Opinión

La extraña muerte de la campaña electoral

Justo cuando la política se ha vuelto pura propaganda, ha muerto la campaña electoral. Lo hemos visto con claridad en las elecciones gallegas, y lo veremos en las vascas y las europeas, pero no es un fenómeno español, sino global.

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11
marzo
2024

Justo cuando la política se ha vuelto pura propaganda, ha muerto la campaña electoral. Lo hemos visto con claridad en las elecciones gallegas, y lo veremos en las vascas y las europeas, pero no es un fenómeno español, sino global. Un cambio en la forma de entender la política, donde el arte de persuadir ha sido sustituido por el disuadir; el de atraer a votantes de tu bando por el de repeler a los del bando opuesto; la melodía del violín por el tambor de guerra.

Las elecciones gallegas han puesto de manifiesto la paradoja de la política contemporánea: el voto es cada vez más inestable y, al mismo tiempo, más polarizado. Por un lado, la gente tarda más en decidir su voto y un porcentaje significativo espera al día de las elecciones; pero, por el otro, cada día es más difícil que la gente vote a un partido que no sea de su bloque. El rechazo de un votante medio de izquierdas al PP (y ya no digamos a Vox) es mayor hoy que hace 10 o 15 años. Y viceversa en la derecha.

Eso querría decir que, por un lado, las campañas importan más que nunca, para activar el voto sincero de los tuyos y el útil de los votantes cercanos a los tuyos. Por ejemplo, en el caso del PP para movilizar a los votantes populares y seducir a los Vox. Pero, por el otro, por el relevante, las campañas importan menos que nunca, porque es menos probable que un simpatizante del candidato popular a la Xunta Alfonso Rueda se inclinara finalmente por Ana Pontón que, en el pasado, uno de Núñez Feijóo optara por Pérez Touriño o Gonzalo Caballero.

El objetivo no es señalar tu capacidad de gestión y liderazgo transversal, sino tu terquedad programática

Por eso, los candidatos desprecian cada vez más los debates electorales. Los cara a cara entre los principales aspirantes, que deberían ser moneda común en una sociedad tan adicta a los espectáculos audiovisuales como la nuestra, son tan escasos. Nos pegamos a la pantalla para ver un encuentro en directo entre Nadal y Alcaraz, Eurovisión o la final de Champions. Demandamos no menos, sino cada vez más enfrentamientos de resultados inciertos, en deporte, música o en asuntos del corazón. Pero no es el caso de los contendientes a un cargo político. No interesa contrastar a los grandes candidatos a la presidencia de un gobierno, comparar sus virtudes y defectos. Eso importa a un número decreciente de personas. Tampoco hay que cotejar los modelos de gestión: ¿Ha sido eficiente privatizar la gestión de servicios sanitarios como ha hecho el PP en Galicia? ¿Qué modelo hubiera funcionado mejor?

Para los estrategas de campaña lo relevante no es tener el programa más inclusivo para el grupo más amplio de votantes, sino el más exclusivo para los tuyos. Se dice que las campañas electorales de hoy día son agresivas, pero, en realidad, son vergonzosamente conservadoras. Más defensivas que ofensivas. No hay que aventurarse más allá del medio campo ideológico y, sobre todo, hay que evitar que te metan un gol. El objetivo no es señalar tu capacidad de gestión y liderazgo transversal, sino tu terquedad programática. Tu pureza de sangre ideológica, para recoger el máximo número de votos dentro de tu bloque.

Y esta muerte civil de la campaña electoral tiene dos costes para la democracia. El primero, y más obvio, es la pérdida de calidad del debate público. Se simplifican y empobrecen los mensajes políticos, con la consiguiente pérdida de calidad de las políticas públicas derivadas de esas discusiones tan magras. El segundo es más recóndito, pero fundamental. Como muestran algunos estudios politológicos, las campañas (cuando sirven para debatir temas sustantivos) son ejes legitimadores fundamentales de la democracia. En un conocido experimento los sujetos que habían votado al partido derrotado en las elecciones se sentían menos satisfechos con la democracia, pero ese efecto negativo desaparecía si, durante la campaña, se habían discutido los asuntos que les interesaban.

Esas conversaciones públicas son lo que crecientemente echamos de menos en la política actual. Y tiene peligros. Primero mueren las campañas. Luego, las democracias.

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