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Pensamiento

La banalidad del pensamiento crítico

No existe partido que satisfaga todas y cada una de las expectativas de una persona. Por ello, las decisiones individuales suelen consistir en votar al partido de siempre (voto cautivo) a pesar de los pesares, o no votar. Difícil elección.

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07
octubre
2026

Las ideologías, como sistemas cerrados, tratan de suprimir o pasar por encima de la libertad del pensamiento crítico. Partiendo de que todo está ya pensado y asumido previamente, ya no hace falta nadie que siga pensando por libre. Incluso, el libre pensador constituye un peligro cuando se atreve a aportar nuevas ideas o criterios distintos. 

De esta forma, las ideologías se imponen ante la renuncia del pensamiento, dando como resultado un agotamiento crítico a cambio de una seguridad de criterios políticos. La conciencia personal debe desaparecer y sustituirse por la conciencia de pertenencia a un grupo, que deberá hacer frente a otros grupos que sostienen principios contrapuestos. 

Así fue como el nazismo justificó la violencia contra comunistas y judíos. Personas normales hasta ese momento, aunque hastiadas por motivos diversos, abrazaron con pasión o con brutal indiferencia la idea criminal del atentado de unos contra otros. La etiqueta «judío» o «comunista» bastó para que dichos ataques quedaran justificados y consecuentemente impunes. 

Con el paso del tiempo, la pregunta que queda en el aire es sencilla a la vez que tremenda: ¿cómo fue posible que esto sucediera? También es lícito preguntarse si todavía nos deben inquietar las nuevas ideologías: ¿podría repetirse ese eclipse de racionalidad? Una película alemana como La Ola nos estremece a la vez que nos advierte del peligro. Ocurre siempre que, una vez encendida una mecha pequeña, la pólvora hace el resto. 

No solo con el nazismo. El marxismo–comunismo, en las antípodas del nazismo, sacrificó al dios de la violencia millones de seres humanos, como nos demostraron Lenin, Stalin o Pol Pot, entre otros. Historia reciente, demasiado reciente. 

Sin embargo, lo que más nos debería preocupar es que la historia se repite mientras no se sofoque la raíz de esta violencia innata que se basa en la tentación del pensamiento único, la percepción del otro como un peligro y el cansancio de la conciencia crítica.

La democracia y el parlamentarismo son, o más bien deberían ser, un buen antídoto del pensamiento único, pero siempre que se respete a las personas y se debatan las ideas, lo cual no suele cumplirse. Más bien al revés: se ataca a las personas y no se discuten de verdad y profundamente las ideas. 

El relativismo se alza ahora como un enorme panteón en recuerdo a la difunta verdad. La partitocracia, además, no permite disonancias. El partido decide los criterios válidos y el individuo a qué votar en cada caso. En aras de la paz y el buen gobierno, los partidos encapsulan el pensamiento de sus correligionarios en la disciplina de partido y está prohibido discrepar, la libertad de pensamiento queda suprimida.

Podría recortarse el número de parlamentarios y todo seguiría igual. En algunos partidos se llega incluso a presumir de democracia interna, se la invoca como si fuera un lujo. Pero luego se comprueba que se limita a solo algunas decisiones. Otras quedan fuera de dicha democracia interna y las toman los dirigentes, que para eso fueron elegidos.

Cuando hablamos de polarización política no deberíamos reducirlo a las diferentes opciones que naturalmente se dan ante las decisiones posibles. No debemos perder de vista algo mucho más lamentable, la radicalización de las posturas: ver las otras opciones como meras locuras y a quienes las representan como adversarios peligrosos. 

Ya no hace falta el análisis de las posturas, no se atiende al contenido del mensaje. Desmontar críticamente una idea se presenta demasiado difícil, basta una descalificación simple y gratuita y la consiguiente etiqueta impuesta. Ahorro de pensamiento y, en todo caso, un exabrupto con el que descalificar vilmente. Los miembros de los distintos partidos ya son, de esta forma, adversarios políticos, enemigos públicos, poco menos que parias desnortados.

Ante el panorama descrito, se asiste a un cansancio comprensible por parte de la opinión pública, despojada así de una conciencia crítica. Los hombres y mujeres de a pie suelen elegir un partido acorde con sus simpatías y dimiten de su libertad de pensamiento ante una complejidad política que ha sido simplificada para su comodidad. Por eso hay quien jamás cambiará su voto, pase lo que pase, aunque tenga que mirar para otro lado o buscar explicaciones rocambolescas.

Hay quien jamás cambiará su voto, pase lo que pase, aunque tenga que mirar para otro lado o buscar explicaciones rocambolescas

Desde luego, no existe partido que satisfaga todas y cada una de las expectativas de una persona. Por ello, las decisiones individuales suelen consistir en votar al partido de siempre (voto cautivo) a pesar de los pesares, o no votar. Difícil elección. Pero toda elección es difícil y no elegir es también una elección. 

Ante esta situación, los partidos no suelen hacer autocrítica. Prefieren ignorar la causa de la abstención para no enfrentarse a una verdad incómoda. Incluso cuentan ya con la creciente abstención electoral como una baza útil. La abstención no parece comodidad sino hastío ante unos políticos que rezuman ansias de poder, mentirosos en ocasiones, encerrados en su relato y poco dados al generoso servicio público.

Solo faltaba la aparición de la inteligencia artificial y su posible abuso para dar a gentes cansadas un alivio a su zozobra. Es muy cómodo preguntar a la IA para ahorrarle trabajo a la inteligencia natural. Pero, ¿se le puede preguntar todo? ¿Se le puede preguntar a quién votar? El futuro político en manos de manipuladores de la IA da miedo.


Luis Ballesteros Andreu del Observatorio de los ODS y Justicia Social de la Fundación Mainel

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