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Rafael Narbona

Elogio del amor

«El amor no es un simple afecto, sino la fuerza que nos arraiga a la vida y el cauce que nos comunica con todo lo existente», señala Rafael Narbona en ‘Elogio del amor’ (Roca Editorial, 2025).

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29
agosto
2025

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Durante dieciocho meses escribí sobre la felicidad y, al poco de finalizar mi trabajo, la vida me propinó uno de esos golpes «tan fuertes» que «abren zanjas oscuras / en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte», según las palabras de César Vallejo en Los heraldos negros.

Cuando Maestros de la felicidad comenzó a circular por las librerías y fui invitado a distintas ciudades para hablar del libro, sentí que la vida ponía a prueba mi elogio del optimismo. Durante semanas, quizá meses, viví un doloroso conflicto interior. Dividido entre lo que decía y lo que sentía, experimenté la sensación de ser un impostor. ¿Me había equivocado? ¿Acaso la vida solo era ruido y furia, como asegura Shakespeare en Macbeth? ¿Se podía ser feliz en un mundo saturado de guerras, hambrunas, catástrofes naturales y enfermedades? ¿Sería mejor no haber nacido o poner fin a todo con un gesto fatal?

En algunos momentos pensé que sí, que el sufrimiento era la nota más característica de la vida y que la nada constituía la mejor alternativa para huir del dolor. Sin embargo, en mitad de la tormenta, cuando la adversidad mostraba su faz más amarga, surgieron inesperados islotes de dicha. Siempre recordaré con gratitud el rostro de Vivien Leigh en el pequeño televisor de un hospital durante una noche aciaga. Contemplar los ojos verdes de la actriz me recordó que ninguna catástrofe puede borrar la belleza de este mundo. Obstinada e indomable, siempre asoma por una esquina, invitándonos a abrazarla.

Unos días después, cuando ya había abandonado el hospital, el mar de la estepa castellana, con sus crestas verdes, amarillas y ocres, volvió a mostrarme la belleza del pequeño rincón del cosmos que sirve de morada a nuestra especie. Al observar un álamo blanco, con su tronco salpicado de musgo y sus ramas desnudas, impacientes por acoger las hojas de la próxima primavera, pensé que la belleza era mucho más que un fenómeno estético. El sol que bañaba esa cálida mañana de invierno me decía que aquel álamo, una espiral de blancura enredada en el aire, era un signo de la verdadera naturaleza del mundo.

Aunque la vida duela en ocasiones hasta el extremo de despertar el anhelo de no ser, alberga un don asombroso que puede curar todas las heridas

Aunque la vida duela en ocasiones hasta el extremo de despertar el anhelo de no ser, alberga un don asombroso que puede curar todas las heridas. Me refiero al amor, que se hizo visible con ese álamo blanco y su capacidad de evocar los paseos de mi juventud con Piedad, mi mujer. Al pie de un álamo blanco, la alegría se respira sin esfuerzo. Solo hay que mirar su tronco, similar a un chorro de espuma, y percibir su impulso ascendente. En esa cercanía no caben la angustia, el miedo o la incomprensión. El amor no es un simple afecto, sino la fuerza que nos arraiga a la vida y el cauce que nos comunica con todo lo existente. Gracias al amor, el porvenir no es un puñado de ceniza a punto de ser aventado, sino una luz que empuja a la oscuridad hasta despeñarla por el horizonte.

Pienso en Piedad, y el amor que siento por ella desmonta las argucias del pesimismo. Al principio solo éramos dos extraños, dos desconocidos que se debatían con la incertidumbre y la pena, pero desde hace cuatro décadas nos une un suave yugo, una atadura que nos hace libres y nos ayuda a deslizarnos entre las sábanas sin el temor a despertar y notar que la soledad no se ha movido de nuestro lado.

No importa el tiempo, no importan las horas ni los ma­len­tendidos, sino lo vivido. Y lo vivido es indestructible. El amor nos salva a diario. Soporta los golpes más fuertes y sobrevive a las tempestades más implacables. El amor me devolvió el júbilo con el que escribí Maestros de la felicidad, pese a que los meses posteriores a su publicación trajeron tristeza, dolor y miedo.

Casi todas las tardes Piedad y yo caminamos entre sauces, castaños y chopos. Los árboles se han convertido en nuestros amigos. Al llegar a una laguna, nos rodean los gansos y las ocas, blancos, enormes, un poco insolentes. Suplican comida, pero no llevamos nada. Después de un rato pierden el interés y prosiguen su camino, primero dispersos, luego en hilera. Siento que mi alma los acompaña un rato, con la inocencia del niño que aún no ha descubierto la precariedad de su existir. Solo el ser humano sabe que algún día será tierra, polvo, ausencia, pero creo que el amor nos exime de ese destino. El amor es aire, espuma, latido, aurora invicta que hace retroceder a las sombras.

Piedad y yo a veces nos detenemos en un merendero con mesas de hierro y madera vieja. Cerca hay un parque infantil, pero sin niños. Nos sentimos acompañados, pese a que muchas tardes nadie se cruza con nosotros. Los pájaros nos observan y nos toman muy en serio. A veces interrumpen su canto para escuchar cómo hablamos de la epifanía de la carne, de ese pequeño infinito de revelaciones y complicidades, cercanías y transparencias, anhelos y claridades. Cuando contemplamos las montañas lejanas y sus cumbres puntiagudas, nos parecen un mirador para los que celebran la existencia del mundo. En una ocasión nos encontramos con un juguete de plástico, presumiblemente de un niño que lo había extraviado. Era un coche de colores, y desapareció en mi mano cuando la ahuequé para comprobar si el tamaño de la esperanza podía albergar un corazón humano.


Este texto es un fragmento de ‘Elogio del amor’ (Roca Editorial, 2025) de Rafael Narbona. 

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