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Cultura

Evelio Acevedo

«La cultura es una necesidad social»

Fotografía

Laura Lombardia
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06
agosto
2026

Fotografía

Laura Lombardia

La responsabilidad de una pinacoteca debería ir más allá de solo salvaguardar un patrimonio cultural, pues un museo «está para servir a la sociedad». Al menos, esa es una de las máximas de Evelio Acevedo (Ciudad Real, 1953), director gerente del Museo Thyssen-Bornemisza, para quien «instituciones culturales de este tipo deben ser centros de debate y sensibilización» sobre los temas que inquietan a la sociedad. En su despacho dentro del museo, nos recibe para hablar sobre la evolución de la institución que dirige, los retos a los que se enfrenta y el rol de las instituciones culturales.


Llevas 14 años al frente de uno de los principales museos de España. ¿Cómo ha cambiado el Thyssen en todo este tiempo?

El mundo ha cambiado y las instituciones se tienen que ir adaptando a los cambios para no perder la perspectiva de para qué y para quién trabajan. Los museos somos instituciones con una responsabilidad social más amplia que la de simplemente salvaguardar un patrimonio cultural, que ya es mucho e importante. En nuestro caso, la magnífica colección de arte que cubre la civilización occidental en casi ocho siglos –desde finales del siglo XIII hasta el siglo XXI– supone una gran lección de Historia, no solo de Historia del Arte. Esos testimonios me parecen muy válidos para transmitir conocimiento y ayudar a construir el pensamiento crítico en las personas; para que la realidad se conozca con más criterio, más perspectiva y se tenga mejor posicionamiento a la hora de abordar los temas.

¿Cómo se organiza una institución como el Museo Thyssen-Bornemisza? Me refiero no solo a la financiación y los patrocinios, sino también a la investigación y la documentación, la renovación de la oferta cultural, la difusión y el marketing.

Somos una institución pública –un museo nacional– y formamos parte de la Administración española, estamos en el Ministerio de Cultura. Por tanto, trabajamos de acuerdo a su reglamentación. Lo cual no quita para que tengamos que gestionar esta institución como se gestiona una empresa: con un plan estratégico y una planificación y objetivos detallados. Pero también somos conscientes de nuestra responsabilidad en cuanto a transmitir y sensibilizar a la sociedad. La cultura es un patrimonio que concierne a las empresas, los ciudadanos y las administraciones y, por tanto, la colaboración pública tiene que verse acompañada de la privada. En todos los sentidos: desde compartir proyectos y la manera de llegar a los públicos hasta los recursos que hacen falta para conseguirlo. Siempre con total transparencia, pues cuando estás apelando a esa colaboración tienes que ser absolutamente nítido en cómo lo haces y cómo se están gestionando tus cuentas.

«Deberíamos trabajar para que las sociedades valoren lo que representa tener instituciones culturales en su entorno»

Algunas voces opinan que muchos museos nacionales se utilizan como herramientas para debates ideológicos. ¿Aprecias politización en los museos españoles?

Nosotros no estamos politizados. Jamás hemos tenido una censura ni una imposición por parte del Ministerio de Cultura, cuyo ministro preside nuestro patronato. En todos estos años, he trabajado con siete ministros –del PP, del PSOE y de Sumar– y jamás hemos tenido ninguna presión política. Somos un museo que tiene claro su papel social e intentamos responder a eso que nos parece oportuno y conveniente para el momento social que se está viviendo. Por ejemplo, las exposiciones que hemos tenido sobre Gaza –que se han interpretado en muchos casos desde un sesgo político– las hemos hecho porque están en nuestro decálogo de actuaciones. Nuestros objetivos están alineados con los ODS y en nuestros códigos y planes estratégicos está el respeto a los derechos de las personas. En el caso de Gaza, además, estamos hablando de algo tan básico como el derecho a la vida. Si recibimos una llamada de un organismo internacional de la ONU que nos pregunta si podemos hacer una iniciativa de este tipo, con fotografías que reflejan no la guerra, sino su impacto en la vida de las personas, lo hacemos. Por convicción y porque nos parece que forma parte de nuestro trabajo.

¿Qué estrategia sigue la pinacoteca que diriges para acercar la cultura a la ciudadanía?

Hay que hablar el mismo lenguaje que el público al que te diriges. Nosotros somos el museo de todos. Pero ese «todos» son públicos muy distintos: desde niños hasta personas mayores, hombres y mujeres, expertos en arte y menos, con intereses muy diversos. Si, además, le añades que hoy en día trabajamos en el mundo global de la digitalización, ya no estás trabajando solo para el individuo que se aproxima por la puerta. Ahí tienes públicos con otros idiomas, otras culturas, diferentes expectativas y preferencias. Todo eso nos obliga a planificar muy bien la comunicación, el marketing y el desarrollo de negocio para que nuestra posición se mantenga viva y sea capaz de detectar en cada momento qué es lo que pasa en nuestro entorno y saber cómo movernos.

Mencionas la digitalización. En la era de la inteligencia artificial, ¿cuáles son los principales retos a los que se enfrentáis?

Tenemos que valorar la IA como una herramienta de llegada a los públicos, pero hay que ser muy cuidadosos con los contenidos. En este sentido, me preocupa que esa información, a lo mejor, no haya pasado todos los tamices que tiene que pasar, esté sesgada o no sea la adecuada. Cuando en nuestro ámbito hablamos de contenidos culturales, tenemos que procurar que esa información sea lo más rigurosa posible. Queremos que la gente tenga mejor conocimiento de las cosas y que ese conocimiento sea adecuado. Por una cuestión de reputación, pero, además, por una especie de rol social.

«El arte ya no es un producto de élite»

Entonces, ¿qué rol deberían tener las pinacotecas en las sociedades del siglo XXI? ¿Pueden ser motores de transformación social?

Es una de las responsabilidades que tenemos. Posiblemente, siempre lo han sido, pero ahora que los museos somos mucho más abiertos, nos convierte en un compañero de viaje en esta transformación social. Deberíamos trabajar para que las sociedades valoren lo que representa tener instituciones culturales en su entorno. Por una parte, como una capacidad de activar económicamente un entorno. El caso de Madrid es un ejemplo muy claro: aquí viene gente a visitar la ciudad porque es un centro cultural importantísimo. Por otra parte, como manera de enriquecer el conocimiento –y disfrute– de las personas. Y, además, porque instituciones culturales de este tipo deben ser centros de debate y sensibilización de aquellos aspectos que a la sociedad le inquietan. A mí lo que me preocupa es que, todavía, no todo el mundo ve la cultura como una necesidad social: la cultura es también una necesidad social de la que uno puede quedar excluido. 

Este riesgo al que haces referencia, ¿afecta solo a España o es a nivel global?

Creo que en España vamos con un poco de retraso. Hasta hace muy poco, la cultura en este país se ha considerado un privilegio de élite; algo que todavía no hemos conseguido superar. El IVA del arte en España me parece fuera de lugar, es una barrera muy peculiar de este país, porque los países de nuestro entorno ya no están funcionando así. Si tú compras un cuadro en Madrid por el que te van a imponer un 21% de IVA, pero en Ámsterdam un 7%, evidentemente no lo vas a comprar aquí. Para que la actividad cultural y artística en España se pueda equiparar, debería estar en las mismas condiciones. El arte ya no es un producto de élite –un producto de élite seguirá siendo un Picasso o un Velázquez–. Me refiero también al arte como sector industrial, que trabaja con artistas jóvenes que tienen un recorrido por delante y que son un elemento en todo este engranaje. Los artistas son portavoces de lo que pasa y lo expresan a su manera. Eso llega a gente a la que le sensibiliza o a la que le gusta y lo compra para tenerlo en su casa.

«Somos un museo que tiene claro su papel social»

¿Qué papel juega la sostenibilidad en la gestión del museo?

Un papel transversal; se trata de un tema cultural e identitario. Dentro de nuestros planes estratégicos, la sostenibilidad es uno de los drivers. Internamente, nuestra gestión de la sostenibilidad abarca desde los consumos responsables –las aguas, los papeles, las energías– hasta las políticas. Además de códigos éticos, transparencia y buena gestión, nos sentimos responsables para transmitir el tema de la salud a nuestros públicos internos, desde charlas sobre salud mental hasta prácticas saludable o de alimentación. Por supuesto, también está todo lo relacionado con los traslados de obras, que implica un impacto medioambiental que procuramos optimizar para que sea lo menor posible. De cara a los públicos, tenemos presente la sostenibilidad a través de nuestras exposiciones y programas que las rodean o de las iniciativas que desarrollamos con instituciones que trabajan en este ámbito. Por ejemplo, últimamente hemos tenido varias exposiciones relacionadas con la sostenibilidad ecológica y su impacto social y económico. Esa es la línea de exposiciones de arte contemporáneo que estamos desarrollando con TBDA 21 [la fundación de arte contemporáneo de Francesca Thyssen-Bornemisza].

Desde una perspectiva más general, ¿algún objetivo a medio plazo que nos puedas contar?

Uno de ellos es aumentar las visitas digitales, para lo que estamos desarrollando contenido cultural audiovisual. Aquí hay un camino complejo, porque la digitalización es cara y hay una parte que, como museo público, no podemos monetizar. La idea de las visitas digitales es el resultado del covid-19. Cuando cerramos el museo, acabábamos de inaugurar una exposición maravillosa de Rembrandt –que, afortunadamente, luego pudimos prorrogar–. La primera cuestión que nos planteamos fue cómo mantener vivo el link, cómo trabajar para la gente que no viene. Porque había mucha gente en casa que necesitaba la cultura. Así, ideamos las visitas guiadas online con una guía que habla tu idioma, te va explicando todo y con la que interactúas continuamente. Puedes ver no solo las obras de las salas, sino todo lo que hay detrás de cada una: ese gran conjunto de documentos digitales que son el resultado de estudios, análisis, trabajos de investigación, restauraciones. Es maravilloso verlo.

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