El orden ha terminado, el decorado sigue en pie
«El primer ministro de Canadá, Mark Carney, conmueve el Foro de Davos con un discurso grave y audaz que señala la ruptura de Donald Trump sin mencionarlo y que alude a la emergencia de una reacción de valores y hechos». Rubén Amón reflexiona sobre el que podría considerarse el primer gran discurso contra la era Trump. «La ovación final no celebraba una solución. Celebraba la claridad frente al ruido».
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
El orden ha terminado. Así lo expuso Mark Carney en Davos sin elevar el tono y sin necesidad de subrayados ni letanías, como se dicen las verdades que ya no admiten réplica. No era una provocación ni un ejercicio retórico: era una constatación. El mundo sostenido durante décadas por la hegemonía estadounidense, por la ficción compartida de las reglas y por la delegación cómoda de la seguridad ya no estructura nada. Persistir en su invocación no lo resucita; lo convierte en caricatura.
Carney hablaba con una autoridad incómoda. No la del moralista ni la del agitador, sino la de quien ha pasado por el corazón del sistema. Primer ministro de Canadá, exgobernador del Banco de Canadá y del Banco de Inglaterra, gestor de crisis financieras y habitué de Davos, no comparecía para dinamitar nada desde fuera. Comparecía para levantar acta desde dentro. Y eso explicaba la incomodidad de la sala y la ovación posterior: no celebraban una ocurrencia, sino el alivio de ver formulado lo que llevaba tiempo suspendido sin nombre.
Ruptura fue la palabra elegida. No transición, no reajuste, no tormenta pasajera. Ruptura como interrupción histórica. Las reglas han dejado de influir en quienes toman las decisiones y solo siguen pesando sobre quienes todavía creen en ellas. En ese desplazamiento pierden su función y conservan apenas su apariencia. Carney no reaccionaba con nostalgia ni con épica ante el fenómeno: lo constataba. Y al hacerlo obligaba a la casta de Davos a enfrentarse a la pregunta que siempre aplaza, o sea, cómo actuar cuando el decorado permanece, pero ya no cumple ninguna función real.
El silencio sobre Donald Trump resultó más expresivo que cualquier alusión directa. Mientras Carney hablaba, Trump amenazaba con apropiarse de Groenlandia, anunciaba aranceles punitivos contra Europa y difundía mapas donde Canadá (el país cuyo primer ministro estaba en Suiza) aparecía absorbido bajo la bandera estadounidense. No hacía falta comentario. Dos lenguajes del poder convivían a plena luz: uno analiza límites; el otro los empuja hasta que ceden. Y esa asimetría explica buena parte del momento actual.
El silencio sobre Donald Trump resultó más expresivo que cualquier alusión directa
La frase que recorrió la sala como un escalofrío no buscaba ingenio, sino eficacia: si no estás en la mesa, estás en el menú. Carney hablaba a las potencias medias, a los países que durante décadas confundieron prudencia con invisibilidad y cumplimiento con protección. A los que interiorizaron una pedagogía del acomodo según la cual evitar el conflicto bastaba para seguir a salvo. El discurso desmontaba esa superstición sin dramatismo. La docilidad no compra seguridad. Nunca la compró. Solo aplaza el impacto.
Ahí residía el filo verdadero del mensaje. No en la crítica implícita a Washington, sino en el espejo tendido a Europa y en su larga inclinación al ajuste silencioso. Esperar que el problema pase de largo, confiar en que la fricción se desgaste sola, practicar una diplomacia del no molestar. Carney no acusaba cobardía. Describía una inercia. Y las inercias, cuando el tablero se endurece, se convierten en vulnerabilidad estructural.
Hubo un gesto que explicaba el tono: Carney escribió él mismo el discurso. En un ecosistema saturado de textos consensuados hasta perder filo e hilo, esa decisión introducía una rareza saludable. No había frases pensadas para tranquilizar mercados ni para no incomodar aliados. El texto avanzaba con lógica propia, sin acolchado retórico. Allí donde suele inflarse el lenguaje para no decir nada, el premier optó por la precisión. Y la precisión obliga a pensar.
Ahí residía el filo verdadero del mensaje: no en la crítica implícita a Washington, sino en el espejo tendido a Europa
Europa escuchaba porque se reconocía. Casi al mismo tiempo, Ursula von der Leyen reclamaba acelerar la autonomía estratégica y abandonar la ficción de una protección automática. No había épica ni arrebato identitario en esa llamada. Había cansancio. La dependencia prolongada termina volviéndose frágil. Y la fragilidad invita a la intimidación. La coincidencia no era casual: el clima había cambiado y empezaba a notarse incluso entre quienes se beneficiaron durante décadas del antiguo reparto.
Carney no ofrecía consuelos ni promesas de restauración. Hablaba de coordinación entre potencias medias, de alianzas flexibles, de intereses compartidos sin nostalgia institucional. Nada de bloques cerrados ni de retóricas inflamadas. Margen de maniobra. Capacidad de reacción. Aceptar que el multilateralismo heredado ya no basta por sí solo y que repetirlo como un mantra no lo devuelve a la vida. El mensaje tenía algo de austero y algo de exigente: menos invocación y más estrategia.
El valor del discurso no residía en anunciar un futuro, sino en exigir un presente distinto. Exigir abandonar la ficción. Dejar de fingir estabilidad, reglas universales, liderazgo compartido. Durante demasiado tiempo, buena parte del mundo occidental confundió la repetición del vocabulario correcto con la defensa del orden. Carney proponía una tarea más incómoda: pensar el mundo tal como funciona, no tal como nos gustaría seguir recordándolo.
Carney hablaba de coordinación entre potencias medias, de alianzas flexibles, de intereses compartidos sin nostalgia institucional
La ovación final no celebraba una solución. Celebraba la claridad. Frente al ruido, sobriedad. Frente a la gesticulación, exactitud. No hubo promesas de futuros luminosos ni de regresos tranquilizadores. Solo un mapa provisional trazado sobre un territorio que ya no se parece al de antes. Y ahí residía la verdadera audacia del discurso. No pretendía tranquilizar ni ofrecer coartadas morales. Ofrecía orientación. Carney no pidió aplausos. Pidió madurez. Y que Davos, en abstracto, se levantara de sus asientos quizá fue la señal más clara de que, por una vez, alguien había entendido que el orden no se añora: se reemplaza o se padece.
Carney recurrió a Václav Havel y a El poder de los sin poder sin nostalgia ni devoción académica. Lo hizo porque Havel entendió antes que nadie que el poder no empieza en los palacios, sino en la obediencia. Que los imperios no se sostienen solo por la fuerza, sino por la aceptación resignada de los demás. Y que cuando esa aceptación se quiebra, incluso sin épica, el edificio empieza a agrietarse. Carney no citaba a Havel para embellecer el discurso, sino para recordar un principio incómodo: que los fuertes mandan mientras los demás se lo permitan.
Havel escribió que vivir en la verdad era ya una forma de resistencia. Carney, medio siglo después, vino a decir algo parecido con el lenguaje de la geopolítica: pensar con claridad también es una forma de acción. En tiempos de embestida imperial, cuando la fuerza vuelve a hablar sin disimulo, esa claridad quizá sea lo más parecido a una brújula.
COMENTARIOS