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Jorge Luis Borges

El cielo como soborno, el infierno como amenaza

La frase atribuida a Borges resume una mirada crítica sobre la moral religiosa y el uso del miedo y la recompensa, una idea presente de forma constante en su obra y en su relación con la tradición literaria.

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26
marzo
2026

La frase «Qué es el cielo sino un soborno y qué es el infierno sino una amenaza» lleva décadas circulando como una de las citas más incisivas —y eso que son prácticamente incontables, pues no hubo nadie más incisivo que él— asociadas a Jorge Luis Borges. Se repite en artículos, ensayos, conversaciones e, incluso, foros de Internet, como una síntesis de su escepticismo ante las explicaciones morales basadas en premios y castigos.

Sin embargo, existe cierta discusión sobre su origen exacto y hay quien dice que, en realidad, pertenece a George Bernard Shaw. El dato puede ser relevante desde un punto de vista filológico, pero, en realidad, su importancia general es más bien poca. Es lo que tienen las frases universales: las podría haber dicho cualquiera. El problema, claro, es que Borges no es cualquiera.

Una frase que cuestiona la moral del premio y el castigo

Dejando a un lado el tema de la autoría, vamos a centrarnos en lo que verdaderamente importa: el significado de la frase y el por qué ha pasado a formar parte del imaginario colectivo.

A grandes rasgos, la sentencia plantea una crítica clara a una concepción de la moral basada en incentivos externos. Define el cielo como una recompensa ofrecida a cambio de obediencia y el infierno como un mecanismo de intimidación. En ese marco, el comportamiento ético deja de apoyarse en la responsabilidad individual y pasa a depender de un cálculo de consecuencias futuras. Así pues, la virtud se convierte en una estrategia para obtener algo a cambio.

Este planteamiento ha recorrido buena parte de la historia intelectual moderna. Desde la Ilustración, numerosos autores han cuestionado la validez de una moral sostenida por promesas trascendentes. La idea de que el bien solo se practica por temor o interés ha sido vista como una forma empobrecida de ética.

En el caso del escritor argentino, este tipo de cuestionamientos aparecen de forma recurrente en su obra. Y es que Borges se interesó por la teología como sistema simbólico, como corpus de relatos y como problema intelectual, no como doctrina normativa. En sus ensayos y ficciones, Dios suele aparecer como una hipótesis literaria o como una figura paradójica, nunca como un juez moral que ordena la conducta humana.

En los ensayos de Borges, Dios suele aparecer como una hipótesis literaria, nunca como un juez moral

La frase también apunta a una desconfianza más amplia hacia los sistemas cerrados. La literatura de Borges siempre reflejó su rechazo a las explicaciones últimas y mostró predilección por las preguntas que no admiten una respuesta definitiva, por el Misterio con mayúsculas. Teniendo esto en cuenta, una moral fundada en la promesa de salvación o en la amenaza del castigo resultaría, sin duda, sospechosa para el argentino.

Borges, la religión y la literatura como forma de duda

La relación de Borges con la religión estuvo marcada por la ambivalencia. Criado en un entorno familiar donde convivían distintas tradiciones culturales y religiosas, se acercó desde muy joven a la Biblia, al budismo, a los místicos y a los filósofos. Sin embargo, nunca asumió una fe confesional. Se definió en varias ocasiones como agnóstico y mostró, tanto en la vida como en la literatura, una inclinación constante por la duda razonada.

Como decimos, esa postura se trasladó a su obra. En cuentos como La escritura del dios o Tres versiones de Judas, Borges explora el pensamiento religioso desde dentro, aunque sin adoptar sus conclusiones. Le interesa la estructura del mito, el poder de las creencias y la lógica interna de los sistemas teológicos. La moral aparece en esos textos como una construcción humana, no como una verdad revelada.

En cuentos como ‘La escritura del dios’ o ‘Tres versiones de Judas’, Borges explora el pensamiento religioso desde dentro

La frase sobre el cielo y el infierno conecta de manera directa con esa visión, ya que reduce ambos conceptos a instrumentos de regulación moral y deja en segundo plano cualquier dimensión espiritual o trascendente. No hay en ella una negación explícita de lo religioso, aunque sí una crítica a su uso como herramienta de control.

También hay un vínculo claro con su concepción de la literatura. Sus textos rara vez proponen soluciones: prefieren exponer paradojas, construir laberintos, mirarse en espejos metafísicos y poner en evidencia las contradicciones del pensamiento humano.

En la actualidad, la frase, sea de Shaw o de Borges, sigue viva porque, indudablemente, nos ayuda a conectarnos con debates vigentes. En una sociedad como la nuestra donde la religión ha perdido peso institucional, persiste la pregunta sobre los fundamentos de la ética y sobre qué nos mueve a actuar correctamente cuando desaparecen las promesas y las amenazas.

Ese es, probablemente, su mayor valor. No ofrece un sistema moral alternativo ni una doctrina sustitutiva, sino que se limita a señalar la fragilidad de ciertos discursos y deja el resto en manos del lector. Esa actitud, más que la autoría concreta de la frase, es lo que la hace profundamente borgiana. Una invitación a pensar y a profundizar en los misterios sin ampararse en recompensas ni en miedos heredados.

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