El futuro de la competitividad se decide en la energía
Mientras Estados Unidos y China consolidan su ventaja energética, Europa carga con una dependencia energética cercana al 70%, fruto de su adicción a combustibles fósiles que no tiene.
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Europa está en proceso de despertar, pero el camino es largo. Lleva más de una década perdiendo terreno frente a Estados Unidos y China en los principales indicadores: productividad, inversión en tecnología, capacidad de convertir buenas ideas en grandes empresas… Pero probablemente ningún frente sea tan crítico como el coste y la procedencia de la energía, que ha pasado de ser una desventaja gestionable a un lastre estructural. La radiografía más completa de esa fragilidad la firmaron dos italianos: el exprimer ministro italiano Enrico Letta y Mario Draghi, el expresidente del Banco Central Europeo. Desgranaron para la Unión Europea dos informes independientes, con gran influencia en el debate comunitario, que coinciden en lo esencial: Europa pierde competitividad porque tiene un mercado fragmentado, una burocracia que asfixia, una inversión privada que no llega al cincuenta por ciento de la estadounidense y unos costes energéticos que castigan a su industria.
Una dependencia ha relevado a otra: del gas ruso al GNL norteamericano, con un compromiso de compra de 750.000 millones de dólares hasta 2028
En gran parte por una fiscalidad energética abusiva que utiliza la energía como «cash cow» (vaca lechera) con la paradoja de que la energía autóctona está más gravada que la importada. En este sentido la estrategia europea Accelerate EU es muy contundente para revertir esta anomalía. La electricidad tiene que pasar a tener una fiscalidad menor que el gas, para evitar seguir siendo dependientes por décadas. La inteligencia artificial, los centros de datos, la computación avanzada y las nuevas tecnologías digitales no funcionan con petróleo ni gas: funcionan con electricidad. Estamos entrando en lo que Fatih Birol , Director Ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía ha denominado «la Era de la Electricidad», ya que, además de estos nuevos usos, la demanda tradicional (transporte, industrias electrointensivas y calor industrial) también se puede electrificar, reduciendo nuestra dependencia exterior.
La desigualdad como barrera
Uno de los grandes desequilibrios es el precio de la energía. Según el Instituto Jaqcques Delors, el sobrecoste que han tenido que asumir los países europeos por la importación de combustibles fósiles en estos 100 días de guerra ha supuesto 46.000 millones de euros. Según destaca el Financial Times, España es uno de los países que más resiliencia ha mostrado durante la crisis de Oriente Medio gracias a su baja exposición al gas, debido a su alto porcentaje de energías renovables y nuclear, que ha logrado frenar el aumento de las facturas de electricidad. Este incremento del peso de las energías autóctonas frente a las importadas ha supuesto un blindaje a las oscilaciones internacionales.
España, Portugal, Suecia y Finlandia por las energías renovables, y Francia por la nuclear, son los países que mejor han resistido la crisis energética
Durante la crisis de Ucrania en 2022 los precios rondaban habitualmente los 200€/MWh, llegando en varias ocasiones a los 300€/MWh en el mercado mayorista de electricidad, mientras que en la crisis de Irán de 2026 los precios de este mercado en España rondan los 40- 50€/MWh. Sin embargo, estos precios bajos y estables que ofrece la energía autóctona en España no se trasladan a la factura final que pagan los consumidores debido a una fiscalidad que castiga más a la electricidad que al gas. Hay varias plataformas, industriales y sociales, como la Alianza para la Competitividad de la Industria, la Asociación para la Transición Energética o la Alianza España Verde y Conectada, que llevan reclamando esta reforma fiscal por la que ahora aboga Europa.
La segunda razón es la dependencia. Europa importa cerca del 68% de la energía que consume, según Eurostat. Dos tercios de esa factura son petróleo y otro cuarto, gas natural. Nada que ver con sus competidores: Estados Unidos es exportador neto desde 2019 gracias al fracking, y China, aunque importa crudo, controla la cadena completa de las tecnologías llamadas a reemplazarlo.
España genera energía renovable entre un veinte y un treinta por ciento más barata que la media europea
Si bien es cierto que Europa tiene que preocuparse por diversificar sus cadenas de suministro, explorar sus recursos minerales autóctonos y garantizarse el acceso a materiales críticos, se trata de dependencias puntuales. Si temporalmente se interrumpe el suministro de litio, cobalto o grafito para las baterías, se paralizará temporalmente el desarrollo de nuevos vehículos eléctricos pero no se paraliza la movilidad eléctrica; sin embargo, si se interrumpe el suministro de petróleo, si colapsa el transporte convencional. En hidrocarburos, una dependencia ha relevado a otra: la guerra de Ucrania obligó a sustituir el gas ruso por GNL norteamericano y el reciente acuerdo comercial con Washington compromete a la Unión a comprarle 750.000 millones de dólares en energía hasta 2028.
La situación en España
En España, el mix eléctrico avanza a un ritmo récord: las renovables aportaron el 55,5% de la generación y la nuclear el 20%, es decir, el 75% de la electricidad producida en 2025 es autóctona. Esto ha permitido una mayor estabilidad y un precio más competitivo, de los más bajos de Europa. Sin embargo, ante un coste de la energía, un 40% más bajo que en Alemania, la industria electrointensiva en España termina pagando lo mismo que la alemana, por su política energética (una fiscalidad que penaliza la electricidad y donde España no aprovecha todos los mecanismos regulatorios que permite Europa para ayudar a electrificar su industria).
El coste de producción con electricidad en España es del entorno del 40% más barata que en Alemania
Bruselas ha empezado a moverse. El año pasado lanzó el Clean Industrial Deal y el Plan de Energía Asequible, que prometen ahorros progresivos hasta alcanzar 260.000 millones anuales en 2040 para hogares e industrias. En diciembre llegó el Paquete de Redes Europeas, con más de 1,2 billones de euros previstos hasta 2040 para modernizar e interconectar la red continental. El pasado abril, ante el shock de Oriente Medio, la Comisión añadió AccelerateEU, que incluye una revisión de la fiscalidad eléctrica. Las recetas siguen, en gran medida, con los informes Letta y Draghi: completar la unión energética, fomentar contratos a largo plazo y asegurar el acceso a la electricidad a toda la demanda (facilitando mayores inversiones en redes eléctricas, que son el cuello de botella para desplegar la autonomía energética) para aislar a la industria de la volatilidad del gas, acelerar permisos, y movilizar inversión privada a escala europea. Letta lo resumía hace unos meses en Bruselas: pasar del mercado único actual a un verdadero «One Market Act».
Las oportunidades existen, y España las concentra en buena parte, pues genera energía renovable entre un veinte y un treinta por ciento más barata que la media europea, lo que ha llevado a consultoras como McKinsey y centros como Brookings a hablar de powershoring: la posibilidad de relocalizar industria pesada en países con energía limpia, barata y abundante. Solo en 2025, el país añadió once gigavatios de potencia renovable, y el Banco Europeo de Inversiones ha comprometido 75.000 millones para los próximos tres años. La transición, además de combatir el cambio climático, ofrece a Europa una salida estructural a su dependencia: cuanta más energía propia y limpia produzca el continente, menos vulnerable será a los próximos shocks geopolíticos. Hay capital, hay tecnología y hay viento y sol. El reto es convertir veintisiete decisiones nacionales en una sola política industrial. Eso es lo que Letta y Draghi llevan dos años pidiendo, y lo que Europa aún no ha sabido entregar. La historia de la Unión está hecha precisamente de saltos que parecían imposibles hasta la víspera de darlos.
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