Pensamiento

Cómo escuchar

Decía Plutarco que ser un buen oyente es un arte que todos deberíamos aprender. Con esta idea como punto de partida, Daniel Tubau edita ‘Cómo escuchar’ (Rosamerón, 2024), un libro que ahonda en los beneficios de la práctica de una buena escucha.

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27
mayo
2024

Como escuchar conlleva para los jóvenes un gran beneficio y un no menor riesgo, creo que está bien que uno discurra sobre el escuchar, tanto consigo mismo como con algún otro. Porque vemos que la mayoría lo usa mal, que se ejercita en hablar antes de haberse acostumbrado a escuchar y cree que hay un aprendizaje y un estudio de cómo hablar, pero que de escuchar uno se beneficiará lo haga como lo haga.

Muy cierto que entre quienes juegan a la pelota es simultáneo el aprender a lanzarla y a recibirla; en el uso de la palabra, sin embargo, recibirla correctamente es previo a emitirla, como concebir y gestar son previos a alumbrar un ser viable.

En el caso de las aves, se dice que los huevos y las puestas hueros son fecundaciones de ciertos residuos vanos e inanes, y en el caso de los jóvenes que ni son capaces de escuchar ni están acostumbrados a beneficiarse mediante el oído, su discurso huero, cayendo «sin gloria e ignoto, se disuelve bajo las nubes».

Las vasijas se inclinan y se hacen girar para llenarlas apropiadamente sin que el líquido se vierta, pero algunos jóvenes no aprenden a atender al que habla y aplicarse a la disertación con atención bastante para que no se les escape ninguna de las cosas útiles que se dicen; por el contrario —una cosa que es lo más ridículo de todo—, si se encuentran con alguien que está contando un banquete o una procesión o un sueño o los insultos que ha intercambiado con otro, escuchan atentamente en silencio y se centran en ello. Pero si alguien llevándolos aparte les enseña algo útil o los exhorta al deber o les reconviene si tienen un descuido o les aplaca cuando se enfadan, no lo soportan, sino que, si pueden, ansiando quedar por encima, se enfrentan a la reconvención y, si no, se apartan y se van a otras charlas y banalidades, llenándose los oídos, como vasijas vulgares y estropeadas, de cualquier cosa antes que de lo necesario.

Los que saben educar bien, a los caballos los hacen dóciles al bocado y a los niños dóciles a la palabra, enseñándoles a escuchar mucho y no hablar mucho. Espíntaro, alabando a Epaminondas, decía que no era fácil encontrar a otro que supiera más ni que hablara menos. Y dicen que la naturaleza nos ha dado a cada uno dos orejas y una sola lengua porque debemos hablar menos que escuchar.

Alabanza del silencio

En cualquier situación, el silencio es para el joven decoro seguro, sobre todo si mientras escucha a otro no se excita ni se pone a aullar a cada palabra, sino que, aunque el discurso no le agrade mucho, lo soporta y espera a que termine el que habla; y cuando el otro acaba, no se lanza de inmediato a la objeción, sino que, como lo aconseja Esquines, deja pasar un tiempo por si el que hablaba quisiera añadir algo a lo ya dicho o cambiar algo o retirarlo. Los que interrumpen de inmediato no guardan la compostura ni cuando escuchan ni cuando se les escucha mientras se dirigen a los que están hablando.

Por el contrario, el que está acostumbrado a escuchar contenida y respetuosamente recibe y guarda las palabras benéficas, pero las inútiles o falsas las distingue y reconoce con facilidad, dejando claro que es amigo de la verdad, pero no aficionado a las disputas ni apresurado ni peleón. De ahí que algunos digan —y no les falta razón— que es más necesario vaciar a los jóvenes de presunción y engreimiento que de aire a los odres si se quiere verter en ellos algo útil, pues de lo contrario, mientas estén llenos de ampulosidad y jactancia, no les cabe otra materia.


Este texto es un fragmento de ‘Cómo escuchar’ (Rosamerón, 2024), de Plutarco, con edición de Daniel Tubau. 

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