Educar en una educación plena
La educación no se limita a saciar la sed de contenidos, sino que implica un ofrecimiento, una disposición activa por entregar hábitos y modos de relación, unas reglas de conducta que permitan al individuo desplegar su humanidad en convivencia con otros. Es el sacrificio por hacer el mundo más habitable.
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No es una postura declinista sostener que el término «educación» ha ido progresivamente reduciendo su significado hasta identificarse, en cierta medida, con la adquisición de conocimientos. En el lenguaje ordinario contemporáneo, se dice de quienes han superado con éxito los estudios posteriores al bachillerato que poseen una «educación superior», como si esta pudiera medirse por el nivel de certificación alcanzado. De ahí esta necesidad de recobrar la pureza etimológica del término y restituirle su solidez normativa. «Educar» proviene de dos verbos latinos complementarios: ēdŭcāre, que significa ‘criar’, ‘nutrir’, ‘alimentar’ y ‘guiar desde el exterior hacia el interior’; y ēducĕre, que alude a ‘sacar’ y ‘conducir desde dentro hacia afuera’. La educación, entendida en esta doble trayectoria, no se limita a saciar la sed de contenidos, sino que implica un ofrecimiento, una disposición activa por entregar hábitos y modos de relación, unas reglas de conducta que permitan al individuo desplegar su humanidad en convivencia con otros. Es el sacrificio por hacer el mundo más habitable.
Cuando era niño (puede que el recuerdo se haya deformado por la nostalgia), quería crecer para relacionarme como los adultos, con aquellas palabras que iban a misa y con apretones de manos que servían para sellar una amistad o un acuerdo inquebrantable. Me impresionaba ver cómo cedían el paso o el asiento, cómo se trataban de usted y eran amables con propios y desconocidos, cómo dejaban salir antes de entrar y escuchaban sin interrumpir. Al parecer actuaban con una justicia salomónica. O eso decían. También llamaba mi atención que miraban a los ojos durante las conversaciones, agradecían, se disculpaban y caminaban por el lado externo de la acera. Y, en especial, que intentaban no invadir la intimidad de los demás, ayudaban sin que se lo pidiesen y consideraban la puntualidad como algo importante. Solían compartir, a veces sin tener demasiado de nada.
Emergimos a la luz de la civilización con títulos y diplomas que parecían ser notables, pero que acreditaban más autoridad que competencias
Con el tiempo, me hice mayor y me dio la impresión de que aquellos modales empezaron a envejecer y a desaparecer con la generación que había visto desde pequeño: una educada con un criterio más ético y formal, aunque no exenta de rigideces y desigualdades que hoy cuestionamos. Durante la facultad, incluso llegué a convencerme casi por completo de que todo estaba mal en mi universo conocido, que debía deconstruirme, que esos gestos eran, como mínimo, reliquias y cursilerías con olor a naftalina. En paralelo, la educación –la buena, la que nos había convertido en la cohorte más preparada de la historia– se volcó de manera significativa en competencias técnicas y cognitivas a las que hay que reconocerles un notable progreso y una apertura de puertas antes cerradas. No obstante, el precio fue el ensimismamiento, la idiotización en su acepción clásica. Emergimos a la luz de la civilización con títulos y diplomas que parecían ser notables, pero que acreditaban más autoridad que competencias. De algún modo, se hicieron realidad las imaginaciones de Jonathan Swift.
En Los viajes de Gulliver, los laputianos viven tan absortos en teorías matemáticas, astronómicas, musicales y especulativas que han perdido toda conexión con la vida cotidiana. Ni siquiera pisan la tierra. El fango. Habitan en el aire porque están por encima de lo ordinario. Tienen un ojo fijado en el cénit y otro vuelto hacia dentro, hacia su ombligo intelectual. La cabeza les cae inevitablemente hacia la izquierda o la derecha, un poco como la nuestra hacia el móvil. Son tan poco considerados que necesitan un lacayo que golpee con una vejiga llena de guisantes la boca de quien ha de hablar y el oído derecho de quien debe escuchar. Incluso, cuando es necesario, tiene que sacudirles en los ojos para que, entre otras cosas, no atropellen a sus vecinos. Incapaces de ver la complejidad y la diversificación en sus saberes de especialidad, imponen en su isla doctrinas torpes y abstractas, así como una terrible crueldad política que sobreviene en una existencia tan estéril como problemática.
Ellos son nosotros porque ambos hemos separado, de forma artificial, lo que nunca debió escindirse: nos centramos tanto en nutrir el intelecto, acumulando credenciales y teorías desde el exterior (ēdŭcāre), que abandonamos el movimiento inverso, el de conducir hacia afuera lo que el individuo lleva dentro (ēducĕre), lo cual se realiza por compromiso con el otro, sin elevación.
¿Qué ocurre cuando la educación mantiene unidos sus étimos?
Aristóteles advirtió que la ‘téchne’ debe estar subordinada a la ‘phrónesis’, que implica juicio moral y orientación hacia el bien común
En los Houyhnhnms de Swift, aun desde su ácida crítica, se puede vislumbrar esta integración: su racionalidad, cultivada como guía, se convierte en una ética eficaz e idónea para extinguir cualquier altercado. Estas criaturas poseen cierta predisposición para cultivar virtudes como la amistad, la benevolencia, el decoro, la cortesía, la hospitalidad y la sinceridad, entre otras. Nunca permiten que la razón se vea oscurecida por intereses personales. Educan a los jóvenes en temperancia, higiene, diligencia, formalidad y ejercicio, lo que se traduce en una sociedad decente y cívica. Para ellos, la educación no solo forma el entendimiento, sino que hace del espacio compartido un lugar más digno y armonioso, más respetuoso y respetable, más cercano a la visión infantil de la que hablaba. Y es cierto que los Houyhnhnms simbolizan lo que deviene cuando el logos se cultiva sin el pathos (una evidente frialdad satirizada por Swift), pero al menos nos sirve para ilustrar el potencial de la educación plena: cuando el saber con que nos alimentamos deja de ser onanista y volátil para enraizarse en las buenas costumbres de una comunidad que aspira a ser lo mejor que puede ser. Como ya advirtió Aristóteles, no se trata de renegar de la téchne (la cual es necesaria), pero debe estar subordinada a la phrónesis, que implica juicio moral y orientación hacia la felicidad y el bien común.
Dicho lo cual, si no nos detenemos en esa doble entrega, seguiremos estando por encima de todo, mas por debajo de lo que realmente importa. Y cuando llegue el momento de contar quiénes fuimos y cómo éramos, nos responderán como al bueno de Gulliver en Brobdingnag: que de todo lo que hemos dicho no se desprende que se requiera una sola virtud para la obtención de un cargo público, ni que los sacerdotes sean promovidos por su piedad, ni los maestros por la honestidad y responsabilidad con que transmiten su saber, ni los amigos por su lealtad, ni los soldados por su valor, ni los jueces por su integridad, ni los consejeros por su prudencia. Que no hemos exportado ni dignidad ni ejemplaridad.
Es por este motivo que educar en una educación plena se hace indispensable: quizás sea lo único que nos permita tratar y ser tratados como adultos de verdad. Tal vez todo lo demás sea solo instrucción.
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