TENDENCIAS
Sociedad

La imaginación en llamas

Las religiones y la espiritualidad han sido liberadoras, emancipadoras, reparadoras, pacificadoras, bastiones de resistencia y de experiencias cohesionadoras, a la vez que despóticas, crueles y excluyentes tantas otras veces.

Artículo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
11
marzo
2026
Imagen de portada de ‘La imaginación en llamas’ (Ariel)

Artículo

Ambivalentes y caleidoscópicas como toda expresión de la creatividad cultural humana, las religiones y la espiritualidad de todas las latitudes han mostrado una multitud de rostros. Han sido liberadoras, emancipadoras, reparadoras, pacificadoras, bastiones de resistencia y de experiencias cohesionadoras, a la vez que despóticas, crueles y excluyentes tantas otras veces. Y al mismo tiempo han sido y son fuente infatigable no solo de consuelo, sino de reflexión intelectual, filosófica y estética para muchas personas —entre quienes puede que no se encuentren del todo ni quienes leen este libro ni, por momentos, la autora misma—.

He ahí el sentido último de las páginas que siguen, porque esas religiones, las espiritualidades y, en general, las experiencias con lo intangible, lo invisible o lo intolerable no nos representan ni nos retratan a todos, pero vivo convencida de que entender los entresijos y el funcionamiento de los sistemas religiosos —desde los más extraños a los más próximos—, adentrarnos en sus tiernas y temibles entrañas, preguntarnos cómo surgieron y qué les hace persistir con tanto vigor, evitando reducirlos meramente a un delirante epifenómeno de la vida social o de las ideologías, volverá nuestro conocimiento del mundo algo más cautivador y cautivado, más complejo y sinuoso, más encantado, menos pobre. Por cierto, el desdén racionalista hacia las religiones no debería llevarnos a descartar que sea, precisamente, la presunta sinrazón de las religiones o de la espiritualidad lo que las vuelve aún más atractivas.

Hay quienes solo consiguen ver el daño que ha causado y causa esa búsqueda humana universal de trascendencia con hondas implicaciones terrenales: el empeño en seguir inventando dioses, insaciables o mansos, conduciría al dogma, la sinrazón, la intolerancia, a la riqueza injustificable de tantas instituciones eclesiásticas, a lo absurdo de muchas tradiciones religiosas y la manipulación sin tregua de casi todas las llamadas sectas, a la devaluación de la ciencia a manos de charlatanes, al alejamiento de los problemas reales del mundo terrenal, la dejación de la política y el compromiso social o su manipulación con fines dudosos y hasta pérfidos.

Un compromiso que, naturalmente, cada uno entiende según le parece. Las religiones, las espiritualidades y quienes las representan con frecuencia se asocian a la falsa moral y la hipocresía, a la reglamentación extrema de la vida individual, familiar, sexual, moral, al abuso y a la violencia con la que tantas veces se han impuesto y que, hasta hoy, algunas aún se imponen.

Las religiones, como los nacionalismos, tienen mala fama; y puede que, como estos, la merezcan, afirmaba el antropólogo Clifford Geertz en los años setenta. La intolerancia, el dogmatismo, las inclinaciones excluyentes propias de instituciones históricamente concebidas para el control social, la violencia derrochada en tantas confrontaciones espoleadas por las divisorias que estas promueven acaban por aplicarse como un automatismo a todas las expresiones de espiritualidad humana en su sentido más amplio. Y tienen razón quienes afirman que todo ese horror está dentro de las religiones, principalmente de las religiones monoteístas, mas también fuera de ellas. Basta abrir un periódico un día, cualquier día.

No obstante, asombra la facilidad con la que las religiones son asociadas casi únicamente a la violencia y la irracionalidad, la que infligen y la que sufren, también en los estudios académicos. Guerras de religión, masacres, cruzadas, persecuciones, una ristra insoportable de desgracias históricas y contemporáneas respalda esta asociación que, ciertamente, refiere sobre todo a la violencia infligida por los monoteísmos. Pero no deja de ser una asociación tácita que no se aplica, como un genérico, a otros ámbitos de la actividad humana: véanse, elegidos al azar, los de la economía, la política, la medicina o el fútbol.

Las religiones, las espiritualidades y quienes las representan con frecuencia se asocian a la falsa moral y la hipocresía

Claro que encontramos decenas de textos que tratan, en lo económico, de los estragos del neoliberalismo o de las catástrofes medioambientales y humanas desencadenadas por el voraz desarrollismo; en lo político, de la desinformación, la corrupción y la antipolítica; en lo médico, de la soberbia de la biomedicina, la medicalización sin tregua de la vida cotidiana o la injustificable marginación de las terapias alternativas; en el fútbol, del negocio sucio, el vandalismo o el fanatismo que ocasionalmente causan víctimas.

Pero no es habitual que alguien proponga abolirlos todos, porque en esos campos de actividad, cuya existencia hemos normalizado o asumimos como legítima y necesaria, los excesos son entendidos como excepción, pero en las religiones los entendemos como regla.

Joan Prat desgranó con brillantez el peso de ese marcaje social en su obra El estigma del extraño. Dicho de otro modo, también ocurre en esos otros campos, pero con una salvedad que hace de las religiones la gran excepción: en la economía, la política, la medicina o el fútbol, por citar solo esos, los comportamientos perversos y sus figuras suelen estar bien definidos, pero en la religión entran todos en el mismo saco.

Podemos estar convencidos de que los líderes religiosos —sobre todo los de otras religiones— son todos sujetos con propósitos casi siempre egoístas, fraudulentos e incluso abyectos, pero imposible entender a quienes los siguen salvo como individuos ignorantes, manipulados, programados, afectados por algún trastorno, desesperados o simplemente personas débiles que recurren sin pudor a delirios que racionalmente no se sostienen.

En el caso de la religión, la impresión es siempre la de que poco importa comprender al otro si se tiene la oportunidad de juzgarlo. Creo que esto ocurre, quizás con muchos matices, pero casi sin excepciones, fuera del mundo que habitan los devotos. Sobre todo, los devotos que conforman minorías en contextos históricos de hegemonía religiosa.

Quizás se salven de esta hoguera metafórica el budismo no teísta y otras espiritualidades orientales a las que se respeta más por su condición de filosofías, por su discreción, porque no son proselitistas, no están sometidas al imperativo de reclutar adeptos, no son conversionistas y, además, a este lado del mundo conocemos sobre todo sus versiones occidentalizadas —destilados diversos y muy interesantes, mayoritariamente impulsados por la llamada espiritualidad terapéutica u holística—.

También quedan eximidos de la descripción anterior algunos personajes muy respetados: de Mahatma Gandhi a la madre Teresa de Calcuta o algunos teólogos de izquierdas comprometidos con la causa de los más desfavorecidos; figuras a las que se les pueden disculpar sus deslices intelectuales por su heroica entrega a causas nobles. No obstante, siempre habrá quien piense —y todos conocemos a alguien— que esas figuras excepcionales lo fueron interesadamente: finalmente sabían que les esperaban la recompensa del cielo y la vida eterna. Pero, en fin, al menos ayudaron y hasta arriesgaron su vida por el bien común.


Este texto es un fragmento de ‘La imaginación en llamas’ (Ariel), de Manuela Cantón. 

ARTÍCULOS RELACIONADOS

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME