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Cinco claves para comprender a Roland Barthes

Para el filósofo y semiólogo francés, los signos, ya sean las palabras o las imágenes, se organizan según códigos culturales.

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23
febrero
2026

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El nombre de Roland Barthes (1915-1980) suele cargar con una reputación intimidante: teórico abstruso, estructuralista severo, autor para especialistas… Son caricaturas confortables, pero, de afilarse la vista, falsas. Si se tuviera que caracterizar en pocas palabras, se podría decir que Barthes fue antes que nada un lector focalizado en el mundo contemporáneo.

Se interesó por hacer circular el sentido en los recodos más insospechados. Como muestra, piénsese en una foto de revista, en una receta de cocina, en una frase hecha o en un gesto amoroso. Es cierto que sus textos no se dejan hincar el diente con facilidad, pero ello no los convierte en ciudadelas inexpugnables.

El significado se fabrica

Una de las claves para aproximarse a Barthes pasa por reconocer que el sentido no es natural. Nada significa por sí solo. Los signos –palabras o imágenes– se organizan según códigos culturales que empapan sin que uno se percate. En Mitologías, el pensador galo desmonta la falsa inocencia mostrando cómo la cultura de masas transforma construcciones histórico-culturales en verdades obvias. Señala cómo lo arbitrario torna en sentido común. Leer a Barthes comporta la aceptación, por tanto, de que toda forma de comunicación, incluso la más anodina, está preñada de decisiones y valores.

El mito moderno y su eficacia silenciosa

Es falso que el mito –en cuanto relato irracional carcomido por los años– pertenezca al pasado o a los dioses antiguos. Muy al contrario, el mito es un mecanismo de interpretación cuya efectividad reside en su aparente inocuidad. El mito no se atisba como ideología y, así, los mitos modernos sugieren y normalizan. He ahí su potencia política. El análisis de Barthes sobre el mito no está dirigido a catequizar –en caso de que ello fuera posible–, sino a mostrar el truco. Al hacerlo, enseña un modo de lectura crítica sumamente útil para entender, por ejemplo, la publicidad o los discursos políticos.

El mito es un mecanismo de interpretación cuya efectividad reside en su aparente inocuidad

La muerte del autor

«El nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor», esta es una de sus más conocidas citas. En la senda de otros teóricos de su momento, cuando Barthes proclama la «muerte del Autor» no juega a la provocación gratuita. Más bien, cuestiona aquella forma de interpretar los signos, de leer, basada en la autoridad. Se quiere decir, la idea de que el sentido verdadero de un texto depende de la intención de quien lo escribió. Para Barthes, un texto es un tejido de citas y códigos que el lector reactiva cada vez. No hay ningún significado o sentido más allá del que se crea con la interpretación particular. Esta postura no augura ninguna tormenta relativista. Se contenta con desplazar el centro de gravedad, desde el origen al uso, del autor al lector.

Bricolaje conceptual

Seguramente a Barthes no se le pueda adjudicar ninguna teoría cerrada ni un gran sistema filosófico. Su pensamiento avanza por tanteos, sin despreciar los desvíos. Es así que emplea conceptos procedentes de la lingüística, la antropología, el marxismo o el psicoanálisis sin someterse a ninguno. Esa técnica de trabajo –un auténtico bricolaje conceptual– explica la riqueza de su obra y sus cambios de tono. Sin vacilación, priorizó la precisión crítica sobre la coherencia doctrinal. Más que una fractura, esta flexibilidad es uno de los motivos por los que su trabajo podría resistir el paso del tiempo con más salud que muchos sistemas teóricos más rígidos.

El giro hacia el placer y la experiencia

En sus últimos años, Barthes se desplazó hacia la escritura más personal y fragmentada. Libros como El placer del texto o el exitoso Fragmentos de un discurso amoroso abandonan el tono más técnico sin renunciar a la lucidez. El análisis se combina con la experiencia íntima y leer ya no es únicamente descifrar estructuras; también es sentir, desear, frustrarse o aburrirse. El cuerpo hace su acto de aparición. Como se puede adivinar, este giro desconcertó a parte de la academia y, en el fondo, revela que Barthes no dejó de pensar que la oposición entre teoría y práctica es una quimera.

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