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Tendencias ESG 2026 de Forética

2026: cuando la sostenibilidad deja de ser un guion y se convierte en una decisión

En un escenario global cada vez más complejo, la sostenibilidad experimenta un cambio en su percepción y enfoque.

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2025 ha sido un punto de inflexión para Europa. Un año marcado por el aumento de las tensiones geopolíticas, la intensificación de los riesgos climáticos y la visibilidad creciente de brechas sociales que atraviesan nuestras economías. La acumulación de crisis —energética, climática, tecnológica y democrática— ha erosionado muchas de las certezas que dábamos por asumidas. En este contexto, la sostenibilidad entra en 2026 en una nueva fase: menos apoyada en automatismos y más ligada a decisiones estratégicas; menos centrada en el cumplimiento y más orientada al valor.

Durante la última década, el debate ESG ha estado fuertemente condicionado por la agenda regulatoria y por la necesidad de reportar. Hoy, sin embargo, la pregunta ha cambiado. Ya no es solo qué hay que medir o declarar, sino qué decisiones deben tomar las organizaciones para seguir siendo competitivas y resilientes en un entorno mucho más volátil. El Informe de Tendencias ESG 2026 de Forética identifica cinco grandes vectores que marcarán esta transición y que comparten un mismo mensaje de fondo: la sostenibilidad deja de ser un programa accesorio para convertirse en una forma de gestionar el negocio y el riesgo.

Europa se enfrenta, en este sentido, a una auténtica prueba de fuego. Tras varios años de intensa producción normativa, la Unión entra en una fase de revisión y ajuste que reduce presión administrativa, redefine umbrales y busca mayor seguridad jurídica. Este proceso ha reactivado una polarización conocida entre quienes defienden una relajación de la ambición y quienes temen que cualquier corrección suponga un retroceso. Sin embargo, para las empresas la cuestión es menos ideológica y más estratégica. Que haya menos obligación normativa no significa que el mercado sea menos exigente. Inversores, clientes y talento siguen valorando la sostenibilidad como un indicador de calidad, innovación y visión de largo plazo. En 2026, la clave estará en decidir qué se mantiene por estrategia, no por obligación, y en cómo convertir la sostenibilidad en una palanca explícita de competitividad, eficiencia, autonomía energética y atracción de talento.

En 2026, la clave estará en decidir qué se mantiene por estrategia, no por obligación

Este cambio de enfoque también se refleja en el ámbito de las finanzas sostenibles. El llamado «tándem virtuoso», que durante años asoció sostenibilidad con mayor rentabilidad y menor riesgo, se ha enfriado. La crisis energética derivada de la invasión de Ucrania, el ruido político y el impacto disruptivo de la inteligencia artificial han generado volatilidad y han ralentizado o reestructurado algunos productos ESG. Lejos de interpretarse como un fracaso, este momento puede leerse como una fase de transición hacia una mayor madurez del mercado. Europa sigue concentrando el grueso de las finanzas sostenibles y los bonos verdes continúan marcando récords. En la agenda empresarial de 2026, el foco estará en reforzar la trazabilidad de los datos y, sobre todo, en vincular de forma clara la sostenibilidad con los resultados económicos: inversión, costes operativos, gestión de riesgos y coste de capital. Menos relato genérico y más tesis financiera sólida.

Al mismo tiempo, la dimensión social vuelve al centro del debate. Vivimos un contexto de creciente polarización, pérdida de confianza institucional y mayor volatilidad económica. Aunque a escala global la desigualdad haya disminuido por el crecimiento de las clases medias en países emergentes, en las economías avanzadas pesan la concentración de riqueza, el estancamiento de las rentas medias y el impacto persistente de la inflación. Estas tensiones se ven amplificadas por el ecosistema digital y las redes sociales. En España, el foco se sitúa de manera especial en los jóvenes, el acceso a la vivienda y la pobreza infantil. Para las empresas, el reto es cada vez más práctico. La legitimidad empresarial se medirá por su contribución tangible a la estabilidad social: crear empleo de calidad, invertir en formación y recualificación, y asegurar que la transición digital y verde no deje a nadie atrás. En 2026, el desafío será pasar de iniciativas sociales dispersas a una agenda coherente, conectada con el negocio y evaluada por su impacto real, no solo por el volumen de actividad.

En el ámbito ambiental, el debate climático entra también en una fase de mayor realismo. El escenario de limitar el calentamiento global a 1,5 ºC se aleja. Para sostener ese objetivo existiría un «presupuesto» aproximado de 170 gigatoneladas de CO₂, lo que exigiría una desconexión casi total de los combustibles fósiles antes de 2030, algo que no encaja con la trayectoria actual. No se han alcanzado aún los picos de consumo de carbón y petróleo, y la propia Agencia Internacional de la Energía anticipa la estabilidad del petróleo a corto plazo. Asumir esta realidad no implica abandonar la mitigación, sino reforzar una dimensión hasta ahora secundaria: la adaptación. Cada décima de grado cuenta, porque cada incremento se traduce en fenómenos más intensos y en impactos directos sobre activos, infraestructuras, logística, salud laboral y costes aseguradores. En 2026, será clave mapear riesgos físicos por activo y cadena de valor, priorizar la resiliencia y revisar los esquemas de cobertura y gestión de seguros.

El escenario de limitar el calentamiento global a 1,5 ºC se aleja

El agua emerge, en este contexto, como el gran vector de riesgo físico del siglo XXI. Aunque cubre dos tercios del planeta, el acceso seguro al agua dulce es ya uno de los mayores retos globales y afecta a más de 2.000 millones de personas. Las sequías más frecuentes y las precipitaciones más extremas aumentan la volatilidad hidrológica y la necesidad de infraestructuras de abastecimiento, canalización y protección. Para las empresas, la implicación estratégica es doble: invertir en eficiencia, reutilización y digitalización, y avanzar en la colaboración público-privada para gestionar cuencas y sistemas. En 2026, será fundamental reevaluar la materialidad del agua por geografía y proceso y evolucionar del enfoque de «neutralidad» hacia un impacto neto positivo, en colaboración con las administraciones y el territorio.

Las cinco tendencias apuntan en la misma dirección: el ESG deja de ser un guion predefinido y pasa a ser una forma de gestionar competitividad y resiliencia. Este enfoque estará muy presente en la sesión anual del Consejo Empresarial Español para el Desarrollo Sostenible, que se celebrará el 19 de febrero en Madrid, como espacio de diálogo entre líderes empresariales comprometidos con una Europa más fuerte, innovadora y justa. En 2026, ganarán aquellas organizaciones que mantengan la ambición por estrategia, no por obligación, que traduzcan la sostenibilidad a fundamentos económicos, que actúen sobre las brechas sociales con foco en la oportunidad, que aceleren la adaptación sin abandonar la mitigación y que traten el agua como un activo estratégico. Porque en un mundo con menos certezas, la sostenibilidad ya no es una promesa de futuro, es una decisión de presente.


Germán Granda es director general de Forética.

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