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Cuando ayudar a morir es la respuesta

En la cultura contemporánea hemos aprendido a combatir el dolor físico, a mitigarlo, a hacerlo cada vez más soportable. Pero no hemos sabido hacer lo mismo con el sufrimiento del «alma».

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25
mayo
2026

Hay hechos que no admiten una opinión inmediata, como si el juicio apresurado fuera, en sí mismo, una forma de frivolidad. Exigen un tiempo, una cierta decantación interior, y aun así, a pesar de que ya hayan dejado de ocupar titulares, nos siguen produciendo una incomodidad persistente, un pudor a escribir sobre ellos.

La muerte de Noelia Castillo —su eutanasia— pertenece a esa clase de hechos. No tanto por lo que tiene de singular, la juventud de Noelia y su triste historia, sino por la extraña serenidad con la que ha sido acogida. Una serenidad, mezcla de respeto, compasión y asentimiento que, sin embargo, deja tras de sí una inquietud difícil de describir. Como si algo no terminara de encajar y, aun así, nadie quisiera señalarlo del todo.

Conviene decirlo desde el principio: hay en esa historia un dolor que no admite discusión, el dolor personal de Noelia —real, profundo, incontestable—, pero quizá lo perturbador no sea su dolor, sino el vacío que la rodeó durante toda su vida. El fracaso de un Estado que, a través de las distintas administraciones que lo representan, no logró ofrecerle alternativas suficientes para seguir adelante. El fracaso de una sociedad que observó, que empatizó, pero que fue incapaz de dar sentido a su sufrimiento, de transformar su desesperanza, y que, en último término, transmitió un mensaje implícito también desesperanzador: cuando la vida se torna sufrimiento —grave, crónico, imposibilitante— y alguien decide ponerle fin, es aceptable su eutanasia; asumiendo, para tranquilidad de todos, que esa aceptación lo es en defensa de la libertad individual, de la dignidad, de una decisión respetable que, precisamente por serlo, parecería cerrar cualquier interrogante.

Sin embargo, esa aceptación —que respetamos, porque como escribió Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido: «Ningún hombre debe juzgar a menos que se pregunte con absoluta honestidad si en una situación similar no habría hecho lo mismo»—, no cierra el interrogante. Hay preguntas que no se dejan clausurar tan fácilmente. ¿Cuándo la vida se torna sufrimiento, y este se vuelve persistente, la única respuesta debe ser la eutanasia?

¿Cuándo la vida se torna sufrimiento, y este se vuelve persistente, la única respuesta debe ser la eutanasia?

En la cultura contemporánea hemos aprendido a combatir el dolor físico, a mitigarlo, a hacerlo cada vez más soportable. Pero no hemos sabido hacer lo mismo con el sufrimiento del «alma», un dolor más difuso, más obstinado, que no remite con tratamientos ni desaparece tan fácilmente.

El sufrimiento, en ese sentido, se ha vuelto casi obsceno. Algo que conviene ocultar, resolver, acallar. Y, sin embargo, el sufrimiento, sin dejar de ser aquello que nadie elegiría, contiene una forma superior de conocimiento, sobre la que no ha dejado de reflexionar la religión, la filosofía y la tradición literaria.

Fiódor Dostoyevski, que conoció el umbral de la muerte, la intemperie del presidio siberiano, hizo de esa experiencia – también de su epilepsia, su adicción al juego y sus dificultades económicas–, una vía de exploración moral. Sus personajes no son mejores por sufrir, pero tampoco son los mismos después de hacerlo. Hay en ellos una transformación que solo alcanzan tras permanecer en el subsuelo.

Algo parecido, también íntimo y desgarrado, ocurre en Hermann Hesse. En su obra, el sufrimiento no es tanto una prueba como una fractura. En novelas como El lobo estepario, el individuo no solo padece: se descompone, roza la tentación de desaparecer. Y, sin embargo, no es en la huida donde encuentra salida, sino en la lenta y difícil tarea de atravesar esa ruptura. El sufrimiento no se resuelve: se habita. Y en ese habitar, a veces, se transforma.

Frente a esa tradición, la modernidad ha ensayado otra solución: eliminar el problema en su raíz. Aldous Huxley lo anticipó con singular lucidez en su novela Un mundo feliz: una sociedad en la que el dolor ha sido erradicado, no porque haya sido comprendido, sino porque ha sido suprimido. El precio, sin embargo, no es menor: una humanidad desnaturalizada por la ausencia de sufrimiento, incapaz de amar y de sufrir, de vivir soportando las contradicciones inherentes a nuestra imperfecta y frágil y mortal naturaleza.

El sufrimiento no se resuelve: se habita. Y en ese habitar, a veces, se transforma

Tal vez por eso resulte tan incómoda, tan persistente, la imagen de la cruz que –como escribe San Pablo en su primera carta a los Corintios– es «locura para los judíos, escándalo para los gentiles». La cruz como máxima expresión del sufrimiento. La cruz como poder transformador que nos enseña algo que nos cuesta aceptar: que el sufrimiento no siempre puede evitarse y que el secreto que en si mismo encierra solo se descubre si en lugar de luchar sin éxito por eliminarlo, lo abrazamos como forma de redención.

Así lo entendieron algunos en los campos de exterminio nazis, como Viktor Frankl, quien tras sufrir la experiencia del campo de Auschwitz y constatar que quienes tuvieron más probabilidades de sobrevivir al horror no fueron necesariamente los más fuertes físicamente, sino aquellos que mantenían un propósito o sentido para mantenerse con vida, escribió: «Si hay sentido en la vida, entonces debe haber un sentido en el sufrimiento».

No se trata, claro está, de idealizar el dolor. Ni de exigir heroísmos ajenos. Ni mucho menos de juzgar decisiones que se toman en el límite, allí donde las categorías habituales dejan de servir.

Pero sí, quizá, de resistirse a aceptar, en esta época en la que casi todo puede sustituirse, que hay algo que sigue sin admitir reemplazo: cada vida concreta, con su carga de dolor y de sentido posible, con su carácter irrepetible.

Quizás ahí resida la cuestión que preferimos no formular del todo. No tanto si alguien tiene derecho a morir —que probablemente lo tenga—, sino por qué, entre todos, hemos llegado a construir un mundo en el que, cuando una persona considera su sufrimiento insoportable, para la mayoría de las personas, morir empieza a parecer la respuesta más razonable.

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