Antonio Lozano
El libro infinito
«La primera reacción que suele provocar la lectura de un texto de David Foster Wallace –ya sea un ensayo, un relato o una novela– es la percepción de su genialidad», apunta Antonio Lozano.
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Entre los adjetivos más desgastados por el uso se encuentra sin duda el de «genial». El término está en boca de cualquiera para elevar a los cielos de la magnificencia la valoración de todo aquello que se aprecia y disfruta con intensidad. El gusto es subjetivo, pero la gratuidad con la que se recurre a esta hipérbole en concreto parece fuera de discusión. La primera reacción que suele provocar la lectura de un texto de David Foster Wallace –ya sea un ensayo, un relato o una novela– es la percepción de su genialidad, es decir, se produce de inmediato el reconocimiento de un cerebro que funciona con una corriente eléctrica propia. Puede o no parecer «genial» en el sentido de «sobresaliente» o «que causa deleite», aquí entraría la preferencia personal, pero la potencia intelectual y artística es tan perceptible como la succión en el ojo de un huracán.
La genética debió tener su parte de culpa desde el momento en que su padre, profesor de Filosofía, le leía Moby Dick con cinco años, y su madre, profesora de Lengua y Literatura, estaba tan obsesionada con la gramática que tosía cuando sus hijos incurrían en algún error, y les hacía citar el número pi cada vez que le pedían pie, es decir, tarta, términos homófonos (lo que nos conduce a pensar que en cierto modo el escritor, y su hermana, sí fueron criados por una familia de diccionarios).
El currículum académico ya despejó cualquier posible reserva acerca de las altas capacidades del joven: doble licenciatura con honores en la Universidad de Amherst (Massachusetts) en cada una de las especialidades de sus progenitores. La tesis doctoral en la de la madre fue la escritura de la novela La escoba del sistema, completada con veintitrés años, sin ninguna experiencia previa y que sería adquirida por un sello literario. La tesis doctoral en la del padre fue una disertación en el campo de la lógica modal en la que, a lo largo de setenta y seis páginas de argumentos semánticos y metafísicos, rebatía la idea de fatalismo expuesta por el filósofo Richard Taylor en un ensayo de 1962. El resultado fue publicado póstumamente con el título Fate, Time, and Language: An Essay on Free Will, y es muy probable que se trate del mayor best seller en este abstruso campo de la filosofía, dado que la legión de fans del autor estaba dispuesta, como suele decirse, a comprarle hasta la lista del supermercado.
Cabe tener en cuenta que parte de la singularidad de la obra de DFW radica en una formación temprana en materias como la lógica, la semiótica y las matemáticas que, si bien abandonó en beneficio de la literatura, permearon con frecuencia el contenido y la estructura de sus libros. El propio autor declaró que su interés por la narrativa no llegó hasta los veintidós años. Ni en el colegio ni en el instituto había mostrado una inclinación especial por las palabras; las redacciones y trabajos que se conservan de esa etapa no llaman particularmente la atención. Fue solo tras descubrirse asfixiado y constreñido por los modelos lógicos, con los que topa con una suerte de callejón sin salida que lo encierra más en sí mismo, que se desvía hacia la literatura. En ella todo fluía y la sensación era de despegarse ligeramente del asiento, una levitación placentera. «Escribir fue lo primero que descubrí que disfrutaba de veras y a lo que podía entregarme sin tener la sensación de que me estaba matando», apuntó. Su compromiso con la literatura se consolidaría con un posgrado en escritura creativa por la Universidad de Arizona y la aparición en 1989 de la selección de relatos La chica del pelo raro, muy apegados aún a la caja de herramientas de la meta ficción y el posmodernismo.
DFW aseguró que La escoba del sistema le había permitido usar el 97% de su capacidad intelectual, mientras que la filosofía no le exigía más del 50%. Esto no significa que su ópera prima no estuviera profundamente marcada por el discurso filosófico, sobre todo por la figura de Ludwig Wittgenstein, al que idolatraba. Curiosamente, la evolución del pensador vienés se correspondió en buena medida con la suya propia, pues si en la siguiente declaración de DFW cambiamos «Tractatus» por «la obra anterior a La broma infinita» e «Investigaciones filosóficas» por «la obra a partir de La broma infinita» obtenemos un cuadro bastante fiel de la reorientación de sus intereses:
«Encuentro que las ideas de Wittgenstein sobre el lenguaje encierran un sentimiento trágico. En su frialdad y abstracción, el Tractatus es la obra de filosofía más solitaria que cabe leer. Luego evolucionó. Una de las cosas que hacen de él un artista, en mi opinión, es que su horror ante la idea del solipsismo lo llevó a desdeñar la perfección que había alcanzado, decidiéndolo a sumergirse en las profundidades de las Investigaciones filosóficas, que constituyen el argumento más hermoso que se haya hecho jamás en contra del solipsismo».
La mente prodigiosa de DFW también tuvo sus gemelos oscuros. El más fecundo para su obra fue la mente en llamas, que entenderemos por aquella abonada al pensamiento exacerbado, recursivo, absorbente, obsesivo y a la postre aislante y paralizador; no en vano los riesgos del solipsismo fueron uno de sus temas predilectos. En este sentido, se puede argumentar que el autor escapó de la prisión de las proposiciones filosóficas y matemáticas para explorar otra prisión, la de las palabras, que siem pre se quedan cortas a la hora de explicar el mundo y permitirnos la comunicación con el prójimo. El más destructivo para su obra (y para sí mismo) fue la mente enferma, resultado de la depresión que padeció desde adolescente y que acabaría empujándo lo al suicidio.
Este texto es un extracto de ‘El libro infinito’ (Debate), de Antonio Lozano.
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