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Un deseo desmesurado de amistad

«Cómo sería nuestra vida si nuestras amigas tuvieran la misma importancia que nuestros amores, cómo serían nuestras familias, qué forma adoptarían nuestros hogares», se pregunta Hélène Giannecchini.

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06
abril
2026
Imagen de portada de ‘Un deseo desmesurado de amistad’ (Anagrama)

En su estudio sobre la amistad, la socióloga Claire Bidart identifica dos momentos en la vida del individuo en los que sus prácticas de sociabilidad disminuyen de forma brusca: primero, durante la formación de la pareja y, segundo, tras el nacimiento del primer hijo. Leyendo la obra de Claire Bidart tengo la impresión de que la amistad se esfuma con la edad y que la familia tiene mucho que ver con ello, aunque no sea el único factor. En una vida rebosante de actividades y constreñida por el trabajo, es forzoso escoger. La socióloga explica además que el comienzo de la edad adulta coincide con el imperativo de distinguir los roles sociales: hay que aprender a diferenciar la amiga de la compañera de trabajo, la amiga de la amante, o de la familia. Y esta distinción viene acompañada de una forma de jerarquía, implica ciertos «órdenes de prioridad», ciertas diferencias de «calidad relacional»: una colega es menos que una amiga, pero más que una conocida. En general, con el paso del tiempo es la relación conyugal –la mujer, el marido, el novio o la novia– la que suplanta a las demás, y la vida se va estrechando en torno al hogar: como no podemos disponer de todo nuestro tiempo, nos centramos en la pareja. ¿Habrá otras vidas posibles?

Recuerdo el nombre de todas mis amigas y también sus caras; de mis compañeros de clase, en cambio, lo he olvidado todo. No son tantas, mis amigas, tal vez sean seis las que desde la escuela primaria han marcado mi vida, concentrando toda mi capacidad de amar. La escuela era para mí el encuentro con ellas, los fines de semana la posibilidad de verlas aún más tiempo. Algunas venían conmigo de vacaciones y era entonces un tiempo tan embriagador que resultaba casi insoportable: una semana jugando, durmiendo en camas pegadas, comiendo juntas, hablando en una lengua desconocida para los adultos, que apenas existían frente a aquellos momentos de amistad absoluta. Con ellas aprendí, desde los siete años, que los enfados eran auténticas debacles, porque una amiga tenía también el poder cruel de arrasar con todo: la vida se detenía entonces en seco, me faltaba el aire y el dolor que sentía en el plexo eclipsaba todo lo que me rodeaba. Las reconciliaciones eran espectaculares, nos reíamos entonces a carcajadas, nos abrazábamos y reanudábamos nuestros juegos que, quisiéramos o no, se veían imperceptiblemente transformados por esa breve separación: eran más intensos y también más tensos, pues el dolor nos había enseñado a desconfiar.

Las historias de amistad son complejas y profundas desde la infancia. A los adultos les conmueven y les divierten esos afectos infantiles cuyo calado a menudo desconocen. En la adolescencia todo empieza a cambiar. La sociedad intenta hacernos creer que las amistades no duran o no conservan su intensidad, que no son más que un breve instante, un síntoma de juventud.  […]

Para Saint-Just, «si una persona no tiene ninguna amiga, está proscrita»

Leyendo a Saint-Just una descubre que la amistad es más que un sentimiento: es una herramienta revolucionaria para construir una sociedad ideal. Intento imaginar cómo sería nuestra vida si nuestras amigas tuvieran la misma importancia que nuestros amores, cómo serían nuestras familias, qué forma adoptarían nuestros hogares. ¿Habría una habitación consagrada a la amistad, como la alcoba se consagra a la pareja? Me imagino la sala de amistad de mi casa, con varios sillones o un sofá gigante y una mesa donde juntarse a compartir ideas, comida y bebida. Tendría que ser un espacio abierto, una veranda o un jardín, un lugar que no se sustrajera al mundo, sino que condujera a él.

A Saint-Just la amistad le interesaba tanto porque creaba una unión valiosísima entre los ciudadanos. Desde la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789, se suponía que los hombres –y digo «hombres» porque para Saint-Just las mujeres apenas existían o, en el mejor de los casos, eran esposas– eran libres y gozaban de los mismos derechos, pero esa independencia recién adquirida no debía conducir al aislamiento, a una separación entre los ciudadanos, a una atomización que podía poner en entredicho la existencia misma del cuerpo social. Había que encontrar una forma positiva de unir a la sociedad y garantizar su coherencia, y la amistad era la ligazón ideal, un contrato suscrito libremente que unía a los ciudadanos.

Los amigos no solo debían declarar su existencia en el Templo, sino que combatían en la guerra codo con codo, se convertían en los tutores legales de sus hijos y, llegado el caso, debían dar razón del fin de su amistad: «Si un hombre abandona a un amigo, debe dar cuenta al pueblo […] de los motivos que le han conducido a hacerlo». Si alguien cometía un crimen, todos sus amigos eran proscritos. Por último, los amigos cavaban mutuamente sus tumbas y eran enterrados juntos. Confieso que me veo cada vez más reflejada en este ideal. Me encantaría compartir sepultura con mis amigas, que nuestros nombres acabaran grabados en una misma lápida o nuestras cenizas se mezclaran antes de esparcirlas. Al fin y al cabo, ¿quién decidió que debíamos pasar la eternidad en familia? La amistad es una relación vinculante y el proyecto de Saint-Just me gusta porque yo también me la tomo muy en serio. Para él, uno de los objetivos de la Revolución era la felicidad, había que «hacer feliz al pueblo», como escribió, y la amistad contribuía a tal fin. Si la amistad nos hace felices es también, a juicio de Saint-Just, porque se basa en los afectos electivos, en la libre elección de las amistades, sea cual sea su historia y su origen: sirve incluso para mitigar las diferencias sociales.

Saint-Just expone su concepto de la amistad en un capítulo de sus escritos titulado «De los afectos», que comienza con esta frase: «Proscrita quien diga no creer en la amistad», y termina así: «Si una persona no tiene ninguna amiga, está proscrita».


Este texto es un fragmento de ‘Un deseo desmesurado de amistad’ (Anagrama), de Hélène Giannecchini.

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