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Siglo XXI

La ética del influencer

En un mundo donde las redes sociales se han convertido en el nuevo foro para la conversación pública, los influencers son los nuevos líderes de opinión. Lo que recomiendan, lo que silencian y lo que apoyan, tiene consecuencias que van mucho más allá de una pantalla.

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20
mayo
2026

En el escenario de los Premios Ídolo, la periodista Nerea Pérez de las Heras tomó la palabra para lanzar un mensaje incómodo en un entorno poco acostumbrado a cuestionarse a sí mismo. Rodeada de algunos de los creadores de contenido más influyentes del país, empezó con ironía: «Estoy aquí… y ahora que os tengo encerradas… espero poder influenciaros yo a vosotras». El tono era ligero, pero el fondo no. Su intervención, breve y contundente, se ha convertido en uno de los discursos más citados sobre el papel ético de los influencers en los últimos años. Y no es casual. Porque en un ecosistema donde la influencia se mide en millones de seguidores, la pregunta por la responsabilidad ya no es opcional.

«Ídolo es una palabra muy fuerte», recordó Pérez de las Heras. «Vosotras sois los ídolos de gente… de millones de personas». Esta afirmación, aparentemente evidente, encierra una transformación profunda del ecosistema mediático. Durante décadas, los referentes sociales eran figuras públicas filtradas por instituciones —periodistas, profesores, políticos—. Hoy, una parte significativa de esa influencia se ha desplazado hacia creadores digitales que operan en un espacio híbrido entre entretenimiento, publicidad y opinión.

El propio discurso subraya una realidad incómoda: muchos jóvenes escuchan más a sus influencers favoritos que «a sus padres, a sus profesoras, a los políticos o a cualquier institución». Este desplazamiento del referente no es neutro. Implica que decisiones aparentemente triviales, como recomendar un producto, apoyar una marca o difundir una narrativa, tienen efectos sociales reales.

Desde una perspectiva ética, esto conecta la idea clásica de que la responsabilidad crece con el poder. El filósofo Hans Jonas formuló este principio en su «imperativo de responsabilidad», según el cual toda acción debe considerar sus consecuencias sobre los demás, especialmente cuando esas consecuencias pueden ser amplificadas. En el caso de los influencers, esa amplificación es inmediata y masiva.

Uno de los momentos más citados del discurso apunta directamente al núcleo económico del fenómeno influencer: «Pensad… antes de empujar a las chavalas a consumir ropa y cosméticos para sostener su autoestima». Aquí la crítica no se dirige solo a la publicidad, sino al modelo cultural que la sustenta. Las redes sociales han convertido la recomendación en una forma de identidad. Consumir ya no es solo adquirir, sino pertenecer. En este contexto, los influencers no solo venden productos: venden formas de vida, cuerpos, aspiraciones.

Diversos análisis señalan que este modelo puede tener efectos directos sobre la salud mental, especialmente en adolescentes. El propio discurso de Pérez de las Heras denuncia cómo ciertos contenidos fomentan «un nivel de consumo que destroza tanto la autoestima… como el propio planeta». La dimensión ambiental tampoco es menor. La promoción constante de tendencias rápidas en moda, cosmética y gadgets, alimenta un ciclo de consumo acelerado que choca frontalmente con cualquier agenda de sostenibilidad. La ética del influencer, por tanto, no es solo individual: es también sistémica.

El discurso va más allá del consumo y entra en terrenos más delicados. Pérez de las Heras pide reflexionar antes de «hacer publicidad a marcas» vinculadas a conflictos o de colaborar con organizaciones de dudosa ética. Este punto abre otra cuestión clave: la falta de regulación clara en un espacio donde publicidad, opinión y activismo se mezclan. A diferencia del periodismo, donde existen códigos deontológicos explícitos, el universo influencer se rige en gran medida por normas informales y por la presión del mercado.

El universo influencer se rige en gran medida por normas informales y por la presión del mercado.

Aquí aparece otro problema, la opacidad. No siempre es evidente cuándo un contenido responde a un interés comercial, cuándo es una opinión genuina o cuándo forma parte de una estrategia de posicionamiento. Esta ambigüedad erosiona la confianza y dificulta la evaluación crítica por parte del público. El filósofo Jürgen Habermas advertía ya de los riesgos de la «colonización del espacio público» por intereses económicos. En el entorno digital, esta colonización adopta formas más sutiles, pero no menos eficaces: la recomendación aparentemente espontánea se convierte en vehículo de intereses privados.

Más allá de la publicidad, el fenómeno influencer plantea la cuestión más amplia de la ética de la opinión. ¿Qué significa opinar cuando esa opinión tiene un impacto masivo? El filósofo John Stuart Mill defendía la libertad de expresión como un pilar esencial de la sociedad, pero también subrayaba la importancia de la responsabilidad individual en su ejercicio. En el contexto actual, donde una opinión puede alcanzar a millones en segundos, esa responsabilidad adquiere una dimensión inédita.

Pérez de las Heras lo formula en términos sencillos: «Sois importantes, tenéis una gran responsabilidad». No se trata de limitar la libertad de los creadores, sino de reconocer que la influencia no es neutra. Cada mensaje contribuye a configurar percepciones, valores y comportamientos. El discurso de los Premios Ídolo se centró en que la influencia no puede seguir siendo entendida solo como una oportunidad económica o creativa, sino también como una responsabilidad social.

Algunos cambios ya están en marcha. Crece la demanda de transparencia en la publicidad, se multiplican los debates sobre sostenibilidad en redes y emergen perfiles que hacen de la ética su principal valor diferencial. Sin embargo, estos avances conviven con dinámicas que siguen premiando la visibilidad por encima del rigor. La cuestión de fondo es si el propio sistema de incentivos, basado en clics, engagement y viralidad, permite una ética sólida o la dificulta. Porque, como señalaba implícitamente Pérez de las Heras, el problema no es solo individual, es estructural.

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