Sociedad

«Antes romantizábamos el aburrimiento; ahora se trata con medicación»

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19
Ene
2023
Josefa Ros

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Josefa Ros Velasco lleva una década estudiando el aburrimiento. Licenciada en Filosofía, se lanzó a hurgar en este tema desde su perspectiva histórica y teórica hasta conformar un libro que, cómo no, incluye el concepto en el título. ‘La enfermedad del aburrimiento’ (Alianza Editorial) es una revisión a este sentimiento humano y un aviso para apologetas: no siempre es algo bueno que fomenta la creatividad y que debamos alentar en esta era de productividad constante. Aun así, defiende la becaria postdoctoral de la Universidad Complutense de Madrid, este estado genera un terreno fértil para la indagación y, además, no hay quien esté a salvo de él. Tras pasar por una estancia en Alemania, recibir diversos galardones por sus tesis (el último, el Premio Nacional de Investigación, el pasado mes de noviembre) y fundar la International Society of Boredom Studies, esta murciana de 35 años ha empezado una nueva línea de exploración en las residencias de tercera edad.


¿Por qué se interesó tanto por un asunto como el aburrimiento?

Fue hace una década. Llegué a través del filósofo alemán Hans Blumenberg y su libro Descripción del ser humano, donde hablaba del aburrimiento en unos términos que me dejaron alucinada. Descubrí que es algo que sentimos todos, del que todos tenemos experiencia y que sabemos más o menos definir. Hemos aprendido a aburrirnos igual que hemos aprendido a tener miedo o a sentirnos tristes. Y, como cualquier emoción, tiene una función en nuestra vida: la suya es mantenernos siempre en movimiento y evitar el estancamiento. Porque cuando nos aburrimos sentimos un gran malestar del que tenemos que desprendernos. Y para salir de ese estado buscamos una novedad, como para salir del dolor buscamos el placer. Se exploran nuevos horizontes. Eso es una ventaja competitiva en nuestra carrera evolutiva. En definitiva, vi que comprender la idea del aburrimiento no era tan marginal sino que estaba más extendido, desde la antigüedad hasta la actualidad.

¿Cómo varía a lo largo de los siglos?

El corpus de la literatura científica apuntaba en dirección contraria a lo que se ve ahora como positivo: decía que el aburrimiento se puede convertir en algo patológico y que hay que fijarse en el contexto, si las circunstancias pueden cambiarse o no. Porque hay veces que tiene que ver con el entorno y otras en las que es el propio individuo quien es propenso. A mí lo que me llamó la atención es que ese aburrimiento disfuncional no solo tiene relación con un trastorno de la conciencia (como apuntaban los expertos en salud mental) sino que como sociedad creamos espacios conflictivos y limitantes que no nos permiten huir de él.

La Real Academia de la Lengua (RAE) define el aburrimiento como «cansancio del ánimo». ¿Cuál es la suya, en resumen?

La RAE se queda muy escueta. Realmente, cansancio del ánimo es una de las distintas formas de aburrimiento. Hace referencia al hastío. Pero el aburrimiento es mucho más complejo y trascendental: es el desajuste entre nuestra necesidad de estimulación cognitiva y lo estimulante que es el entorno. Y depende de cada uno: leer un libro o ver una serie puede ser aburrido, pero, como bien dice la RAE, puede haber algo más profundo; es cuando lo que espero de la sociedad o del entretenimiento no me satisface. Y no siempre tiene que ver con la obligatoriedad de las cosas: hasta el tiempo libre te lleva a eso. En el siglo XIX se veía con los aristócratas, que fueron quienes manifestaron ese aburrimiento porque, claro, eran los que tenían el tiempo para hacerlo. Esto no quiere decir, no obstante, que al obrero en la fábrica no le pasase lo mismo. Es como cuando escuchamos esa tontería de «ojalá tuviese tiempo para aburrirme»: en realidad, lo que necesitas es tiempo para ti. Y eso es fruto de cómo el sistema nos fuerza a poner todos los remedios posibles contra el aburrimiento.

Tomando esa descripción, establece cuatro grupos: del aburrimiento situacional, más sencillo, al crónico. Las variables dependen de la duración y del grado de profundidad, que es lo que puede convertir algo psicológico en una enfermedad…

Sí, esa tipología es mi aporte al estudio del aburrimiento. Es un fenómeno con tantas caras que cada uno (desde filósofos a psiquiatras) pone el foco en un punto. Cuando me inicié vi que se hablaba del más común, ese que se refiere a un contexto poco estimulante, funcional, que hace que nos movamos, que exploremos cosas nuevas: simplemente te da una señal. Por otra parte, está el crónico, que es de alguien incapaz de saber qué hacer para dejar atrás el aburrimiento.

«El aburrimiento crónico nos hace frustrarnos y nos deriva a comportamientos desviados, como beber más de la cuenta o hacernos adictos a las pantallas»

La consecuencia es quedarse atrapado y es patológico porque se hace duradero, nos hace frustrarnos. Además, nos derivan a comportamientos desviados, como beber más de la cuenta o ser adictos a las pantallas. Se está viendo si es un trastorno individual, si falla algo a nivel neurológico. Por parte de la filosofía, sin embargo, se habla desde un punto de vista más existencial. A mí me parecía algo inverosímil que todas esas personas que dicen aburrirse constantemente tuvieran un trastorno y me planteé que quizás en algunos contextos es donde se cronifica. Por eso creo que es situacional, que la gente sabe lo que puede hacer para dejar de aburrirse, pero no lo pueden poner en práctica por culpa del contexto. Identifiqué eso y lo llamé aburrimiento situacional cronificado para distinguirlo del que tiene una raíz psicológica y acaba respondiendo de manera explosiva: cuando el aburrimiento permanece durante mucho tiempo, se prolonga hasta niveles insospechados, dando paso a eso que la filosofía ha definido como aburrimiento profundo o existencial. Y ahí es cuando ya todo pierde su sentido. Cuando decimos que no merece la pena levantarse de la cama o vivir. Es una forma patológica que puede llevar a la depresión o el suicidio.

Justo retrocedes al origen de la literatura y las letras para reflejar cómo se comenta ese tedio, desde la Odisea, de Homero, hasta Platón o el Renacimiento.

En la Odisea se habla del aburrimiento en las maniobras bélicas. En Grecia en el de escenas cotidianas. Platón lo menciona por el miedo a que sus discursos sean tan largos que la audiencia se aburra. Séneca introduce una concesión más compleja. Los romanos ricos ya empiezan a sufrirlo. Y en la Edad Media hay un batiburrillo, porque San Agustín habla de un aburrimiento muy sencillito cuando los niños toman la catequesis, pero de uno más profundo de corte espiritual. Hipócrates, por otro lado, recupera la vieja enfermedad de la nostalgia. Y en el Renacimiento hay un caos completo porque hay quienes defienden que es algo normal y quienes defienden que te lleva a una iluminación.

¿Le atribuían efectos positivos, como ahora?

Bueno, en el Renacimiento se tenía claro que para que el aburrimiento te llevase a esa superación tenías que ser antes un genio; no por el simple hecho de aburrirte te volvías más inteligente. Ahora se trata de vender que fomenta la creatividad cuando mucha gente se aburre un sábado por la tarde y en lugar de hacer algo ingenioso se pone a comprar por el móvil. El avance llega en el siglo XVIII o XIX, cuando se deja de mirar toda esa divinidad y los preceptos religiosos y llega el capitalismo incipiente. Entonces el aburrimiento se considera negativo porque sugiere que tienes tiempo libre y, por tanto, no estás exprimiendo tu productividad. Algunos tratan de rebelarse contra eso y a estar más consigo mismos o la naturaleza. La sociedad, por su parte, pone a disposición entretenimientos, lo que nace como ocio.

Surge entonces lo que califica de romantización del aburrimiento, con las obras de Mallarmé o Flaubert.

Sí. Como se está haciendo ahora: decir que el aburrimiento es bueno, que así se consigue explorar lo inexplorado. Da la sensación de que los románticos eran adictos a él y acaban haciendo de ese malestar el hilo conductor de sus obras. Hoy pasa algo parecido: muchos alaban el aburrimiento, pero están inmersos en la hipervelocidad de las pantallas.

Y no son acertadas esas veneraciones.

No, porque además todo son mensajes de bendición. «Por qué es bueno que tu hijo se aburra». «Cómo el aburrimiento beneficia a nuestro cerebro». Me sorprende este bombardeo de eslóganes. Se vende la idea de que el aburrimiento nos hace reaccionar, pero no tiene por qué ser así. Puede no ser beneficioso en absoluto. De hecho, la mayoría de nosotros no salimos ni un poquito de nuestra zona de confort cuando nos estamos aburriendo. Al revés: si estamos viendo una película que no nos gusta, volvemos al menú y ponemos otra. O dejamos un libro y cogemos otro. O miramos Twitter.

«Se vende la idea de que el aburrimiento nos hace reaccionar, pero no tiene por qué ser así: la mayoría de nosotros no salimos ni un poquito de nuestra zona de confort cuando nos estamos aburriendo»

Tenemos pequeñas estrategias muy localizadas a las que recurrimos en esos casos. Y se le suma la adicción al móvil. Porque la mayoría de nosotros no tenemos la predisposición a la creatividad ni a la genialidad que decían en el Renacimiento. Lo que pasa es que ahora se oculta. Yo siempre pregunto a la audiencia en las conferencias que con cuánta frecuencia se aburre y al principio nadie levanta la mano, porque todo el mundo quiere demostrar que tiene una vida muy ocupada. Aburrirse está mal visto. Es una herencia del capitalismo, que empuja a esa mentalidad de la producción frenética.

¿Cuál es la diferencia entre improductividad y aburrimiento?

Descansar o pensar es no ser productivo, pero también es enfrentarse a uno mismo. Y ese es el momento más complicado, porque puedes aburrirte en el trabajo, pero no es culpa tuya. Sin embargo, cuando lo haces contigo mismo es cuando debes analizar ese hastío. Haces un ejercicio reflexivo de conocerte y saber de qué forma quieres emplear ese tiempo con el objetivo de que te reporte algo significativo, que no lo desperdicies. Y también ahí se ve la medicalización del aburrimiento: se cree que cuando uno solo se aburre tiene un problema mental y se le diagnostica un trastorno. No sería de extrañar que dentro de unos años veamos el aburrimiento crónico como una patología en el DSM [Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales].

¿Cómo está comprobándolo en su nuevo proyecto donde sigue el aburrimiento en la tercera edad?

Está siendo muy duro. No tenía ni idea de dónde me estaba metiendo. Mi trabajo era ir a residencias y entrevistarme con personas mayores sobre su estado de bienestar y si se aburren o no. En muchos casos te encuentras con personas que están estupendamente, tan contentas, y luego hay todo lo contrario: personas que están destruidas, que sufren de aburrimiento situacional cronificado y que ya han dado el salto al agujerito profundo, que lo único que quieren es que llegue ya la hora porque esto es insoportable.

«En las residencias hemos creado un espacio muy paternalista, con tareas que no están planteadas para obtener placer sino para mantener destrezas»

Es muy duro escuchar sus historias de vida, cómo es su estado anímico. Es un proyecto muy nuevo y no se había hecho nunca en ninguna parte del mundo. En ese sentido estoy contenta porque si hay resultados se pueden impulsar políticas para mejorar las residencias. De lo que me he dado cuenta, sin embargo, es de que hemos creado estos espacios donde hay un ambiente muy paternalista, con algunas tareas programadas pero no planteadas para obtener placer sino para mantener destrezas físicas o las habilidades cognitivas. No son las que hacen en su casa. No dan continuidad a su biografía. Y mucha gente se aburre, dice que son cosas de niños, como pintar o probar bailes regionales. Son actividades lúdicas para matar el tiempo y no para emplearlo significativamente. Y se observan cambios de humor repentinos o que terminen desarrollando una actitud más violenta o agresiva. Hay que dejar de pensar que las personas mayores tienen menos necesidades.

Para acabar, ¿con qué cree que nos aburrimos en España y con qué se aburre usted?

No hay estudios comparativos de lo que nos aburre en España. Hay algunas publicaciones sobre el administrativo que se aburre con su trabajo más repetitivo o el residente del mundo rural aburrido por falta de ofertas culturales o sociales, pero no me convencen demasiado porque creo que no tienen mucho alcance. Esta semana salió una noticia de que estábamos aburridos de los políticos: quizás eso provoque que participemos menos, que haya más desinterés. Y lo que me pasa a mí es que me aburren muchísimo las conferencias en el entorno académico. Quizás soy la única valiente en decirlo, pero la gente también se aburre mucho y, como veíamos antes, no se atreve por parecer que le interesa. Aunque luego lo hablas y a todo el mundo le pasa, así que a lo mejor llega el momento de decir: «oye, esto nos aburre, vamos a inventar algo distinto».

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