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Pensamiento

La cancelación de lo trascendente

Filósofos como Byung-Chul Han señalan que cada vez es más fácil observar muestras de desdén hacia la cultura.

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17
agosto
2026

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Un usuario escribe «no lo he leído, pero» y consigue quinientos likes por añadir un lugar común sin contenido; un mantra, vaya. Ha logrado un premio por presumir de su ignorancia. La frase es sintomática, un pequeño monumento al desprecio disfrazado de opinión. Por los registros sabemos que, hace no tanto, no saber algo era motivo de vergüenza. No obstante –sin necesidad de generalizar–, cada vez es más fácil observar muestras de desdén hacia la cultura: un dar la espalda a un libro, a una película o a un argumento por el hecho, corriente y moliente, de que su autor es alguien en particular.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lleva años describiendo esto con otras palabras. En su obra En el enjambre aborda la cuestión de una masa digital presta a reaccionar a la primera de cambio, lista para generar ruido antes que un discurso hilado. Escupitajos dentro de las pantallas. Se odia o cancela en las redes sociales –así como en los medios convencionales– quizá porque ello promueve el consumo. Entiéndase, los clics. Al contrario, la discusión sosegada y amable, ardua, requiere tiempo y esfuerzo. Entiéndase, ¡el demonio!

Este desdén no se detiene en los debates de barra de bar, aprende asimismo a medir libros por el grosor del lomo. Un ensayo de novecientas páginas es despreciado de antemano por cualquier casa editorial, sea cual sea su interior, por una cuestión formal. Se trata de vender y la dinámica no favorece tanto el contenido de calidad como la cantidad. Por lo mismo, un argumento que necesita tres capítulos para desplegarse se tacha de paja, de perorata, de postureo intelectual, de academicismo, como si la complejidad fuera sospechosa por definición y la brevedad garantizara la honestidad. Cuanto más elaborado el razonamiento, más fácil resulta descartarlo con una sola palabra: pedante.

Cuando una cultura entera se dedica a ridiculizar lo complejo y lo trascendente, algo se está marchitando en el discurso dominante

El pensamiento complejo no se quema en una hoguera en la plaza del pueblo, pero es reducido a una viñeta, a un audio de cuarenta segundos que promete resumir a Kant, a una lista de diez citas sacadas de un libro no leído. Encima de todo eso se va formando una costra de burla, capa sobre capa, hasta que cualquiera que insista en argumentar despacio queda automáticamente descartado por creerse superior. Ese barniz de sorna –semejante a la de matón de aula– funciona mejor que cualquier censura pues nadie prohíbe pensar hondo, simplemente se encarga de que dé vergüenza intentarlo.

Trascendencia es un ejemplo de concepto que incomoda. Está claro que para muchos esto se debe a su connotación teológica, por sus vínculos con las religiones. Más allá, el gesto de salirse un momento de uno mismo, tratar de escapar del lodazal banal y materialista que jalona nuestra era, ya merece para algunos la cancelación. Es algo propio de intensos que, se supone, solamente buscan posturear. Empero, pensar necesita de esa salida de lo inmanente: abandonarse a la contemplación de un paisaje sin estar planeando una foto, leer un libro sin el ansia de Goodreads o, por ejemplo, callarse ante una cuestión difícil antes de ridiculizar al interlocutor enarbolando un meme. Lo trascendente se desprecia porque es raro, se sale del espíritu de nuestros tiempos.

Hablar de misterio suena a broma de cuñado esotérico. Cualquier alusión a lo sagrado se recibe con la misma mueca condescendiente que un chiste malo. Y sin embargo, tal vez precisamente por el hartazgo ante tanto ruido plano, empieza a notarse un movimiento en sentido contrario. Hablamos de retiros de silencio agotados con semanas de antelación o de jóvenes volviendo, sin ironía, sobre los místicos medievales. Sin ir más lejos, el filósofo Ernesto Castro acaba de revelar que se ha bautizado tras recibir la luz divina. El gesto es sintomático en términos sociológicos. Después de tanto escupitajo digital, una parte de la gente empieza a buscar algo regio, algo que no encaje en un carrusel de Instagram, precisamente porque está agotada.

No hace falta creer en dioses o afiliarse a ninguna religión para reconocer un cambio de tendencia. Cuando una cultura entera se dedica a ridiculizar lo complejo y lo trascendente, y aun así una parte de sus miembros más hastiados acaba refugiándose en el silencio de un monasterio o en la lectura despacio de un tratado de filosofía, algo se está marchitando en el discurso dominante. La joya de la corona de esta época puede que no sea ni el argumento elaborado ni el meme que lo sepulta, sino la fuga silenciosa hacia lo trascendente que ocurre cuando todos miran hacia otro lado, convencidos de que ya nadie busca ese tipo de cosas.

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