Antonio Gamoneda
«La vejez me hace tener mucha menos prisa»
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Todas las vidas están atravesadas por la Historia, pero Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) podría decir, sin temor a equivocarse, que la suya lo está en un grado superior. El poeta asturiano, huérfano de padre al poco de nacer, niño de la guerra, testigo de hechos atroces de la contienda, adolescente miserable en la pelada y sucia posguerra, recadero de banca a los 14 años y empleado del sector durante treinta, autor de versos a tiempo completo después, destacado exponente de la generación de los 50, la del realismo social, y premio Cervantes 2006 es también un hombre lúcido que en mayo cumplirá 95 años y que reflexiona con hondura sobre su oficio, la memoria y la gran edad. Recibe un día después de Navidad en la casa donde vive con su mujer junto a la catedral de León, la ciudad a la que se mudó en 1934 en busca de un clima más seco que paliara las dolencias asmáticas de su madre viuda y donde ha residido desde entonces.
¿Cómo se encuentra?
Viejo, pero, al mismo tiempo, sin voluntad de plegarme ni de arrinconarme demasiado por la edad diciendo «se acabó, se acabó, se acabó».
¿Qué tipo de vida lleva? ¿Ha modificado su rutina de trabajo? ¿O sigue con los mismos hábitos?
Hace tiempo me avisé de que, si prescindía de mi profesión, de mi vocación, eso tendría unos efectos. Y creo que acerté. Han cambiado cosas, claro, ahora tengo menos vista y una amiga y secretaria, [la periodista y escritora] Eloísa Otero, viene a ayudarme todas las tardes que puede. Pero merece la pena seguir, siquiera sea por poder presentar la forma como vemos la vida los ancianos, unos seres que no tenemos necesidades de proyección personal en la sociedad ni de conocimiento de muchas realidades, porque ya no nos corresponden.
¿Eso es para usted ser mayor? Le podrían objetar que muchos jubilados siguen siendo bastante activos.
Está bien, pero yo respondería que hay que acomodarse a las propias posibilidades. Y que la contraparte que eso tiene es que te liberas también de preocupaciones. Yo antes, por ejemplo, era más metódico. No me prohibía a mí mismo ni era un acontecimiento difícil de afrontar una madrugada entera sentado a escribir. Pero ahora tengo mucha menos prisa que nunca si he cogido el hilo. ¿Sabes por qué? Porque tengo menos expectativa de trabajo, de preocupaciones de otro tipo al día siguiente.
«Ahora sé que la poesía no es literatura, sino una función biológica, una posibilidad que radica en la naturaleza»
¿Qué pensaba que era la poesía cuando comenzó a dedicarse a ella y qué cree que es ahora?
En la infancia, entendía que era algo ejemplar y admirable que tiraba de mí. Esto lo hacía sin reflexionar, claro. Luego, pasé por esas dos etapas habituales a casi todo poeta: la de creerse que la poesía es la expresión sentimental del individuo, esa pequeña tontería; y la de defender que es una forma de conocimiento, lo que también tiene algo de verdad, pero habría que matizar y decir más bien que es una transfiguración de las realidades que se conocen. Ahora, sin embargo, sé que la poesía no es literatura, sino una función biológica, una posibilidad que radica en la naturaleza. Piensa en el enunciado: «Tus labios son un rubí». El ejemplo es muy vulgar, pero es para que se entienda. Estoy atribuyendo a los labios unas condiciones que, en el otro lenguaje, en el lenguaje, digamos, realista, convencional, tienen un sentido, pero en el lenguaje poético tienen otro. Esta creación mediante la palabra y las asociaciones de palabras es la materia de la poesía. Y eso se entiende con la edad únicamente.
La poesía como dimensión liberadora, creadora de sentidos.
Claro. La poesía ayuda a vivir, es una actividad útil. Coge como ejemplo las Coplas a la muerte de su padre. Es un poema desolador, pero Jorge Manrique lo escribió y nosotros lo leemos no para ponernos a llorar, sino para tener una experiencia poética, es decir, estética. En esa operación, el fondo de tristeza se convierte en otra cosa.
¿Qué le produce más placer: leer un buen poema o ser usted quien lo escribe?
Es difícil porque la lectura seria, tensa de los componentes reales del hecho poético, el inteligible y el sensible, también participa en la creación. Cuando tienes la noción de que has redondeado un poema, hay un sentimiento casi triunfal, pero no estoy seguro de que sea más satisfactorio: escribir poesía y leer poesía son dos hechos paralelos.
«Escribir poesía y leer poesía son dos hechos paralelos»
¿Qué lugar ha ocupado la creación artística en su vida? ¿Es de los que ha consagrado su vida a ella? ¿O los placeres mundanos son más importantes?
Para mí no ha habido un conflicto entre ambas, y no me considero un caso especial. El poeta que va en serio apenas distingue la vida de la poesía, porque la poesía, como te decía antes, es una función biológica; una función muy determinada que puede darse en un ámbito social, estético o sentimental, por mencionar algunos.
¿Cuál ha sido la experiencia más determinante de su vida?
Yo creo que está ligada a haber aprendido a leer, un hecho que en mi caso estuvo condicionado por una realidad externa, el estallido de la Guerra Civil. La represión castigó de manera particularmente dura al magisterio, y en septiembre y octubre de 1936 las escuelas de León ya estaban cerradas. Pero yo quería aprender a leer, y en casa solo había un libro. Era un libro de poesía que mi padre había publicado en 1919. Dando la lata a cualquiera con quien me encontraba por la calle, trataba de identificar los signos tipográficos con fonemas y en dos o tres meses ya leía sílabas y palabras. La coincidencia afortunada es que aquel libro era un libro de poesía.
«La experiencia más determinante de mi vida está ligada a haber aprendido a leer»
Bueno… y que lo había escrito su padre, ¿no? ¿Lo restituía, de alguna forma?
Sí, seguramente. Tengo una idea lejanísima, una idea perdida, de que allá por los nueve años, yo tratase de escribir algo. Y de que tendría mucha resonancia en lo que había leído en aquel primer libro. Pero luego, muy pronto, a los doce, trece años, ya me había distanciado de la poesía de mi padre.
Del amor, ¿qué me dice?
El amor es una forma particularmente intensa que roza los datos sentimentales y sensibles de toda especie. Lo roza todo: el placer sexual, el atractivo temperamental, el atractivo estético. Fundamentalmente el amor es la capacidad de que la convivencia conlleve sensibilidad, atracción, compañía, cercanía.
¿Y de la pérdida? Recuerdo que la primera parte de su autobiografía se inicia con usted abriendo el armario donde su madre guardaba sus enseres diarios, y ahí comienza un recorrido visual, olfativo, táctil…
De la pérdida puedo decirte que constantemente se está produciendo en nosotros. Avanzamos en la conquista, entre comillas, de la enfermedad, poco a poco. Y al mismo tiempo vamos perdiendo… ¿el qué? Lo que creíamos que era nuestro y resultó que no lo era; lo que creíamos que era nuestro y sí lo era, pero se desgasta, se encamina a la desaparición… Todo.
¿La pérdida se supera generando recuerdos, imágenes felices?
De algún modo, sí, pero la capacidad de creación tampoco es igualmente enriquecedora ni fuerte. A lo largo de la vida también va decreciendo, es decir, perdiéndose a sí misma. Y también crece el olvido.
La opinión generalizada es, sin embargo, la contraria, ¿no? Diríamos que son los mayores quienes más se vuelven hacia el pasado.
Pues no es cierto. Y, además, está bien que no lo sea, como bien explica el poeta Manuel Alcántara. Dice: «Lo mejor del recuerdo es el olvido». Vamos a poner un ejemplo bastante frecuente y nada ejemplar para entenderlo. Hay muchos viejos que han trabajado y han sido buenos empleados a lo largo de su vida, pero llegan a los 60, a los 65, a los 70… y se quedan vacíos por no tener ya ese trabajo del cual han protestado muchas veces, pero que estaba llenándoles y configurando su vida con molestias y con ventajas y con desventajas. En realidad, lo que deberían estar haciendo es crear nuevos intereses. Yo ahora mismo estoy, por ejemplo, reescribiendo un poema que escribí hace 70 años. ¿Para qué? ¿Para destruirlo? No, no, aquel es válido en su fecha: para ver qué ocurre desde aquella raíz poemática, qué tiene el poema que sea lo mismo y que sea distinto. Están los que se dedican a recordar y quienes crean intereses. Hay que estar con los segundos.
Ese primer volumen de su autobiografía que le mencionaba antes se presenta a menudo como retrato de la miseria en la que creció su generación. ¿Diría que su experiencia de la pobreza se parece a la precariedad contemporánea? ¿O son experiencias distintas?
Diferentes. Los jóvenes de hoy piensan que la pobreza está en otro lugar, desconocen que viven en una dictadura económica, que es como yo calificaría a nuestra supuesta democracia político-social, una mascarada en realidad. En cambio, nosotros, pobres de posguerra, sabíamos lo que era necesario. Antes, lo que se concebía como necesario coincidía con lo elemental, con lo meramente subsistencial. No necesitaba ser estudiado; se sabía inmediatamente. Si por los zapatos asomaba los dedos y la planta del pie, es que no se tenían zapatos. Yo viví durante años de la comida del racionamiento. Había una mujer muy pobre que me decía: «Antonio, el tener agua en casa es como tener una criada». Qué sabiduría de relacionar por su valor, por su grado de necesidad, los componentes de la vida de cada día. Qué conciencia de pobreza y al mismo tiempo qué capacidad de ser casi un microeconomista.
Usted ha viajado bastante por el mundo y ha podido hablar en foros importantes de sus libros, pero ¿vivir en una ciudad alejada de los centros de poder como León ha sido limitante?
No. Yo quiero el grado de vecindad complementando a la amistad. Y eso es algo que no se tiene en Madrid. Perder eso sí habría sido limitante. En Madrid incluso los amigos tardan meses en verse. El tiempo, el valor del tiempo, ¿dónde ha quedado?
«El arrepentimiento es una actitud, una sentimentalidad un tanto desviada»
¿De qué se arrepiente?
El arrepentimiento es una actitud, una sentimentalidad un tanto desviada. Claro que he hecho cosas mal, cómo no, pero no pienso mucho en ellas. Si puedo arreglar un mal, lo arreglo. Y si no puedo, me queda la vergüenza de haberlo causado. Pero no me ‘arrepiento’: simplemente trato de no hacerlo otra vez.
Y del futuro, ¿qué espera?
Hombre, no espero. Espero muy poco. En cuanto a mí, no tener demasiadas tristezas, ni pobreza, ni achaques físicos pronunciados. Quiero morirme de una manera razonable. Y claro, me gustaría, antes de desaparecer, conocer un mundo un poco mejor, aunque me parece que no va a ser así; y también que algunos de quienes me van a suceder se vieran en mi disconformidad, en mi actitud de rebeldía. Eso también lo quiero.
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