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La cartografía del mañana: por qué el futuro depende de nuestra imaginación

La imaginación es el motor invisible de la educación, la materia prima de las artes, el origen de toda invención y el auténtico catalizador del emprendimiento.

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10
agosto
2026

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La crisis climática se agrava, la transición hacia las energías limpias pierde impulso y nuestros sistemas educativos siguen sin ofrecer a los estudiantes las herramientas necesarias para imaginar y construir el futuro. En este contexto de estancamiento intelectual, el verdadero déficit global no es de recursos materiales, sino de ambición creativa. Para afrontar los grandes desafíos de nuestra época, debemos replantearnos la manera en que abordamos los problemas complejos.

Con demasiada frecuencia se menosprecia la imaginación, considerándola una fantasía infantil o un pasatiempo artístico. Se trata de un error de cálculo histórico. La imaginación es el motor invisible de la educación, la materia prima de las artes, el origen de toda invención y el auténtico catalizador del emprendimiento. Ninguna empresa disruptiva nace de la mera optimización de lo que ya existe; surge de la capacidad de visualizar un escenario sin precedentes. Steve Jobs, en Apple, no se propuso simplemente mejorar el teléfono móvil; imaginó una extensión de la mano humana completamente nueva y polivalente. En el ámbito científico, la fusión nuclear, la posibilidad de reproducir en la Tierra la energía de las estrellas, pudo concebirse tras siglos de avances teóricos en física, química y matemáticas, impulsados por mentes que se atrevieron a mirar más allá de lo visible. Por desgracia, seguimos tratando la imaginación como un don reservado a unos pocos, cuando en realidad es un músculo colectivo que se fortalece con el uso.

Europa, inmersa actualmente en profundos debates sobre la modernización de su modelo económico, no puede permitirse aulas que funcionen como cadenas de montaje intelectuales, donde se evalúe a los estudiantes por su capacidad de memorizar respuestas previsibles. Debemos fomentar activamente su imaginación y romper los compartimentos estancos entre disciplinas. No se trata de sustituir el rigor por la asociación libre ni por ensoñaciones ajenas a toda restricción objetiva. Se trata de convertir el rigor interdisciplinar en el punto de partida del pensamiento lateral, o lo que Winston Churchill denominó «pensamiento en espiral».

Seguimos tratando la imaginación como un don reservado a unos pocos, cuando en realidad es un músculo colectivo que se fortalece con el uso

Este cambio no responde a un debate académico abstracto: ahora es una cuestión de supervivencia global. Los grandes retos a los que nos enfrentamos, como el cambio climático, la gestión del uso del agua y la energía, no se resolverán repitiendo las fórmulas que los provocaron. Las cumbres climáticas se estancan en la burocracia porque seguimos intentando resolver problemas del siglo XXI con marcos geopolíticos del siglo XX. La transición energética, la descarbonización profunda y la gestión de la escasez de agua dependerán estrictamente de nuestra capacidad para idear soluciones nuevas. Necesitamos una ingeniería audaz, capaz de diseñar y llevar al mercado reactores de fusión, modelos económicos que midan el progreso más allá del crecimiento lineal y tecnologías de captura de carbono que hoy todavía parecen propias de la ciencia ficción. Si no somos capaces de imaginar un planeta sostenible, nunca sabremos cómo construirlo.

Afortunadamente, la materia prima de esta revolución creativa ya forma parte de nuestro pasado. Los grandes avances de la humanidad nunca se han producido en el vacío. La búsqueda de una energía de fusión ilimitada se basa en teorías atómicas que se remontan a Demócrito, Marie Curie y Hans Bethe, reinterpretada a lo largo de siglos de conocimiento acumulado. Del mismo modo, Michael Faraday, Nikola Tesla o Tim Berners-Lee no inventaron la realidad desde cero; combinaron fragmentos de saber existentes a través del prisma de una imaginación expansiva. Al estudiar los mapas conceptuales con los que otras civilizaciones afrontaron sus crisis existenciales, podemos descubrir patrones útiles para resolver las nuestras. La historia no es un museo estático de respuestas muertas, sino un conjunto de herramientas vivas que esperan ser combinadas de formas totalmente nuevas.

No nos enfrentamos a una crisis de capacidad técnica, sino a una crisis de perspectiva. Si queremos que la próxima generación de estudiantes, inventores y ciudadanos sea capaz de orientarse en esta era de incertidumbre, debemos enseñarles a trazar el mapa de sus propias ideas. El futuro es un atlas lleno de promesas y oportunidades extraordinarias, pero solo una imaginación disciplinada puede ofrecernos la brújula necesaria para recorrerlo.


 David J. Jarvis es senior Research Professor de UAX Madrid

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