Las curvas de la felicidad
La felicidad no se mueve en línea recta, pero hay patrones que parecen repetirse en circunstancias muy diferentes. Algunas investigaciones revelan que nos cuesta más encarar la existencia entre los 45 y los 50 años, pero la curva de la felicidad está cambiando.
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La crisis de la mediana edad suele aparecer entre los 40 y los 50 años y, según diversas investigaciones, es un patrón que se repite. La felicidad tiende a descender de forma gradual hasta tocar fondo en torno a la mitad de la vida, para luego remontar de nuevo. Es decir, una trayectoria con forma de U que se manifiesta incluso cuando todo parece estar bien. Andrew Oswald y Andrew Clark fueron los primeros en identificar esta tendencia en 1994 cuando estaban analizando la relación entre la felicidad y el empleo. Posteriormente, otras investigaciones han confirmado esta trayectoria. Sin embargo, parece que investigaciones más recientes empiezan a observar un cambio de tendencia: la juventud es ahora uno de los periodos más complicados de la vida. ¿Cómo se dan las curvas de la felicidad?
El libro The Happiness Curve: Why Life Gets Better After Midlife, de Jonathan Rauch, empieza explicando el caso de Karl, un hombre de 45 años que, aparentemente, tiene todo: un doctorado, un trabajo que le gusta, un matrimonio (que va más o menos bien) y dos hijos. Su historia es similar a la de muchos hombres que han conseguido tener éxito. Creció en un entorno rural y disfrutó de una gran libertad en su juventud como estudiante en Nueva York. Cuando llegó a los 30 años empezó una etapa más estable: acabó su posgrado, buscó un empleo y dejó una relación algo informal para iniciar otra más seria. A los 39 años, estaba casado, tenía dos hijos y un buen empleo. Aunque esa responsabilidad supuso un cambio radical en su vida, era algo que le gustaba y le hacía sentir bien. Sin embargo, al llegar a los 40 empezó a sentirse insatisfecho. Cambió su trabajo por otro en una organización sin ánimo de lucro. Fue un cambio positivo, pero seguía sin ser capaz de estar bien. Era como si alcanzar todo lo que se supone que quería no fuera suficiente.
Rauch también habla de personas que habían pasado por lo mismo pero que, al llegar a los 50, empezaron a sentirse mejor. Es el caso de Dominic, para quien sus 40 fueron una etapa de estrés y búsqueda personal, pero con los 50 esa sensación se transformó. «Hubo una especie de revalorización de lo que había hecho y de dónde estaba», cuenta. Volvió a los valores de su infancia, a las relaciones que le importaban y a apreciar todo aquello que tenía. Donde antes sentía estrés o frustración, ahora sentía gratitud. No había habido cambios radicales en su vida, sino en cómo veía su vida.
El bienestar tiene una forma de U en función de la edad en todos los contextos
Estas experiencias personales coinciden con hallazgos más amplios de la investigación científica. Uno de los más relevantes es el de David Blanchflower, quien asegura que el bienestar tiene una forma de U en función de la edad en todos los contextos. Para su investigación, analizó diferentes datos sobre la relación entre el bienestar —definido de diversas maneras— y la edad e incluyó factores como la educación, el estado civil o el desempleo. Encontró siempre la misma curva en 132 países (entre ellos, 95 en desarrollo y 37 desarrollados): un descenso del bienestar que toca fondo alrededor de los 47 años y luego vuelve a remontar.
Una curva en movimiento
Aunque la curva de bienestar parece repetirse de forma consistente, medir la felicidad no es sencillo. Rauch también afirma que «la felicidad no es racional, predecible ni está vinculada de forma fiable a nuestras circunstancias objetivas». Investigaciones como las de Carol Graham profundizan en estas diferencias y muestran cómo el contexto y las características individuales modifican la forma de la curva. En 2016, junto con Julia Ruiz, Graham publicó una investigación que también demostraba la curva en forma de U, pero con algunas diferencias. La profundidad y el momento exacto de esa caída del bienestar dependen tanto del contexto del país como de las características individuales. Por ejemplo, en lugares con mayores niveles promedio de bienestar, el punto más bajo de la curva suele aparecer antes. Además, indicadores de malestar como el estrés parecen seguir un patrón inverso. Es decir, aunque se sigue observando un patrón en forma de U, también influyen otros aspectos de nuestras vidas y crean trayectorias mucho más complejas.
De hecho, un estudio publicado en 2025 también apunta cambios importantes en la trayectoria de la felicidad: la juventud ya no es uno de los mejores periodos de la vida, sino más bien lo contrario. Este estudio apunta algunas hipótesis de este cambio de tendencia en el estado de ánimo de la juventud.
Un estudio de 2025 muestra que la juventud ya no es uno de los periodos más felices de la vida
Por un lado, las últimas crisis globales han tenido un fuerte impacto en todas las generaciones. Algunas de las consecuencias de la crisis de 2008 aún persisten, como la precariedad y las dificultades para acceder a un empleo o poder pagar una vivienda. Además, la pandemia afectó de forma muy intensa la salud mental de las generaciones más jóvenes. Por otro lado, este estudio también invita a reflexionar sobre la relación de este fenómeno con las nuevas tecnologías. El aumento del uso del teléfono móvil coincide con el crecimiento de esta insatisfacción y que la comparación constante con la vida que otras personas proyectan en redes sociales está afectando la percepción que los jóvenes tienen de su propia vida.
Aunque la crisis de la mediana edad siga existiendo o se desplace en el tiempo, la experiencia de cada generación puede ser completamente distinta. Comprender estas transformaciones no solo ayuda a interpretar mejor las curvas de la trayectoria personal, sino también a diseñar políticas y hábitos que fomenten el bienestar a lo largo de todas las etapas de la vida.
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