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Derechos Humanos

De nuevo, ¿un día internacional de los Derechos Humanos sin sonrojarnos?

Los derechos humanos son de las sociedades, de las ciudadanías, son nuestros. Podemos mirar hacia otro lado, silenciando el problema desde una conciencia social anestesiada, o podemos actuar sin demora, cada cual según sus posibilidades y responsabilidad.

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10
diciembre
2025
Manos Unidas (Colombia)

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Cada 10 de diciembre llega puntual la conmemoración del Día Internacional de los Derechos Humanos. Momento de retórica institucional, de análisis sesudos y por desgracia, para el común de los mortales, de indiferencia y desconocimiento: ¿cómo hablar de derechos humanos a millones de seres humanos para quienes esa expresión nunca significará nada en su inhumana existencia?

La realidad que no podemos ignorar

Los datos de 2024 son demoledores: cada 14 horas, un defensor de derechos humanos o trabajador de medios de comunicación fue asesinado o desapareció. En total, al menos 625 personas. Casi una de cada tres mujeres (unos 840 millones en todo el mundo) ha sufrido violencia por parte de su pareja o de carácter sexual a lo largo de su vida, una cifra que apenas ha variado desde el año 2000. Una de cada cinco personas es rechazada por razón de origen, sexo, raza, religión o estatus socioeconómico dentro de un sistema de discriminación que ya no es raro ni aleatorio, sino generalizado. Son casi 2.300 millones los seres humanos atrapados en las garras de la inseguridad alimentaria. Y muchos millones más vieron sus vidas sesgadas por conflictos, muchos de ellos bien lejos de Ucrania y Palestina.

Alguien podría pensar que este planteamiento no honra lo suficiente los avances en esta materia. Sin embargo, no se trata de eso: no pretende desmerecer los avances logrados desde 1948. Nadie niega lo conseguido por generaciones anteriores, pero no cabe escondernos detrás de antiguas glorias para no afrontar nuestro doloroso presente de manera eficaz.

Las preguntas incómodas

Se trata más bien de preguntarnos: ¿por qué la implementación de los derechos es tan lenta?, ¿por qué sólo en parte de nuestro mundo?, ¿por qué tantos retrocesos incluso en países tradicionalmente democráticos?… y, sobre todo: ¿cómo atrevernos a hablar de derechos humanos a millones de seres humanos condenados a vivir sin derechos, cuando su vulneración no es una fatalidad sino una vergüenza para nuestra humanidad?

Para las instituciones, los derechos humanos constituyen ante todo un espacio de notoriedad. Para los analistas, una fuente inagotable de análisis que rozan la infoxicación. Para buena parte de la élite política, permiten construir discursos políticamente correctos sobre aquello en lo que no creen.

¿Por qué la implementación de los derechos es tan lenta?, ¿por qué sólo en parte de nuestro mundo?

¿Merece la pena tanto tiempo, esfuerzo y recursos para constatar lo que ya sabemos? Vivimos en una situación de «flagrante desprecio por los derechos humanos» tal y como afirma Volker Türk, Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

Volver a lo esencial

La respuesta es sí: merece la pena. Pero, quizás, en lugar de tanta teoría, retórica o discurso autocomplaciente, urge resituar los derechos humanos dentro de su significado humanizador: son vida y nada más que vida. Nacieron para dignificar la existencia de todo ser humano: un plato de comida garantizado, acceso al agua potable, educación para la infancia, salud al alcance de cualquiera, vivienda donde abrigarse, espacios de libertad para seguir creciendo.

Cambiaría el significado de los derechos humanos para millones de personas si cada 10 de diciembre celebráramos esas pequeñas grandes conquistas con nombre: Hambre Cero, Pobreza Cero, Salud Universal, Educación Universal, Trabajo Digno. Porque en realidad, los derechos humanos no hablan de otra cosa que, de sustento, educación, respeto, igualdad, trabajo decente, ley justa, libertad de expresión y paz.

De ahí lo acertado del lema de la campaña de la ONU de este año: «Derechos Humanos: lo esencial de cada día», que pretende acercar la Declaración Universal a nuestra cotidianidad. Lástima que se mire sólo desde la perspectiva de nuestra cotidianidad, y no de la de aquellos seres humanos que malviven alejados de cualquier normalidad.

Lo que está en nuestras manos

Los derechos humanos son de las sociedades, de las ciudadanías, son nuestros. Podemos mirar hacia otro lado, silenciando el problema desde una conciencia social anestesiada, o podemos actuar sin demora, cada cual según sus posibilidades y responsabilidad.

Cada gesto, por muy pequeño que parezca, cuenta enormemente:

Apoyar organizaciones de la sociedad civil que (como Manos Unidas entre otras muchas) se proponen dignificar la vida de sociedades y personas consideradas como sacrificables.

Denunciar tanto la vulneración como la manipulación de los derechos humanos. Crecen planteamientos que acaban pidiendo nuestros apoyos para construir sociedades basadas en el racismo, xenofobia, exclusión y dominio.

Señalar las contradicciones: la globalización que frena el desarrollo de los pueblos; la seguridad fronteriza que pisotea los derechos de migrantes o los autoritarismos que destruyen la paz.

No hay que parar el mundo, sino transformarlo

El actor, humorista y escritor estadounidenses Julius Henry Marx dijo: «Paren el mundo que yo me bajo». Sin embargo, también podemos pensar en que el mundo no se pare y subirnos a él esperanzados, combativos y comprometidos con los derechos humanos.

Los derechos humanos son también las conquistas diarias de quienes se niegan a aceptar lo inaceptable

Sí, vivimos tiempos en los que la indiferencia se ha disfrazado de prudencia; el desinterés, de respeto; la complicidad, de neutralidad. A nuestro lado, por la flagrante vulneración de sus derechos, nos encontramos con silencios de gente que ya no puede hablar, y con gritos de los que ya no aguantan más.

Pero también vivimos tiempos de resistencias creativas, de solidaridades que atraviesan fronteras, de jóvenes que no se resignan, de organizaciones que cada día salvan vidas y dignifican existencias. Cada pequeña victoria cuenta: cada niño que vuelve a la escuela, cada mujer que escapa de la violencia, cada comunidad que recupera su tierra, cada voz silenciada que vuelve a escucharse.

Los derechos humanos son también las conquistas diarias de quienes se niegan a aceptar lo inaceptable. Y son posibles porque hay personas que, aunque nadie las aplauda, siguen diciendo que hay realidades tremendamente injustas para buena parte de nuestra humanidad y que las cosas pueden cambiar.

En la conmemoración de hoy, alcemos la voz por quien no puede. Sonrojémonos como humanidad, sí; pero también atrevámonos a creer que otro mundo es posible, y demos pasos para construirlo, un gesto cada la vez.


Fidele Podga Dikam es coordinador Técnico Estudios y Documentación de Manos Unidas.

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