Opinión

¿Exceso de ‘Blackout’?

Es seductor hibernar para apaciguarse, para ralentizar el frenetismo. No obstante, es peligroso ese ejercicio si se hace con un tique solo de ida, sin reflexión. ¿Por qué lo hacemos?

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10
julio
2024

Vivimos en tiempos tentadores de usar el enrollable en la habitación antes que apreciar la luz natural. Meter la cabeza debajo de la almohada para evitar lo incómodo, perturbador o injusto, da cuenta de una sociedad evadida y quizás con exceso de Blackout. El fenómeno de hacernos lejos, mirar desde arriba, ser los dueños del panóptico; es un acto cada vez más evidente en el quehacer humano. Nos abstraernos física y mentalmente (aislarse, separarse de los acontecimientos) y nos retraernos (recogerse evitando el contacto social) de la realidad y las obligaciones. Se hace deseable el descanso, la oscuridad en el cuarto, el menor sobreestímulo lumínico incandescente. Supe de una pareja que iba al cine para evadirse el uno del otro, eran sus dos horas favoritas de no saber del otro, ¡vaya paradoja! Replegarse no es algo propio del postmodernismo, lo que es evidente es su exacerbación y recurrencia en la actualidad. Para Aristóteles, abstraerse es ejercer una «operación cognoscitiva inequívocamente intelectual» y, por ello, propia de la especie animal dotada de razón, el hombre.

Muchos llevamos una cortina enrollable que nos permita el time out, para pensar, una forma eficaz de perderse del mundo o de sí mismos. No aguantamos un trayecto mediano sin antifaz para dormir, el epitelio de los parpados no nos basta para atenuar la realidad. Muchos medios de repliegue subyacen, en forma de vino, lectura, apuestas o de videojuegos. Ninguno será condenable, solo observable y sondable. La pregunta al contemporáneo es ¿de qué huyes?, ¿qué te asusta?, ¿qué te vulnera?, ¿qué te fastidia?, ¿qué te confronta? Y también ¿qué te conforta?

«Supe de una pareja que iba al cine para evadirse el uno del otro, eran sus dos horas favoritas de no saber del otro, ¡vaya paradoja!»

Soy eso de lo que estoy huyendo, quizás ya sé mucho de lo que me incomoda, cuando evito lo que evito. La abstracción como recurso permite la cuestión de: ¿me abstraigo del mundo para reconciliarme conmigo mismo o para perder contacto propio? En clave etimológica, abstraer consiste en separarse de algo, de un contenido: Lat. Abstrahere, alejar, sustraer, separar. La filosofía determina la abstracción como una operación mental para aislar conceptualmente la propiedad o función que un objeto posea. Entonces, ¿el hombre se abstrae para distinguir su propiedad, su función, su sentido o para recuperar su identidad?

Abstraerse sin quedarse en el viaje

Que estemos en suspensión no es gravoso ni censurable; escaparse para volver y con más sentido sobre el mundo y sobre uno mismo y los demás es incluso meritorio. Es seductor hibernar para apaciguarse, para ralentizar el frenetismo. No obstante, es peligroso ese ejercicio si se hace con un tique solo de ida, sin reflexión. El hombre se abstrae temporalmente del grupo (masa), de la familia, de la relación (hombre que temporalmente quiere dejar de ser padre, hijo, que no quiere pertenecer a…). La abstracción recurrente denota preferencia y aversión al mismo tiempo: preferencia por la placidez que da la «no obligatoriedad» que no necesariamente es irresponsabilidad con los roles y deberes. Por otra parte, con el acto aversivo respondemos a la incomodidad que explicaremos y sobrellevaremos con el tiempo, no quedándonos como renegados, porque como planteó el psicólogo evolucionista Jean Piaget (1896 -1980): «El hombre extrae información de los objetos y acciones». Así entonces, los abstraídos tendremos que volver a interactuar y confrontarnos con el símbolo, nuestros modos y los modos de la sociedad.

«La abstracción es un acto autónomo y ello ya es propio de celebrarse»

La abstracción es un acto autónomo y ello ya es propio de celebrarse, es aquel o aquella que voluntaria y conscientemente decide verse sin la afectación del contorno, es el autoenfoque del individuo. A veces, el replegado no quiere pensar, contradecir, tomar partido por una u otra postura social o moral, abatiéndose ante el sinsentido. Otras veces, saca provecho del acto de retiro: reflexiona, concluye, proclama o simplemente flota. En todo caso, abstraerse dista de la evitación emocional que ocupa a la psicología.

La penumbra del blackout no denota necesariamente un espacio dañino, por el contrario, proporciona condiciones sin la cegadora luz en la frente, un espacio intervenido a gusto y necesidad del abstraído. La oscuridad del cuarto es el vientre materno para el ávido de gestación, el que siente que alumbró a la realidad antes de tiempo. El silencio, la ingravidez y los ojos cerrados son el primer alivio de los angustiados que se retiran para reiniciarse sin dañar a nadie. Es el vaciamiento de la ira y la desazón. Es el verdadero descanso de los que no se complacen y recrean con el sol, sino tomando distancia de la estridencia. El blackout no sugiere indiferencia, es supervivencia, como si en penumbra se pensara mejor, porque no siempre la luz es claridad o guía; muchas veces es incandescente, así como el sonido cuando se vuelve ruido y ensordece. Sin embargo, una cuestión en cuanto al exceso de abstracción bien puede advenirse: la abstracción, esa anestesia, ostracismo y aniquilación consensuada, en exceso, ¿puede dañar al viajero? Paradójicamente, bajamos el blackout oscureciendo el cuarto, para poner la mente en blanco.

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