, laborales o de adicciones.

Según Hogar Sí, que los usuarios tengan la certeza de que nadie les va a estar vigilando continuamente o que les van a expulsar del programa por no cumplir las normas les dota de una sensación de libertad que les permite centrarse en su proceso de recuperación. Con este proceso, insiste Gómez, los usuarios recuperan pronto la calidad de vida: «Vuelven a tener necesidades emocionales, reestablecen el contacto con la familia, se preocupan por buscar trabajo, por cuidar su salud…».

A Ana (nombre ficticio), una mujer transexual y originaria de Brasil a la que la esquizofrenia la dejó en la calle, el programa de Housing First le dio la oportunidad de empezar de nuevo. «Estaba muy deprimida, muy mal. Pasé más de tres años en un albergue, pero no sabía a dónde iba y a dónde venía, hasta que el Samur me habló del proyecto. En el piso tengo mi tranquilidad, he podido mejorar mi salud mental. Ahora estoy haciendo un curso de peluquería y estoy mucho mejor», relata al teléfono.

Ana: Una nueva oportunidad

La metodología de Housing First ya había llegado a oídos del Ayuntamiento de Madrid antes del coronavirus. Por aquel entonces, De Ávila reconoció desde el área de Familias e Igualdad que buscaban cambiar el modelo y poner este de base. Después del confinamiento, el consistorio se comprometió también con la atención temprana –creando 50 nuevas plazas para mujeres– y con la prevención –transfiriendo 24 millones de euros a la EMVS (Empresa Municipal de Vivienda y Suelo de Madrid) para construir 900 viviendas sociales–. Sin embargo, erradicar el sinhogarismo implica actuaciones más allá del corto plazo y obliga a repensar las políticas a todos los niveles, desde vivienda a empleo.

No obstante, este necesario cambio de modelo, explica Gómez, debe ser muy medido. Desde su punto de vista, lo ideal sería que ambos sistemas –albergues y Housing First– pudiesen coexistir, ya que ambos son igualmente necesarios. «Hay personas que, por sus circunstancias personales o de salud, necesitan a alguien pendiente», observa. La solución es compleja, pero las historias de personas como Ana o Joaquina, que ha logrado abrir un bar en Leganés, demuestran que se puede salir de la espiral de la calle si las instituciones proporcionan los apoyos necesarios para hacerlo.

En 2020, durante un breve periodo de tiempo, la voz de quienes no tenían recursos para gritar pudo escucharse. La llegada de la COVID-19 forzó al sistema social a extender sus tentáculos, más allá de sus propias fronteras, y absorber a los sintecho, haciendo evidente la urgencia de incluir las necesidades de este colectivo en una posición relevante de la agenda pública. Como reconoció el propio jefe de prensa del área de Familias, Igualdad y Bienestar Social del Ayuntamiento de Madrid: «Cuando hay presión social, la política actúa». A partir de ahora, el camino ya no puede ser el mismo. El aprendizaje que nos deja la pandemia es el mapa a seguir para evitar que el tiempo, y el olvido, terminen otra vez en silencio.

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