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Noemí López Trujillo

«Cada época tiene su feminidad desafiante»

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Fotografía original

Asis Ayerbe
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29
enero
2026

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Asis Ayerbe

La periodista Noemí López Trujillo (Bilbao, 1988) ha investigado tanto en sus artículos en diferentes medios como en su anterior ensayo cuestiones clave relacionadas con el género. Su último libro, ‘Me dibujaron así. Por qué el mundo odia la feminidad’ (Península), parte de una lección que ella misma aprendió de niña, la de que había algo malo en ser hiperfemenina. Britney Spears o Pamela Anderson eran los referentes para no seguir de las niñas del 2000. ¿Pero por qué esas mujeres eran las malas? López Trujillo argumenta que, detrás de ello, no había (no hay) más que femmefobia, un rechazo hacia todo lo hiperfemenino.


¿Cómo puede ser que la feminidad esté en una situación compleja? Cuando abres las redes sociales da la sensación de que hay contenidos sobre feminidad por todas partes…

Pero ¿cómo es esa sensación? ¿La tienes tú porque abres tus redes sociales? Esta es una pregunta importante que hago siempre, porque somos víctimas de nuestro propio algoritmo. El algoritmo está pensado precisamente para reforzarte unas ideas muy concretas de masculinidad y de feminidad. Dudo mucho que le aparezcan estos contenidos a un hombre cis, hetero, blanco y catalogado como tal según su algoritmo. Me planteo si no será que estamos poniendo el acento en la promoción de una feminidad muy concreta, que precisamente se puede formar solo en unos márgenes muy estrechos y es femmefobia.

Además, estamos pasando por alto lo masculino porque lo hemos dotado de neutralidad, de legitimidad y de credibilidad. Cuando abres TikTok o Instagram, se produce la misma promoción de la masculinidad tóxica que con esa feminidad de la que me hablas. Realmente, y para contestar a tu pregunta, lo que debemos preguntarnos es por qué nos sigue llamando tanto la promoción de la feminidad, porque la masculinidad nunca se desacredita o se cuestiona. Lo femenino resulta muy fácil de criticar. Y, ojo, que hay que hacerlo. Pero cuestionar y criticar la feminidad cuando uno de los grandes problemas que tenemos ahora mismo es la masculinidad que se sostiene sobre violencia y supremacía me parece abordar el problema de una manera tramposa.

«Cuando una persona se viste abiertamente femenina, es muy fácil que deje de ser considerada respetable o sea considerada peligrosa o sexualizada»

Cuando hablas en el libro de la feminidad que el mundo odia no estamos hablando del ángel del hogar. A veces caemos en la trampa de asociar feminidad o lo femenino con el ideal de, por ejemplo, la Sección Femenina.

Es difícil desarraigar la feminidad de esa idea que está, precisamente, tan arraigada en el imaginario colectivo. Lo está porque se hizo una enmienda a la totalidad de la feminidad, desde los feminismos de los 70 hasta las propias feministas blancas supremacistas y las propias tradwives. Desde un bando y desde otro han promovido que la feminidad es solo eso, ya sea para desacatar ese mandato o para promoverlo. Nos vemos ahora en una situación en la que se reduce la feminidad solamente a eso, cuando es el impulso vital y la expresión de género de muchas personas que nada tienen que ver con una tradwife o con un ángel del hogar.

Además, estamos en un momento muy contradictorio. A veces, ciertos feminismos tienen que hacer piruetas mentales para salvaguardar sus postulados, precisamente porque entran en contradicción con otros. Es muy difícil seguir sosteniendo que la feminidad es solamente un mandato, esa mística del ángel del hogar, cuando se está promulgando que nadie nos puede juzgar por vestir ropa femenina y que eso automatice nuestro consentimiento. Es muy difícil estar defendiendo que todavía hoy que la feminidad está al servicio de los hombres y que desprendernos de ella nos emancipará y luego decir que los jueces son machistas porque se fijan en nuestra vestimenta para justificar la violencia sexual. Ahí se entra en una profunda contradicción.

El libro intenta sacar a la luz no solo la euforia de la feminidad, sino también que haberla reducido a una mística que se nos impone puede instrumentalizar para deshumanizarnos y para violentarnos nuestra expresión de género y esa feminidad. Cuando una persona se viste abiertamente femenina, es muy fácil que deje de ser considerada respetable o sea considerada peligrosa o sexualizada. Por eso se dice que hay que alejar a las criaturas de los ballrooms o de los espectáculos drags.  Mientras, masculinizarte en la infancia, por ejemplo, yendo a partidos de fútbol, no se considera ni sexualización ni una forma problemática de estar en el mundo, cuando sabemos que el fútbol promueve valores muy separados de la igualdad.

Hay una cita del libro que me llamó mucho la atención. Dices que siempre se criticaba a Barbie por promover un estándar irrealizable, pero nunca se hizo eso con otros juguetes, como Mi Pequeño Pony o las Tortugas Ninja. Nadie dijo que una tortuga no puede estar así de mazada y salvar el mundo…

O incluso un Action Man. Es verdad que entramos en la parte de la imaginación infantil. Puedo entender que el encorsetamiento que podría representar Barbie no es lo mismo que el Pequeño Pony, que no está adherido a ningún género. Pero el Action Man sí, y está promoviendo una idea de masculinidad violenta, musculada y muy tóxica. A nadie se le ocurriría decir que muchos hombres ejercen violencia porque han jugado con Action Man. Reducir a esa cosa de «mono ve, mono hace» sin atender a variables que suceden socialmente y son complejas me parece absurdo. Decir que por jugar con Barbies vamos a ser sumisas y performar una feminidad encorsetada y dócil también me parece absurdo. Barbie es un elemento más, que está bien problematizarlo, pero también creo que está bien reivindicarlo porque es ambivalente. Cuando reivindico a Barbie, la trato de explicar en términos más complejos. No solo ha sido un juguete con el que han soñado las niñas, sino también niños ‘maricas’ y mujeres trans que estaban empezando a verse en el mundo. Hemos usado la Barbie como una ventana a un mundo mucho más libre y fuera del armario.

«Si tú dices que escribes en revistas femeninas ya te van a ver como una periodista menos seria, que no hace investigación y que habla de frivolidades»

Las cosas que se asocian de una manera o de otra a lo femenino se acaban viendo, digamos, como de menor valor. Por ejemplo, la novela de detectives puede entrar en los suplementos literarios pero la romántica se sigue viendo como patraña. 

Con mi reivindicación de la feminidad no quiero generar una nueva normatividad. No se trata de crear estándares, sino de explicar cómo la feminidad está muy devaluada en el mundo, ese doble rasero del que hablas. La etiqueta de literatura femenina da mucha rabia. Pasa mucho con las revistas femeninas, que es ya como hablar de revistas femeninas frente a revistas. Si tú dices que escribes en revistas femeninas ya te van a ver como una periodista menos seria, que no hace investigación y que habla de frivolidades. No es solamente misoginia. Hay una parte, porque la mirada masculina ha querido equiparar ser mujer con ser femenina, precisamente para seguir sosteniendo su misoginia sobre la femmefobia. Es decir, te limita a la feminidad porque considera que está devaluada y al colocarte ahí te puede subordinar.

No está tan denostada la literatura escrita por mujeres, sino que lo que sigue denostado es la literatura femenina, que puede estar escrita por hombres alineados con la feminidad. Hay un doble rasero. La literatura femenina no tiene nada de malo. Hacemos este tipo de discursos, pero luego hemos interiorizado esa vergüenza sobre la feminidad y reivindicarla te coloca en un lugar de inferioridad, un lugar pequeño, poco profundo. Muchos hombres siguen utilizando esa etiqueta para empequeñecernos, pero es muy injusto cuando se habla de literatura frente a literatura femenina.

Volvemos a lo que se ha dado por defecto, que lo neutral es lo masculino. Reivindico mucho la etiqueta femenina, pero sé por dónde va el juego. Tengo una lucha interna porque quiero reivindicar lo femenino, pero por otro lado estoy en contra de esa trampa dialéctica. Quiero reivindicar desde mis propios términos lo femenino, pero por supuesto no quiero comprar que lo masculino sea lo universal.

«Todo el ataque a las mujeres trans tiene que ver con sacar la feminidad del cajón de la vergüenza y liberarla de sus cadenas»

Justo en estas últimas décadas parecía que estábamos viendo una visión más amplia de la feminidad, pero ahora estamos entrando en una nueva fase. Están coincidiendo en las mesas de novedades tu libro y la reedición en castellano de Backlash, de Susan Faludi. ¿Crees que vamos a volver otra vez a ver malas mujeres fatales en la cultura popular como ocurrió en los 80 y en los 90? ¿Y qué significará esto en este odio contra la feminidad del que hablas?

No me puedo aventurar a decir si va a haber una explosión de arquetipos de malas mujeres, pero diría que de alguna manera ya se está viendo. Creo que todo el ataque a las mujeres trans que estamos viendo tiene mucho que ver con esa idea de sacar la feminidad del cajón de la vergüenza y de liberarla de sus cadenas. De que no es algo solamente para mujeres cis blancas con un cuerpo determinado, sino que la feminidad puede ser para todo el mundo. A mí, eso me parece superpotente. Creo que ese castigo tiene mucho que ver con la transfobia, claro, pero en su raíz, en la ruta de transfobia, está muy asentada la idea de que la feminidad es algo perverso. La lectura que subyace es son hombres que se están feminizando con algún plan oculto para precisamente con un fin perverso. Eso reafirma la propia tesis de mi libro, de que la feminidad se ve como algo perverso y como una monstruosidad.

Quienes está representando la idea de feminidad fatal, la femme fatale, son las mujeres trans y las personas queer que se feminizan. En el Orgullo, muchas veces se dice que los hombres muy feminizados, con cuero, con látex, son problemáticos y deberían salir del Orgullo. O [ahí están] las normas antidrag de Estados Unidos. Tiene mucho que ver con esa formulación de la feminidad como algo inherentemente peligroso y [asociado a] una idea de género mucho más liberada, mucho más emancipada.

Entonces, sí creo que se va a castigar de alguna manera a aquellas personas femeninas o aquellas feminidades que se salgan de la norma, que sean discordantes. Estamos, además, en un momento en el que ser esa nota discordante va a ser muy fácil. En un momento en el que lo que se está estandarizando es una feminidad tipo tradwife, será muy sencillo que se vea como una hiperfeminidad peligrosa. Ahí sí que va a haber castigos ejemplares. Hace un año se puso el grito en el cielo porque Aitana fuese abiertamente sexual e hiperfemenina en el escenario. Creo que es una muestra de la hipervigilancia que hay.

Esas notas discordantes sí se pueden configurar como arquetipos. Al final, la femme fatale es un arquetipo que, aunque no se llame así, ha existido siempre. Siempre ha sido parte del miedo a la mujer moderna, porque es el miedo a una feminidad desafiante.

Pensaba mientras lo decías en la mujer moderna de los años 20, que en la cultura popular de entonces era la mala. La protagonista era la ingenua frente a la hipermoderna que se cortaba el pelo y fumaba.

Claro, cada época tiene su feminidad desafiante, que no se va a ser siempre la misma. Ahora mismo, quienes están cargando con el peso de esa hipervigilancia y de representar a la feminidad desafiante son las mujeres trans, las travestis o las trabajadoras sexuales, personas que promueven la feminidad fuera del mandato de género de la maternidad y que son hiperfemeninas en comparación con esa feminidad más moderada y discreta que promueven las tradwives. Ahí sí que se está como configurando un arquetipo, teniendo en cuenta que la femme fatale, en realidad, siempre es el miedo masculino a una feminidad desafiante que pueda subvertir esa supremacía masculina.

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