El racismo campechano de Mariano Rajoy
El expresidente asume el marco xenófobo de la ultraderecha con un relato temerario sobre la piel y la nacionalidad legítima, tomando como ejemplo la ausencia de blancos en la selección francesa.
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El Mundial ha terminado por levantar el acta notarial de nuestra época casi a traición. El fútbol es la gran fiesta del mestizaje. Los equipos que hoy asustan no son laboratorios de pureza patria, sino escaparates de una sociedad abierta capaces de facturar talento integrando orígenes. Francia, indiscutible faro balompédico de las últimas décadas, representa esa variedad étnica heredada de su propio laberinto colonial. Por eso resulta tan sumamente perturbador que Mariano Rajoy haya emborronado un folio para dictaminar que la selección francesa juega «sin franceses».
No es un descuido. Es un marco mental rígido. El expresidente del Gobierno lleva semanas desperdiciando tinta en las páginas de El Debate con columnas tan previsibles como prescindibles; una ración de lugares comunes, humor de casino de provincias y observaciones tácticas que mueren mucho antes del pitido final. Literatura funcionarial que se lee con la misma desgana con la que se redacta.
La boutade racista estalla en mitad de la modorra general. Asombra la ligereza con la que un registrador de la propiedad asocia la pigmentación de la piel al derecho de ciudadanía. Rajoy quiere blancos, o sea. El subtexto de su prosa dominical se resiente de una transparencia obscena: ni moros ni negratas. Para el expresidente, el pasaporte de la República Francesa se valida en la dermis y no en la Constitución.
Francia, indiscutible faro balompédico de las últimas décadas, representa esa variedad étnica heredada de su propio laberinto colonial
Su ignorancia tropieza de frente con la tozudez de los datos oficiales de la FIFA. Veintitrés de los veintiséis futbolistas convocados por Francia han nacido en territorio francés. Son hijos de la República, educados en sus escuelas, criados en las banlieues de París, Lyon o Marsella. El prejuicio queda desarmado por completo: no son extranjeros importados para ganar partidos, son franceses de pleno derecho que reflejan la Francia real.
El fenómeno de la exportación identitaria opera en la dirección opuesta a la que imagina la derecha biempensante. Son las selecciones del norte de África, singularmente el combinado de Marruecos, las que nutren sus filas con futbolistas nacidos y criados en España o en Francia. El flujo del talento desafía las líneas cartográficas y los esquemas del nacionalismo biológico.
El pedigrí de la ocurrencia de Rajoy es siniestro. Jean-Marie Le Pen ya soltó la misma bilis en el 98, asegurando que aquella Francia campeona no representaba al país porque demasiados de sus jugadores no respondían a su ideal étnico de nación. El vocabulario se ha sofisticado para hacerse digerible; la sospecha permanece inalterable. El concepto de ciudadano europeo queda rebajado a una categoría zoológica sometida al examen de extranjería de la extrema derecha.
Ahí radica la verdadera victoria del populismo identitario. Haber conseguido que un político de la derecha tradicional, un hombre que ha encarnado la gravedad institucional del Estado, reproduzca semejante idea con la naturalidad pasmosa de quien comenta un córner mal sacado o un fuera de juego milimétrico. El racismo contemporáneo ha aprendido a despojarse del uniforme y el brazalete. Prefiere disfrazarse de sentido común, de ocurrencia campechana, de nostalgia por un orden perdido que jamás existió. Se ha vuelto costumbrista. Y precisamente por su apariencia inofensiva, resulta muchísimo más peligroso.
El racismo contemporáneo ha aprendido a despojarse del uniforme y el brazalete
Una democracia madura puede soportar a un mal articulista –los sufrimos a diario–, pero resulta inadmisible que un político de la envergadura de Rajoy juegue a sexar la pureza étnica de un combinado nacional. Lo hace sin darse cuenta de que con el mismo dedo que señala a los delanteros de París está apuntando directamente a Lamine Yamal, a Aymeric Laporte o a Nico Williams.
La xenofobia de brocha gorda no entiende de fronteras pirenaicas: si Kylian Mbappé es un intruso en su país por sus apellidos o su piel, los héroes de nuestra última Eurocopa tampoco tardarán en necesitar el certificado de RH de la España cañí para complacer al reaccionario local. El origen de un ciudadano de Rocafonda o de Bilbao es tan legítimo como el de un registrador de Santiago de Compostela.
Aludimos siempre con desprecio –y con razón– a la mafia de la FIFA, a la facilidad con la que Gianni Infantino naturaliza dictaduras sangrientas a cambio de petrodólares, o a la rampante corrupción trumpista que sobrevuela los palcos VIP de los estadios norteamericanos. Pero al mismo tiempo, debemos reconocer que el Mundial aloja las cualidades de una apología de la integración y del cosmopolitismo. Existe una virtud pedagógica colosal en este artefacto de masas que opera hoy como el mejor antídoto contra el discurso xenófobo que asola a Occidente.
En un momento de repliegue identitario, muros de hormigón y fronteras mentales, el torneo exhibe el feliz y caótico ajetreo de futbolistas de origen multirracial a quienes nadie les reclama el árbol genealógico mientras driblan a tres contrarios o marcan un gol por la escuadra. El césped se ha convertido en el único territorio del planeta donde la procedencia es una riqueza colectiva y no una amenaza.
La paradoja de esta esquizofrenia cultural encuentra su máxima expresión en la hipocresía de Suiza, el pulcro hogar de la propia FIFA. Una nación propensa a la endogamia social, que mira de reojo y con indisimulada desconfianza al inmigrante, vibra y se abraza estos días gracias al talento de hasta catorce futbolistas foráneos o de profundas raíces extranjeras en sus filas.
El gol de la victoria helvética lo celebra en el balcón el mismo ciudadano ejemplar que mañana acudirá a las urnas para votar en referéndum la restricción de los derechos civiles del extranjero. El fútbol retrata nuestras miserias coloniales y morales para, un segundo después, disolverlas en la catarsis de la celebración colectiva.
El verdadero enfoque de la deriva que presenciamos es el racismo cultural de Rajoy y la alarmante naturalidad de una xenofobia que cada vez caracteriza más a la amalgama de la derechona tradicional y la ultraderecha desacomplejada. Ambas corrientes han firmado una tregua ideológica para compartir el mismo lenguaje de exclusión. El fútbol nos demuestra que la identidad no es un pozo estanco, sino un río caudaloso que se nutre de afluentes diversos. Lástima que algunos prefieran quedarse en la orilla, midiendo el color del agua y perdiéndose el espectáculo del juego.
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